El diario británico «The Guardian» publicó ayer un valiente artículo de opinión acerca del 25º aniversario de la Guerra de las Malvinas. La intención de su autor, Richard Gott, queda al descubierto desde el mismo título de la nota: «El reclamo de la Argentina sobre las 'Falklands' todavía es bueno». Y remata, a modo de subtítulo, con que «más allá de los deseos de los isleños, el tema de la soberanía en algún momento deberá volver a la agenda». Los fundamentos de Gott, cuyos principales tramos reproducimos a continuación, provocaron una indignada reacción de numerosos lectores. Algunos lo acusaron de superficial; otros, de tener un enfoque tendencioso; los más, de ignorar que la única soberanía de un territorio reside en sus habitantes. Todo esperable. Pero resulta valioso que una voz les cuente a los británicos una visión diferente de la historia, y que ésta sea avalada por uno de los periódicos más importantes de ese país.
Hace casi 40 años, en noviembre de 1968, viajé a las islas Malvinas con un grupo de diplomáticos en lo que fue la primera y última tentativa británica de dejar las islas. Lord Chalfont, por entonces ministro de Relaciones Exteriores, era el líder de la expedición. El tenía la poco envidiable tarea de intentar persuadir a los 2.000 isleños de que el Imperio Británico podría no durar para siempre y que deberían empezar a considerar la idea de que sería mejor volverse amigos de su país vecino, la Argentina, que había reclamado las islas durante mucho tiempo. Este era el momento en que Inglaterra había abandonando su política del Canal de Suez por razones financieras y evaluaba vías para terminar con su imperio residual. Para ese entonces ya habíamos deportado por la fuerza a los habitantes de Diego García, en 1967, sin darle mucha publicidad hostil, y los habíamos ubicados en las islas Mauricio y Seychelles, transfiriendo sus islas a los norteamericanos para que construyeran su gigante base aérea. Las islas Malvinas estaban próximas en la lista. Quizás a los isleños se les podría haber pagado para instalar campos para criar ovejas en Nueva Zelanda.
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Durante 10 días visitamos cada uno de los campos en las dos islas principales. Eramos bienvenidos en todos lados y desde el aire antes de aterrizar podíamos ver la bandera de la unión y las frases con los mismos mensajes: «Chalfont Go Home» y a veces «Queremos ser británicos». Los isleños eran inflexibles. No querían tener nada que ver con la Argentina y Chalfont se fue prometiéndoles que nada ocurriría sin el consentimiento de ellos. Catorce años después, en 1982, Inglaterra y la Argentina fueron a la guerra por las islas y casi mil personas perdieron sus vidas. Hoy estamos invitados a rememorar el 25º aniversario del hecho y el gobierno argentino nos recuerda sus reclamos, desentendiéndose del acuerdo de 1995 acerca de la exploración conjunta de petróleo al cual había adherido el Ministerio de Relaciones Exteriores como una alternativa en la discusión tan conflictiva de la soberanía.
A veces se me pregunta por qué los argentinos hacen tal alboroto acerca de las islas y por qué las llaman las Malvinas (en vez de Falklands, como se las denomina en Inglaterra). La respuesta es simple: las «Falklands» pertenecen a la Argentina. Han sido tomadas, ocupadas, pobladas y defendidas por Inglaterra. Como el reclamo argentino es perfectamente válido, su disputa con Gran Bretaña nunca se terminará y debido a que varios de los países latinoamericanos cayeron en manos de gobiernos de la izquierda nacionalista, el gobierno en Buenos Aires disfruta del crecimiento del apoyo a la retórica en el continente (y, de hecho, en algún otro país, como en el gobierno de Irak, por ejemplo), de disconformidad con Gran Bretaña. Todos los gobiernos en la Argentina, de cualquier línea, continuarán reclamando las Malvinas, así como los gobiernos en Belgrado siempre reclamarán Kosovo.
