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La señal de alarma la dio Santiago del Estero, donde el gobierno pensaba obtener un triunfo y encontró su primer revés. Después fueron las elecciones de Catamarca, en las que la victoria de los radicales del Frente Cívico, previsible de por sí, fue mucho más previsible por la manera en que la Casa Rosada operó sobre ese distrito. Ahora lo que comienza a vislumbrarse como un problema más delicado y, en muy buena medida imprevisto, es la descomposición del peronismo en la provincia de Buenos Aires. Lo que había comenzado como un juego de presiones entre los distintos dirigentes con pretensiones sobre ese partido, amenaza con transformarse en una pelea despiadada que, no hay que descartarlo, podría terminar en una ruptura. El simulacro se vuelve día a día más real.
Eduardo Duhalde tiene pensado convocar a sus seguidores para el 19 de marzo, en el partido de 3 de Febrero, donde reina sin discusión Hugo Curto, su lugarteniente en todo lo que se refiera a la dimensión territorial de la política. Allí el caudillo de Lomas de Zamora espera encontrarse con 4.000 militantes, constituir formalmente su línea Lealtad y formar para ella una mesa de conducción con dos delegados de cada sección electoral. Concluida esta faena, el objetivo de Duhalde es bajar la persiana del partido en la provincia hasta nuevo aviso. Toda una frustración: el proceso que llevó a constituir la junta de gobierno del peronismo bonaerense (a la que renunció el propio Duhalde en beneficio de José María Díaz Bancalari) fue muy accidentado. A tal punto que durante ese trance se terminó de abrir la brecha con Felipe Solá: fue por la exclusión de sus hombres en esa cúpula en que el gobernador anunció su «despegue», se enfrentó al duhaldismo en la Legislatura y terminó por dividir los bloques parlamentarios del oficialismo en el distrito.
A lo que no está obligado Solá es a presentar listas en esa pelea doméstica. Bien podría prescindir de esa competencia y lanzarse a la carrera electoral con un partido propio, dividiendo el potencial del PJ en el distrito. Es lo que Duhalde sospecha y teme. ¿También lo teme Kirchner? Sería razonable. Los experimentos de secesión partidaria con argumentos de renovación son encantadores cuando la fuerza en cuestión no está en el gobierno (recordar el cafierismo en 1985, cuando el partido lo controlaba Herminio Iglesias). Pero son indeseables cuando lo que se somete a consideración del electorado es la gestión oficial, sobre todo por las discordias parlamentarias que provocan.
En las proximidades de Solá no se descarta la idea de una ruptura. Casi se la ve como lo más deseable. Allí se fantasea con la candidatura a senadora de Estela de Carlotto, cuyos hijos Remo y Guido militan en el felipismo. También con la migración hacia el Congreso de intendentes como Alberto Balestrini (La Matanza) y Julio Alak (La Plata). En cambio, el sueño mayor, es decir, que Cristina Kirchner se arriesgue a encabezar esa oferta antiduhaldista con un Frente para la Victoria de pronóstico reservado, ha sido ya descartado aun por los amigos más optimistas del gobernador.
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