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30 de junio 2008 - 00:00

Ritmo de bombos para sesión clave

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Consuelo último, desesperado ,y quizás inexistente, Néstor Kirchner deduce que la crisis del campo tuvo un beneficio: «purificó» al peronismo. Lo hizo, reza la hipótesis, al poner otra vez en escena a caudillos como Eduardo Duhalde y José Manuel de la Sota.

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La reaparición de esos protagonistas, donde incluye a los hermanos Rodríguez Saá y a Carlos Menem, supone para el patagónico un proceso de reordenamiento del PJ que terminará dañando al campo y, de rebote, siendo funcional a la Casa Rosada en esa puja. «Un PJ chico, pero mío», se regodea el ex presidente. La mirada revela, en principio, que a Kirchner no le resultan indiferentes los movimientos que tienen a De la Sota y a Duhalde como operadores más inquietos. Al punto que, tras una larga temporada de castigos, hasta comenzó a hablar bien de Felipe Solá.

Un milagro kirchnerista: al bonaerense -que en algunos despachos de la Casa Rosada es observado, dicen que con elementos firmes, como potencial candidato de un PJ disidente en 2009- se lo considera como una opción válida para resolver el entuerto rural.

El proyecto del ex gobernador, para fijar un techo a las retenciones móviles, está lejos de ser aplaudido por los Kirchner, pero aparece como una alternativa para contener a sectores díscolos y, de ese modo, evitar fugas hacia zonas más duras.

El zigzagueo con Solá es sintomático: mientras Kirchner, desde El Calafate, dio señales de extrema dureza y ordenó, vía Oscar Parrilli, que piqueteros y sectores del PJ se movilicen al Congreso el jueves, habilitó también vías reservadas de negociación del proyecto oficial.

Este jueves, en masa, como culminación del costoso campamento K en la Plaza del Congreso, y como continuidad del diezmado show del viernes pasado, Kirchner quiere que la tropa oficialista esté en las afueras del Congreso para acompañar el tratamiento de la ley.

En principio, Kirchner en persona se pondría al frente de la movilización. Eso, al menos, hizo circular entre los suyos para inyectar expectativa y tratar de garantizar una concurrencia más numerosa que la que el viernes, de tarde, se reunió frente al Congreso.

Es un movimiento con dos propósitos simultáneos o, llegadoel caso, enlazados. Por un lado, para presionar, sobre todo a los diputados propios y de ese modo evitar rebeldías; por otro, para simular que la votación habrá resultado un éxito para el gobierno.

Kirchner quiere montar una tribuna para la eventualidad, definitivamente cercana, de tener que hacer concesiones para que el proyecto oficial sea aprobado en el Congreso. Obsesivo, a Kirchner no le importa la votación sino la traducción de la votación.

En estos días, Alberto Fernández pronunció aquí y allá una frase que refleja el ánimo oficial, pero disgusta al ex presidente. El jefe de Gabinete dice que es mejor « solucionar el conflicto» aun cediendo que ganar la votación pero estirar la crisis.

Sólo Fernández puede hacer esos comentarios que en boca de otro dirigente serían considerados de alta traición. Lo sabe Agustín Rossi, al que el ala ultra K, encabezada por el varelense Carlos Kunkel, maltrata por sugerir retoques la proyecto oficial.

Pero todo es intriga en el kirchnerismo. Hoy, el matrimonio parte hacia Tucumán de donde regresarán, recién, la noche del martes. Serán horas de negociación contra reloj y con horizonte incierto. El gobierno ya da por hecho que deberá ceder, pero no sabe si eso alcanzará.

Por eso, cerca de la Presidente, se abrazan a la defensa que Eduardo Buzzi hizo de las retenciones como una forma de leer que, del otro lado del ring, también hay voluntad de diálogo y de acuerdo. De allí que Alberto Fernández interprete que ganar con votos no significa, de ningún modo, resolver la crisis.

Herético, el jefe de Gabinete hasta se permite leer que una derrota sería, si sirve para apagar el conflicto, computada a bajo costo por el gobierno. Una «solución final», dice. Sin embargo, Kirchner, sigue enfrascado en una cruzada definitiva. Al menos en las calles.

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