No está claro si Jacques
Chirac no iba a venir a la Argentina
por el maltrato que le
viene infligiendo a su país el
gobierno de Néstor Kirchner.
O si ésa fue la excusa del propio
gobierno para poder violentar
la voluntad popular
designando al diputado electo
Rafael Bielsa como embajador.
La verdad es que Chirac
no está bien de salud y,
quizá, no viaje a ningún país
de la región. Sin embargo, tal
vez ahora sí, ni siquiera estando
sano pasaría por Buenos
Aires. Todo el episodio
Bielsa, con la última renuncia
incluida, terminó por ofender
al gobierno francés. Por eso,
el argumento que se utilizó
como coartada al comienzo
de esta peripecia ahora se
vuelve cierto: Jorge Taiana
deberá proponerle a Kirchner
como embajador en París
a un gran profesional para
mejorar las relaciones con
Francia, sobre todo si pretende
obtener el plácet razonablemente
rápido.
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No tiene muchas balas en el cargador Jorge Taiana para dar en el blanco. Tal vez, apenas, una. Es su gran oportunidad para, en el debut de su gestión, demostrar autonomía y criterio para compensar los daños que se le infligieron a la política exterior en las últimas horas. Además, podría demostrar que, a diferencia de lo que sucedió en la gestión de su antecesor, la Cancillería tiene ahora gravitación en la designación de los embajadores «senior», en capitales relevantes. En el caso de París, el candidato debe suceder a uno de los representantes más destacados que tuvo el país allí por años, Juan Archibaldo Lanús, acaso sólo comparable por su inserción en la elite local con su maestro en los '60, Horacio Aguirre Legarreta.
La peripecia de Bielsa tal vez agregue razones a este cuidado que deberá tener su sucesor. Tanto el alumbramiento de su candidatura a embajador como su abrupto final están en penumbras todavía. La versión oficial es más o menos conocida. Hace dos miércoles, en una tertulia con sus amigos, Bielsa adelantó que en la Casa Rosada le habían sugerido que no se afanara por conseguir la presidencia de ninguna comisión en la Cámara de Diputados. Que para él había otro destino. Preguntó en ese momento por las vacantes que se abrieron en la Corte y también confesó su predilección por la Defensoría General, que quedó vacante, sobre todo por las nuevas exigencias que plantea al cargo la atención de cientos de oficiales militares que deben ser asistidos en causas por violaciones a los derechos humanos (lo más probable es que se le confíe la tarea a una abogada que ya se desempeña en el área). Fue como alternativa a esos otros destinos que Kirchner le confió a Bielsa la Embajada en París.
Sin embargo ayer los hechos se narraban de distinta manera. El cambio se puede deber a una especie de glasnost que abrió el propio Bielsa, con su «stream of consciousness» radial. O, mejor, al deseo de la propia Casa Rosada de degradar las razones que lo llevaban a Francia, ahora que el ex canciller le imputó al Presidente una decisión equivocada, de la que él habría estado cautivo por 24 horas durante las cuales el clamor del pueblo lo liberó (un raro 17 de octubre barrial y cínico).
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