Siempre dio la impresión de que el sindicalista preferidode Néstor Kirchner es el estatal Víctor de Gennaro. Católico y pasablemente de izquierda, el titular de la CTA retribuye esa predilección con un rígido silencio acerca del salario de los empleados públicos.
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La amistad con Hugo Moyano es más reciente. Nació con la llegada al gobierno y es hija de un conflicto: Moyano, como representante de todo el sector de transporte de cargas, colaboró en el último tramo de la campaña de Néstor Kirchner, una vez que Adolfo Rodríguez Saá, su verdadero candidato, quedó eliminado para el ballottage. Pero no consiguió, como suponían esos aportes, instalar al nuevo secretario de Transporte. En vez de mantener al controvertido Guillermo López del Punta, Kirchner designó a Ricardo Jaime. Moyano desató su ira, amenazó al gobierno de mil maneras y, finalmente, selló su amistad con el Presidente, quien le concedió el número de su teléfono privado, le dio varias plazas para su gente en la Secretaría codiciada y garantizó para el sector un caudal de subsidios por los que Roberto Lavagna cada dos por tres recomienda alguna investigación en el Congreso.
Sin embargo, quienes se remontan a las instancias fundacionales del kirchnerismo descubren que, contra lo que cabe esperar, las primeras y más estrechas relaciones del Presidente con el sindicalismo se orientaron hacia la ortodoxia gremial. Su iniciador fue Armando «Bombón» Mercado, el esposo de Alicia Kirchner, titular del SUPE de Santa Cruz. Fue él quien, cuando el actual mandatario quiso ser intendente, lo puso en manos de sus jefes Lorenzo Miguel y Diego Ibáñez, quienes apoyaron con recursos (humanos, claro) a la campaña del cuñado con aspiraciones de alcalde. Les fue bien a todos: Kirchner ganó y los sindicalistas vieron crecer en Río Gallegos una proveeduría que, administrada por «Bombón», tuvo incierta fortuna.
De aquellas amistades quedaron algunos registros. Dicen que hasta hay fotos en las que aparecen Kirchner y su esposa Cristina desagraviando a otro ortodoxo, Rodolfo «Fito» Ponce (sindicato de Elevadores de Granos), que estaba entre los acusados por Raúl Alfonsín de pactar con los militares la impunidad de los jefes del Proceso Militar. Hoy son retratos en sepia: Kirchner hace tiempo que no trata con los ortodoxos de las 62 Organizaciones, a pesar de que lo apoyaron para llegar a la presidencia, de la mano de Eduardo Duhalde (los conduce Gerónimo Venegas). «Bombón» ya no está en la proveeduría y circula en las inmediaciones del Presidente, encargándose de algunas menudencias del Tango 01. Por eso hay muchos sindicalistas tradicionales, de los que ayer visitaron la Casa Rosada, que vivieron la reunión como un revival. No porque hayan estado allí mil veces, con civiles y militares, sino porque el reacercamiento, facilitado ahora por Moyano, les hace pensar en el regreso de un viejo afecto: el de Kirchner, casi convertido en un hijo pródigo.
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