Acaso quiera corregir el recuerdo de su alianza con Eduardo Duhalde. Evitar que pase a la historia sólo por sus servicios para acelerar la agonía de la convertibilidad o, en la versión de sus detractores, golpear a Fernando de la Rúa hasta voltearlo. Raúl Alfonsín se ha propuesto que ese vínculo entre ex presidentes tenga una fase creativa: forzar al ballottage en los próximos comicios de 2007 en un intento por cortarle a Néstor Kirchner el camino de su reelección, levantando en su contra la figura de Roberto Lavagna.
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Hasta la semana pasada, la hipótesis de que Lavagna fuera el candidato de una coalición de oposición al gobierno sobre un eje peronista-radical sólo formaba parte de las habladurías de la política. Pero el jueves pasado, Alfonsín comenzó a dar a esa ocurrencia las características de una operación concreta. Fue durante una comida en el Club del Progreso, una más de las que viene realizando con sigilo para reanimar al radicalismo desde el punto de vista electoral. Esa noche, el ex presidentehabló después de que el senador nacional Ernesto Sanz, presidente del bloque radical y representante de Mendoza, reprodujera los principales argumentos de su debate con Cristina Kirchner, la madrugada de ese día, sobre la ley que permite cobrar cargos fiduciarios a los consumidores para financiar emprendimientos en el sector de los servicios públicos. Los radicales de la mesa escucharon con atención la buena exposición de Sanz pero, al poco tiempo, se dejaron llevar por su pasión: las martingalas electorales.
Fue el turno de Alfonsín. Como siempre en estas reuniones, comenzó diciendo que «en la oposición al gobierno no debemos quedar en una situación gorila. Es lo que le pasó a mi generación en los años '50: de tanto oponernos al peronismo nos transformamos en el partido de los patrones». Después avanzó otro poco. Razonó que la UCR no debería poner como condición de su empresa electoral la candidatura de un afiliado. Mejor sería elegir a alguien que pueda atraer a sectores del PJ pero con un sentido progresista, ajeno a las corrientes de «la derecha».
Ninguno de los presentes, todos viejos leones del radicalismo, necesitó escuchar el nombre. Algunos, además, ya estaban al tanto de la entrevista que habían mantenido Alfonsín, Duhalde y Lavagna días atrás. Los que quieren precisiones dicen que fue el martes, en el departamento del hombre de Chascomús, sobre la avenida Santa Fe. Minucias.
Interlocutor
Como el proyecto es todavía muy incipiente, hay que esperar por ahora pocas definiciones. Lavagna, un caballero, prometió dar una respuesta más adelante, en agosto, cuando el paisaje político contenga menos incógnitas. Su interlocutor, se dispuso en la UCR, será Jesús Rodríguez. Mejor dicho: seguirá siendo. El ex diputado es el radical que más contacto tuvo con su colega economista en los últimos años. A tal punto que estuvo en condiciones de apostar la fecha casi exacta de su salida del poder. Y acertar. Al tratarse de Lavagna, un personaje con tantas circunvoluciones, la clarividencia de Jesús roza el milagro.Aun así, no es el único túnelentre la dirigencia radical y el protocandidato. También Enrique Nosiglia abrió uno. ¿Cuándo no?
Es mejor no preguntar si el ex ministro de Economía será receptivo a las pretensiones de sus auspiciantes. Es demasiado temprano. La información liberada hasta aquí permite, en cambio, entender los movimientos de algunos sectores políticos. Por ejemplo, los del grupo parlamentario El General, al que muchos observadores condenaron, prematuramente, a servir de base electoral para la brumosa candidatura presidencial de Mauricio Macri. Ahora se ve que, en la cabeza de Eduardo Camaño, su inspirador, había otros planes.
No hay que ser muy fantasiosopara que aparezca otra pregunta. ¿Qué papel juega Guillermo Nielsen en este ajedrez?
Su desembarco en la Secretaría de Hacienda de Jorge Telerman ¿fue para él sólo una manera de terminar con el síndrome de abstinencia mediática? ¿O se trata del nudo visible de una trama que se tiende en la profundidad? ¿Cómo son los vínculos del propio Telerman con su amigo Duhalde?
Estas incógnitas, que fluyen para cualquier aficionado a la política, se estarán activando hoy en la cabeza siempre suspicaz de Kirchner. ¿Conocía el juego de estos actores? ¿O dormía un dulce sueño, al extremo de prometer a los amigos de Lavagna que el fundador de Ecolatina está en sus planes para cubrir la candidatura a jefe de Gobierno porteño? Sea como fuere, el Presidente se cuidó de ofender a su ex colaborador expulsando a sus amigos de las funciones que todavía ocupan en el Estado: hay lavagnistas en el Banco Central, en el Banco Nación, en las segundas líneas de Economía y hasta en la Embajada en los Estados Unidos, que José Octavio Bordón todavía retiene gracias a que en Olivos no quieren «que Roberto entienda que lo echamos porque es amigo suyo».
No debería sorprender al Presidente que su ex ministro tenga un sueño presidencial. Y tampoco que esa fantasía, aunque termine por desvanecerse pronto, sea cobijada por Duhalde. Fue después de descartar a Lavagna como candidato que el caudillo de Lomas de Zamora terminó por dar impulso a la candidatura de Kirchner. Debió sobreponerse a las presiones que le llegaban desde su propia Cancillería (Carlos Ruckauf), los gremios (Armando Cavalieri) y el empresariado (UIA). Tal vez ahora Duhalde quiera, como Alfonsín, corregir la historia.
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