23 de mayo 2003 - 00:00

País de análisis

La Argentina se ha transformado en un país desconcertante como consecuencia de la mayor crisis socioeconómica de su historia. Hace un año se descontaba que sería presidido por un moderado como Carlos Reutemann y termina ineluctablemente destinado a que lo sea por un Néstor Kirchner imprevisible. El gobernador de Santa Fe quizá se perdió dos veces la presidencia de la Nación, ahora y cuando no aceptó enfrentar a Fernando de la Rúa en 1999 porque Eduardo Duhalde vio que no llegaba y le ofreció la candidatura del justicialismo que no aceptó. Si Kirchner como presidente se traba crecerán los reproches hacia Reutemann, sin duda.

Sin Reutemann en carrera se suponía que llegaba el turno del cordobés José Manuel de la Sota que debió ser descartado por encuestas. Tampoco aceptó la candidatura Felipe Solá, otro ahora arrepentido que temió una maniobra para mandarlo a perder y birlarle la candidatura, más segura, en la provincia de Bs. As. Quedó entonces a un paso de la presidencia el santacruceño que tenía 6% propio en encuestas hace 7 meses, en setiembre.

No terminan ahí las rarezas de esta época. Llegó a presidir la Nación por un conflicto institucional un ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde, algo que no ocurrió nunca por voto en la historia argentina. Viene la consagración presidencial de un Kirchner que cuando el justicialismo se ufanaba de tener más candidatos potables que ningún partido estaba sexto detrás de Reutemann, Carlos Menem, Carlos Ruckauf, De la Sota y hasta Adolfo Rodríguez Saá. Veamos más rarezas. Menem en encuestas estaba primero en diciembre y ahora, apenas 5 meses después, pudo ser triplicado en votos por el santacruceño el 18 de mayo. No cabe menos que sorprender que el mismo Menem, con 24,45% de los votos en la vuelta inicial, haya ganado el primer lugar sin poder triunfar ni en la Capital Federal ni en la provincia de Buenos Aires, los dos distritos más populosos en votantes. También que vaya a triunfar Kirchner que perdió en 16 de las 25 principales ciudades del país donde se supone está el voto mayor de clases medias.

Y si faltara algo para tal serie de incongruencias tengamos en cuenta que desde 1937, hace 66 años, no se daba el caso de que 23% del padrón electoral no concurriera a votar en una nación con obligación de sufragar. No es dato menor: significa casi 6 millones de personas que se desentendieron del proceso electoral.

Otra sorpresa: quien sale primero para el ballottage desiste de la segunda vuelta y deja al electo que asuma con 22% de los votos (que en la práctica es 16% de la sociedad por los seis millones que no concurrieron)

La primera conclusión de análisis que se podría sacar es que en crisis terminal -las más graves del país son ésta y la de la década de 1930- es imprevisible también medir el comportamiento de la sociedad electoralmente. Más de 2 millones de subsidiados (planes Jefas y Jefes de Hogar y otros) que integran 5 millones de desocupados y subocupados crean la imprevisibilidad y las rarezas en el comportamiento de la ciudadanía.

¿Explica eso todo? Habría que recordar que en 1962, presidencia de Arturo Frondizi, el país vivía un gran auge económico. Llegaron a instalarse más de 25 fábricas de autos, al primer magistrado la Fiat lo agasajaba en Italia para que le permitiera ingresar a esa Argentina pujante a fabricar desde automóviles a material ferroviario, como lo hizo. Sin embargo en 1962 en urnas una sociedad en prosperidad lo dejó grogui a Frondizi votándole en contra de manera que ahí mismo lo derrocaron los militares. También tengamos en cuenta que en 1969, la provincia de Córdoba vivía en gran prosperidad y sin embargo allí se produjo el sangriento «cordobazo» en las calles.

Recordar también que un ex marino y antiperonista Francisco Manrique, o sea derecha casi «gorila», reunía, en 1973, 3 millones de votos que luego se diluyeron y que una fórmula mixta de derecha e izquierda, como Octavio Bordón y Carlos Chacho Alvarez reunió en 1995 casi 5 millones de votos que también se diluyeron.

Podríamos decir entonces -forzando el análisis de una sociedad como la argentina plagada de incoherencias inclusive electorales- que tanto las crisis extremas (ésta y la década del '30), como las épocas de prosperidad (Frondizi y el «cordobazo») tornan desconcertantes los comportamientos electorales. Como ambas situaciones del país eran opuestas habría que concluir que los argentinos somos, en realidad, los desconcertantes. Con esto, que por lo menos es un sinceramiento, aprestémonos a recibir con esperanza a un nuevo mandatario constitucional. No puede ser tan de izquierda como lo quiere ubicar nuestro progresismo ultra. No puede ser tan rencoroso y vengativo como lo pintan. No puede ser más que anecdótico que antes de asumir se haya lanzado contra dos periodistas de relieve acusándolo a uno de extorsionarlo y al otro de adherente al Proceso porque si fuera así buscaría monopolizar a la opinión pública mediante prensa adicta como le imputó la titular del ARI, Elisa Carrió. Esperanza de que su agresivo discurso sea realmente el último como candidato, según trata de impulsar para suavizar los términos el duhaldismo y aun la izquierda que quiere rodear totalmente al nuevo presidente. Creemos que una Argentina que lleva 4 años de recesión y dos de graves padecimientos tiene derecho de tener la suerte también alguna vez de su lado, sin volver a los vaivenes institucionales.

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