Prensa audaz
Foto de un periodista que denunciaba torturas. ¿Ahora cuando es fácil y hasta se exagera? No. Lo hacía en pleno Proceso militar. Le partieron labios y rompieron dientes a trompadas los servicios. Además lo procesaron pero demostró lo que había escrito provocando una conmoción: que jueces presenciaban las torturas. Se llamaba Manfred Schönfeld. Murió en 1989 y nadie lo recuerda en esta época donde todos los homenajes están teñidos. Olvido como a Arturo Frondizi que fue el único presidente estadista en los últimos 100 años y no hay ni una sola calle de Buenos Aires que, al menos, recuerde su nombre. Schönfeld fue una víctima de la audacia de su pluma. En el primer semestre de este año 10 periodistas fueron asesinados o desaparecidos sólo en América latina. Es para meditarlo porque aquí la prensa hoy es denostada, ahogada económicamente, le inventan reglamentaciones y juicios, piden investigar sus pasados como si hubiera tantos dignos para hacerlo, le traban información, le niegan méritos para criticar. Como no lo hará nadie, dedicamos 3 páginas a acariciar, a reivindicar un poco nuestra prensa. La que se lo merece por independiente. Y parte de la otra también porque la hay que se ha prostituido para no morir.
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Periodistas corresponsales
de guerra durante
la segunda contienda
mundial (1939-1945).
Un legislador -no todos pero sí la mayoría-llega a su banca por estar en una «lista sábana» detrás de una figura convocante. A la mayoría se los vota sin conocerlos. Durante 4 años no volverán a dar la cara frente a los electores y en el entretanto pueden asuflexiónmir una posición contraria a la del partido por el cual recibieron los sufragios. No hace falta mencionar ejemplos palpables en esta época.
¿Qué diario -no digamos animadores y canales televisivos aunque también sean «medios», pero de otros valorespuede cambiar de una mañana para otra de opositor a oficialista, y « borocotizarse» como los políticos?
Puede, pero mantendría al grueso los lectores sólo el resto del mes que le pagó al canillita o el lapso de una suscripción, si es que no pide cancelarla. De hecho hay pruebas: en mayo de 1977 los mismos periodistas que hacían el diario «La Opinión», un mes antes trabajaban en los mismos escritorios, en el mismo edificio, bajo las mismas luces y se imprimía un diario igual en blanco y negro pero los lectores eran ahora apenas 30%. Los jefes estaban detenidos o subalternizados, los periodistas iban renunciando los lectores terminaron extinguiéndose. Claro, «La Opinión» fue intervenida por el gobierno militar de entonces en ese abril de 1977.
El diario o medio gráfico en general que subsiste hoy en la calle, sin ayuda oficial, tiene más representatividad y legitimidad para criticar lo que sea criticable del gobierno que la mayor parte de los legisladores que rodeaban a la señora Kirchner cuando lanzó esa frase en el Senado. A un diario o una revista si vive de su ingreso, sin genudeal Estado, al seguir comprándolo con monedas cada mañana un lector, lo vota, le renueva la confianza. Cada día, no cada cuatro años. De ahí viene la legitimidad de la prensa para criticar.
En mayor o menor grado los diarios -que son la verdadera base de la información no meramente visual hacia una sociedad-«no resisten un archivo». Es cierto pero ¿lo resisten políticos, empresarios, funcionarios o entornistas de este gobierno? Pocos argentinos con una vida que haya trascendido más allá del hogar y el trabajo, en un país clásicamente transgresor, resisten «un archivo». Los hombres de medios -aquí sí cabe generalizarlos-tienen la desventaja que dejan testimonios, escritos o visuales de lo que expresaron.
El periodismo que irrita al gobierno cometió, comete errores y hasta, a veces, venalidad. Pero ese periodismo realmente libre -escaso, el no «borocotizado», el que no ataca circunstancialmente para canjear luego algo-no tiene más lacras que ninguno de los distintos estratos sociales de la Argentina. Puede haber callado, exaltado pero no ha matado y esto no pueden decirlo hombres del propio oficialismo. Nunca de un gobierno con el que haya simpatizado ha usufructuado, ni cercanamente, el nivel de exacción de fondos públicos de que hoy goza la prensa oficialista o del manejo discrecional de plata del Estado como se observa en manos del llamado «progresismo». Más allá de fugaces semana y
rios no se abastecía el periodismo libre de información, como hoy ocurre diariamente con medios oficiales tipo « Página/12», desde la SIDE o los «servicios» paralelos que tienen personeros del régimen. Esto último, al menos en grado tan elevado, es desconocido en la historia de la prensa nacional.
Con esto queremos decir que no se sienta tan fortalecido el poder político actual refutandocon pasados de la prensano alineada por eso de tirar la primera piedra... Tampoco pida tanta autocrítica porque en algún futuro la van a tener que hacer peor los oficialismos actuales.
Lo último que conviene desmitificar es que durante el último régimen militar, aunque ciertamente era difícil, hubo valentías de prensa de quienes no eran marxistas ni «progresistas». Sería larga una lista de los Robert Cox, Jacobo Timerman, el diario «La Opinión», «The Buenos Aires Herald», la arriesgada sección «habeas corpus» (desaparecidos del día), quienes al menos citaban las cartas manuscritas de las «Madres de Plaza de Mayo». Muchos victimizados de prensa que hoy se rasgan las vestidurasdesde las alfombras rojasdel poder gozaron exilios sin arriesgar o colaboraron con el régimen militar o, peor aún, convocaron del exterior a los aguantaderos o depósitos de armas locales donde los esperaba la represión.
Hoy recordamos aquí a un injustamente olvidado periodista, Manfred Schönfeld. No era «progre». Escribía en el diario «La Prensa» que la izquierda llamaba «de la oligarquía», mientras progresistas lo hacían en diarios, revistas y libros del aquél régimen militar. O están hoy hasta en la Justicia.
Recordemos a Schö nfeld porque no lo hacen las escuelas donde forman periodistas y para que nos ubiquemos un poco mejor en cuanto a « prensa buena» y «prensa mala» u «opositora» como califican los que hoy detentan el poder o, peor aún los que lo rondan.




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