8 de diciembre 2004 - 00:00

Terremoto que no imaginó Duhalde

Desde que Eduardo Duhalde domina a su antojo, con varias décadas acumuladas, la burocracia peronista de Buenos Aires, nunca había padecido un terremoto interno como el que ahora le promueve Felipe Solá con la bendición -no sólo espiritual- de Néstor Kirchner. La maniobra o el movimiento, según quiera leerse, podría denominarse: Operativo Agradecimiento. Sea por el gobernador o el Presidente en honor a los favores políticos recibidos del bonaerense jefe o porque el dúo considera insuficiente el tenor de esos obsequios. En rigor, quizá sea lo que se merezca el embajador en el Mercosur con chapa identificatoria en las oficinas de Itamaraty.

Aparte de los méritos y lealtades, de ese código de barras exclusivo para políticos -y por lo tanto incomprensible para una cabeza del común-, lo cierto es que Solá se ha despertado contra Duhalde luego de que éste casi no lo tuviera en cuenta para organizar el último comité central del PJ. Con algún retraso y cuidada premeditación, el gobernador nucleó a otros sidosos bonaerenses (al menos para el concepto de salud de la fauna de Lomas de Zamora) y, por si fuera poco, hasta se nutrió con quien poco lo aprecia (Kirchner) pero que se encanta con la jugada de erosionar o desplazar el reinado provincial del ex presidente designado.

Por un lado, hay un fracaso obvio del santacruceño: desde que inició su mandato comenzó escaramuzas contra Duhalde en el distrito con soldaditos de plomo como Carlos Kunkel, a los cuales no aceptó ni en comisión ninguna juguetería bonaerense. Tampoco se puede exhibir como éxito los generosos fines de semana del ministro Julio De Vido, quien hizo horas extra para hablar de política, contratos o fútbol (es de Independiente, una minoría en baja de la provincia), visitando o recibiendo intendentes, auspiciando grupos, locales o revistas, disponiendo partidas y prometiendo emprendimientos (claro, sin que los intendentes concedan los certificados de obras, a menos que juren solemne devoción a la Rosada). Ni con esa zanahoria de la tentación crematística el ministro lograba adhesiones, lo que constituía un alimento para el cotilleo burlón de su colega Roberto Lavagna (siempre hiriente e irónico con las virtudes intelectuales de su colega de consorcio en Hipólito Yrigoyen 250).

Con eso, obvio, no alcanzaba para provocarle temblores a Duhalde. Tampoco para intentar una interna a favor de Cristina Kirchner -en la eventualidad de que fuera candidata el año próximo en la provincia-, quien sólo podía aspirar a la senaduría si la Corona de Lomas (los monarcas «Negro» y Chiche) lo concedía, a pesar de la conjura encuestadora que agobia jurando que la esposa presidencial es la mujer que aman todos los bonaerenses. Con fondos como único sostén era inútil cualquier pretensión, faltaban hombres, tropa, espías, territorio, liados.

Apareció entonces Solá, nunca bien recibido en los umbrales de la Rosada -tampoco él demasiado entusiasmado con la fría cultura del Sur-, dispuesto con otros caciques del peronismo a cuestionar a Duhalde. Y formaron fila un disidente de La Matanza ( Alberto Balestrini), al que Duhalde humilló hace menos de un mes al mejor estilo esclavista, otro de La Plata (Julio Alak), quien en 12 años de intendente tuvo con el ex gobernador sólo simpatía de negocios, otros personajes menos conspicuos, el remanente de Kunkel y De Vido, y hasta devotos tránsfugas o transversales de la vieja cepa del aparato, como el jefe de Merlo, Raúl Othacehé. Faltaba en esa cuerda de jóvenes turcos, casi todos cincuentones pasados en rigor, figuras de ese elenco como Juan José Alvarez ( Hurlingham). No se pasó, pero esta semana -además de encontrarse amistosamente con Mauricio Macri y hablar de jugadores y contratos de fútbol-, seguramente entrará en el despacho de Alberto Fernández, jefe de Gabinete, que no sólo atiende intereses políticos de la Capital Federal. Duhalde, como si fuera Stalin, parece retirarse en el terreno ante el avance alemán aduciendo que «es lógico el nacimiento de estas formaciones porque yo me estoy retirando». Miente como Stalin en su momento: nunca el georgiano quiso imaginar que Hitler lo atacaría. Algunos dicen que su imprevisión es producto de debilidades y crisis personales, otros de que se le ha vaciado de inteligencia su staff de consejeros (le quedan Amadeo, Curto, Arcuri o fieles de doble faz como Díaz Bancalari que, de frente son de Kirchner y, de espaldas, de Duhalde). Empiezan entonces los festivales, la reunión de Solá del sábado, los dadores de sangre intelectual del oficialismo presidencial (Carlos Zanini), el río publicitario, las interminables declaraciones y la perversa ciencia periodística de separar a unos de otros cuando, como se sabe, todos se han hecho fuertes o gordos con el mismo nutriente venenoso de ese cupular aparato bonaerense que se arrebata el título de peronista.

Podría pensarse que estos ejércitos inician, desde ahora, la batalla por Stalingrado. Una forma de continuar con la alegoría de la Segunda Guerra. Pero afortunadamente otras son las banderas y las causas: en esta venidera batalla de palabras sólo se persiguen lugares en las listas para las próximas elecciones, el terremoto bonaerense del dúo Solá-Kirchner quiere imponer oficiales propios en ese casino bonaerense con traducción italiana que, hasta hace poco, Duhalde controlaba desde su casa. Y no es lo mismo hacerlo, distraído, desde Montevideo o Brasilia. Podía haber aprendido de Perón, quien hasta él mismo tenía problemas con sus instrucciones cuando se alojaba en Puerta de Hierro.

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