13 de agosto 2001 - 00:00

Sorpresivo revés para el Presidente

Ningún radical, delarruista o terragnista, se engaña con el resultado de anoche en la interna de la UCR de la Capital Federal. Para Fernando de la Rúa la derrota de sus candidatos tiene peores efectos que si perdiese una elección nacional o que fracasasen las negociaciones del equipo económico en Washington. El dirigente radical vive y muere para la interna.

Debe ir ahora en su propio distrito a la elección de octubre representado en lo formal por un formidable adversario como es Rodolfo Terragno, que llegó a presumir de que su gobierno pagó coimas en el Senado a cambio de la ley de reforma laboral. En el nivel de los diputados, irá el alfonsinista Aldo Neri, que se referencia en un Raúl Alfonsín que hará lo mismo como postulante a senador por Buenos Aires.

Para peor, debe tolerar que Aníbal Ibarra, que apoyó sordamente la chance de Terragno y de Neri (que es su secretario de Salud) celebre el resultado como un triunfo propio. Que el secretario de Seguridad y Justicia, Facundo Suárez Lastra, haya perdido lo despega, además, de las críticas por el auge de la inseguridad del distrito. Cayó bajo los votos que castigaron también a Enrique Mathov (responsable de la seguridad a nivel nacional) en su parroquia.

El caso de Pascual es más patético: escudero fiel de De la Rúa, resignó en 1999 ser ministro del Interior para favorecer a Federico Storani, que asume este mes como presidente de la UCR de Buenos Aires en megaacto que llamará a despegarse del gobierno nacional. Le tocó bailar con la más fea desde la presidencia de la Cámara de Diputados, donde consiguió en dos años la proeza de lograr el voto para las leyes clave del gobierno.

La obsesión de De la Rúa -y de todos los radicales- por la interna se prueba en que suspendieron toda acción de gobierno para seguir los cómputos de unos comicios que comprometieron a menos de 50 mil afiliados del oficialismo nacional. Menos gente de la que entra en un estadio para ver un clásico del fútbol.

De la Rúa
, al concluir anoche una reunión mantenida en Olivos, le pidió a Nicolás Gallo que se diera una vuelta por los locales de la UCR porteña para recabar información de la interna.

La elección interna de ayer en el radicalismo porteño no es un fenómeno aislado de lo que sucedió en otras ocasiones: los votantes del sur de la Capital, disciplinados seguidores de los punteros nosiglistas que los llevan hasta la puerta del cuarto oscuro, no pudieron compensar la ola de votantes de las parroquias del norte, que optaron por Terragno, más independientes de los acuerdos políticos de sus dirigentes barriales.

El sistema imperante en la interna radical porteña asegura una previsibilidad recurrente en los resultados. Las circunscripciones electorales de la zona sur de la Ciudad usualmente están manejadas por punteros que administran el voto con independencia de la opinión personal de cada votante. Son las zonas más relegadas de la Ciudad, las de menos densidad poblacional, pero de mayor superficie. Y el lugar ideal para desarrollar las formas menos sutiles del clientelismo político.

• Sistema de reparto

El sur de la Ciudad para el radicalismo es, así, la reserva segura de toda elección: con un simple sistema de reparto de fondos, compra de votos y algunos contratos, el «armador de la lista» se asegura que una amplia mayoría de votantes con seguridad lo votarán, independientemente de lo que en realidad piensen. La única precaución a tener en cuenta es saber si el puntero que le trae la bolsa de votos le está mintiendo o no en el número que controla, un clásico de las discusiones de comité. Así, controlando el sur, con un discreto resultado a favor en el norte, la elección está garantizada.

El norte de la Ciudad es distinto. Los punteros manejan votos y llevan gente a votar en flotillas de autos, que hace 10 años se alquilaban y ahora prestan los amigos, pero hay muchos afiliados radicales que, estando dentro del magro promedio que concurre a votar, nunca pisan un comité.

Son los independientes tan temidos en toda elección. Con un grado de información mayor y nivel sociocultural más alto, son los que ayer no hicieron caso al «aparato» partidario y votaron, según reconocían los propios dirigentes del oficialismo, a favor de Terragno. Es lo que se conoce como la ola, que nadie puede controlar y sólo se puede evaluar cuando se abren las urnas.

Para encontrar un antecedente similar a éste, curiosamente habría que retrotraerse a la interna de 1991, cuando otra «ola» le dio a
De la Rúa el control de la Capital Federal después de años de dominio alfonsinista. Ese año el radicalismo, en un error que no pudo controlar Enrique Nosiglia, tuvo dos elecciones: una para cargos partidarios y otra tres meses después para cargos electivos.

En la primera el nosiglismo armó la lista Renovación en medio de un ambiente adverso a los seguidores de Alfonsín. Habían pasado dos años de la asunción de Carlos Menem y los radicales no encontraban el rumbo. La figura de De la Rúa era nombrada como el mejor candidato para mostrar a la sociedad y su popularidad subía, al punto de no aceptar cerrar ningún acuerdo con los alfonsinistas.

Todo el aparato partidario parecía controlar la Capital y los dirigentes estaban convencidos de la victoria. Salvo para la cabeza de Nosiglia, que sabía del peligro delarruista. Y el triunfo se dio al punto que el resultado colocó a la lista Participación, del actual presidente, en primer lugar, a Jesús Rodríguez, en segundo, y a la lista Renovación de Nosiglia, en tercero.

Todos reconocieron ayer que la campaña anticavallista de Terragno fue la principal arma usada en las internas porteñas. Muchos de los dirigentes que habían «cerrado» acuerdo con la lista encabezada por Suárez Lastra tuvieron problemas para que sus propias huestes acataran con disciplina partidaria el voto prodelarruista.

Su candidato Pascual, jefe de la Cámara, perdió chance de ser reelecto como diputado.

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