Las Malvinas fueron tomadas por Inglaterra en enero de 1833, durante la era de la dramática expansión colonial. El capitán John Onslow del HMS Clio tenía instrucciones «de ejercitar los derechos de soberanía» en las islas y de ordenar que el capitán de fragata argentino arriara su bandera y retirara sus fuerzas. Los pobladores de la Argentina fueron reemplazados por ingleses y habitantes de algunos otros lugares, especialmente de Gibraltar. Desde entonces, Gran Bretaña y la Argentina estuvieron en desacuerdo acerca de los aciertos y errores de la ocupación británica y durante mucho tiempo, las autoridades británicas estuvieron al tanto de su debilidad relativa en el caso.
Un punto en el «Public Record Office» hace referencia a un documento del Ministerio de Relaciones Exteriores de 1940, titulado «Oferta hecha por Su Majestad para reunificar las islas Malvinas con la Argentina y acordar una retirada». A pesar de que el título sobrevive, el documento fue embargado hasta 2015, aunque bien podría existir en otro archivo. Fue presumiblemente una oferta rechazada por el gobierno argentino pro alemán de ese momento, aunque quizá también haya sido un anteproyecto soñado en el Ministerio.
El punto sugiere que sucesivos gobiernos ingleses consideraron el reclamo británico de las islas como débil y algunos favorecieron negociaciones con la Argentina. Algunos documentos hechos públicos recientemente recuerdan que James Callaghan, cuando fue secretario de Exterior en 1970, apuntó que «debemos ceder algo de la tierra y... estar preparados para un acuerdo de retirada». El secretario de Gabinete señaló que «hay muchas maneras de cómo la Argentina puede actuar en contra de nosotros, incluyendo una invasión a las islas... y no estamos en la posición de reforzar y defender las islas en un compromiso de largo plazo. La alternativa de quedarse firme y hacer frente a las consecuencias no es practicable».
Por supuesto, hay otras personas que sostienen que la posesión física inglesa de las islas y su intención declarada de retenerlas es superior al reclamo argentino. Algunos creen que la invasión argentina de 1982 y su posterior retiro forzado, de algún modo invalida su reclamo original. Además de esto, Inglaterra tiene una deuda con los descendientes de los pobladores que fueron originalmente enviados ahí, reconocida en Relaciones Exteriores, en donde en todas las negociaciones con la Argentina acerca del futuro de las islas aparecen los deseos de los isleños como «de suma importancia». Esa deuda todavía no fue reconocida para los habitantes de Diego García, quizá porque Inglaterra la heredó de los franceses y no envió pobladores directamente.
Irónicamente, los pobladores de las Malvinas son el resultado de un esquema de colonización del siglo XIX no muy diferente del experimentado en la Argentina, por el cual se trajeron inmigrantes italianos, alemanes e ingleses, y se los puso en la tierra en la que los aborígenes habían sido exterminados. Comparativamente, lo realizado con los isleños aparece como más limpio. A pesar de esto, el reclamo argentino nunca desaparecerá. En algún punto, la soberanía y la retirada tendrían que estar en la agenda nuevamente, a pesar de los pedidos de los isleños. Idealmente, las Malvinas deberían estar incluidas en una limpieza poscolonial más amplia de los antiguos territorios. Esto significaría para Gran Bretaña deshacerse del norte de Irlanda, de Gibraltar y de Diego García, además de cualquier otro lugar que pueda ser recordado.
Esta política poscolonial debería haber sido adoptada varios años atrás (y quizás el gobierno de Harold Wilson estaba en la búsqueda de este fin cuando, en 1960, Denis Healey abandonó los compromisos británicos del Canal de Suez y cuando Chalfont fue enviado a Puerto Stanley), y debería al menos haber sido considerada cuando fue abandonado Hong Kong en los 90. Hasta ahora la fortaleza del resurgimiento del imperio de Blair, que siempre resuena en la prensa popular, sugiere que esta posibilidad está tan lejana como se encontraba en 1982.
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