Es imposible que cruja más el sistema electoral después de la licuadora que puso en funcionamiento el gobierno duhaldista hace un año y medio, pero esas manifestaciones refuerzan la presunción del Ejecutivo y de los comandos electorales de que el voto en blanco, el voto protesta o directamente el no voto puede ser el protagonista de la elección.
Tanto el demócrata mendocino
Esa mezcla extraña le resta justificación a cualquiera de los sistemas que se superpondrán el 18 de mayo:
El voto obligatorio es una de las rarezas del electoralismo criollo. La Argentina fue el segundo país del mundo en imponerlo por ley en 1916 (regía sólo en Bélgica, patria del ballottage, desde 1892). Se dijo en aquella oportunidad que debía obligarse a votar para quebrar el manejo del voto por grupos de interés a espaldas de la mayoría, que debía comprometerse en el destino del país a los inmigrantes y que el público tenía que comprome-terse en los asuntos públicos.
No satisfechos, los partidos con esa compulsión sobre la gente, que choca con la libertad que es consustancial a la demo-cracia, en la reforma de 1994 incluyeron la obligación en el texto de la Constitución usando los mismos argumentos de 1916, salvo la apelación a los inmigrantes. Nada indica que pertenecer a la lista chica de los partidos que tienen voto compulsivo -Bolivia, Chipre, Fiji, Gabón, Liechtenstein, Nauru, Singapur, Turquía, entre los veinte que mantienen la cláusula-asegure la bonanza del sistema. La Argentina prueba lo contrario: el sufragio obligatorio le regala al dirigente la materia de la cual está hecha la democracia, el voto. Donde es voluntario, el candidato debe esforzarse por llamar a la participación y después que lo voten a él. Donde es obligatorio, el elegido se siente eximido de cumplir con la pro-mesa de campaña: después de todo, me votaste porque lo manda la ley, puede responderle a quien lo apoyó en las urnas.
El voto obligatorio es también cuestionable porque favorece el voto «
Dejá tu comentario