Secuela de San Vicente: Kirchner va con máxima seguridad al conurbano
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Para mantener viva esa teoría, desde temprano, con un libreto similar, el ministro del Interior, Aníbal Fernández, el diputado Carlos Kunkel y el ministro de Gobierno bonaerense,Florencio Randazzo,se enlazaron para afirmar que en San Vicente se montó una «conspiración».
«El juez y el fiscal no deberían hablar porque no conocen los elementos que nosotros tenemos», dijo Fernández y agregó que « alguien» financió el transporte, «el alcohol» y «la droga» y «les dio los palos cortados todos del mismo tamaño» a los grupos que se enfrentaron.
Fernández jugó a las escondidas con los nombres. «Cuando llegue el momento presentaremos las pruebas», dijo y alimentó la locuacidad de Kunkel, que se paseó por un canal de cable acusando al «duhaldismo residual» de los incidentes en la quinta de San Vicente.
Ni Fernández ni Kunkel bucearon en otros asuntos. ¿Por qué nadie detectó los movimientos previos de los conspiradores? ¿Por qué no hubo ningún alerta ni de la SIDE, ni de la Bonaerense ni de la Federal sobre la UOCRA de Juan Pablo «Pata» Medina, de conocido prontuario ruidoso?
Más cauteloso, Randazzo afirmó que «existen elementos para considerar que hubo sectores, grupos o patotas organizadas que llevaron armas, palos y piedras», lo que «demuestra que buscaban un objetivo político». «Eso -se puso técnico- es un complot».
Como Fernández, Randazzo se abalanzó sobre el juez de Garantías César Melazo y sobre la fiscal Leyla Aguilar, encargados de la causa, que advirtieron que no hallaron pruebas o indicios sobre una maniobra orquestada.
Por esa razón, hubo un celo particular en el despliegue policial y de inteligencia en el acto que el jueves pasado, frente a unas 70 mil personas, Kirchner encabezó en José C. Paz. En ese distrito manda Mario Ishii, más que un intendente un «marshall» del lejano oeste.
Lanús, en cambio, es todavía una tierra hostil. Quindimil buscó -y logró- la amnistía oficial por las críticas endemoniadas que en su momento descargó sobre los Kirchner pero, en los supuestos de la Casa Rosada, ése es todavía un dominio ajeno e impredecible.
Por eso, Parrilli abrazó el lunes a Quindimil y le encargó que sea riguroso en la selección de los saludadores que irán a vitorear a Kirchner. Hay, por las dudas, algunos «espías» que siguen de cerca la organización del acto que se prepara en el microestadio de Lanús.
En rigor, si es cierta la versión Fernández-Kunkel según la cual hubo un complot alentado por sectores del duhaldismo, ir a Lanús, uno de los últimos reductos leales a Eduardo Duhalde, podría volverse un paseo peligroso. ¿Desistirá Kirchner a última hora?
Hasta ahora, el único oído que «Manolo» tenía en la Casa Rosada era Aníbal Fernández, con quien despotricaba -para solaz del quilmeño- contra José Pampuro. Una inquina carnal separa a Quindimil del senador, por lo que el alcalde abraza a cualquiera que repudie a su ex delfín.
Hasta fue cordial con Felipe Solá, a quien le supo regalar más de un desplante. Y nunca se despegó de Fernández. Tendrá, ahora, más motivos para malquistarse con el senador porque éste no descansó para que el anuncio de obras para Lanús se haga en la Casa Rosada, no en el distrito.
Claro: Pampuro quiere desplazar a Quindimil y poner en ese lugar a Darío Díaz Pérez y especulaba, hasta ahora, con que Kirchner había crucificado al veterano jefe comunal de Lanús. Que lo abrace no quiere decir que lo ensalce, pero tampoco ordenará que lo atormenten.
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