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1 de julio 2008 - 00:00

Tucumanos con pase hasta para ir a casa

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San Miguel de Tucumán (enviado especial) --Más limpia y vigilada que nunca amaneció esta ciudad ayer, para recibir durante dos días la Cumbre de Jefes de Estado del Mercosur que es toda una conmoción para sus habitantes. O una molestia, según el punto de vista. Mientras muchos tucumanos se mostraban animados por participar, aunque más no fuera como actores de reparto, de una cita para ellos acaso irrepetible, en otros primaba la incomodidad que trajo la llegada de tantos porteños (funcionarios y periodistas, para muchos casi lo peor de lo peor) y visitantes latinoamericanos.

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El centro de San Miguel es directamente una zona blindada. El despliegue de tres mil policías provinciales y cientos de gendarmes especialmente convocados se siente muy concretamente, con vallas por doquier y tránsito interrumpido. Esto último no sólo para los automovilistas, sino también para los peatones. Es que, allí, caminar una cuadra implica recorrer cuatro. Tal es la inflexibilidad de los policías apostados, por caso, en torno a la Plaza Independencia, por no hablar de los destacados, dos cuadras a la redonda del hotel Catalinas Park, el cinco estrellas que aloja a las delegaciones y es sede de las deliberaciones. Para llegar a cualquier lugar en el centro es imprescindible hacer un rodeo.

Cada valla tiene una melliza, cien metros antes. En la primera ya se restringe el paso; en la segunda directamente se lo veda, excepto para quienes hayan tenido la precaución de censarse previamente con las fuerzas de seguridad comprobando que viven o trabajan en la «zona verde». (Sistema que se usó en Mar del Plata en una anterior cumbre presidencial, pero al parecer no dejó ninguna lección para mejorarlo). Ni un trámite bancario era motivo de dispensa para algún insistente. Es más, hasta los colegios del centro estuvieron ayer cerrados, y hubo asueto en la administración pública.

En medio de la confusión, una señora que acababa de ser rebotada sin miramientos en la valla más cercana a la Plaza Independencia preguntaba preocupada a los policías que cuidaban la segunda, la más alejada, si podía salir del perímetro. Los colores le volvieron al rostro cuando le franquearon el paso; la pobre habrá pensado mientras recorría esos cien metros que iba a tener que acampar a la intemperie hasta que los visitantes se fueran.

  • Divertidos

  • Para los comerciantes de la zona vallada la ecuación cerraba igual. Menos de los compradores de todos los días, pero más dinero de los visitantes. Y, en todo caso, miraban divertidos el inusual espectáculo.

    Peor la pasaron los turistas ocasionales, más numerosos el fin de semana, quienes se vieron imposibilitados de hacer los recorridos planeados. Mientras, muchos habitantes de la ciudad optaron por tomarse un fin de semana largo, yéndose a las termas o a los countries de Yerba Buena. Esto, sumado al asueto, redujo el tránsito y evitó que las restricciones causaran un caos.

    Pero todo tiene un costado positivo. Por ejemplo, no faltaba nunca un agente a quien preguntarle por una dirección. Y más: hace mucho que los locales no se sienten tan seguros, ya que, cuentan, el delito también hace estragos en esta ciudad de provincia, con todo su repertorio, desde homicidios hasta violaciones, pasando por robos a mano armada.

    Ni bien se llegaba a la ciudad se podía ver la magnitud del despliegue de seguridad. El vuelo que había llegado de Buenos Aires transportaba a ciudadanos comunes, periodistas enviados a la cumbre y personal diplomático de varias embajadas. Hasta que estos últimos no salieron del aeropuerto, ningún taxi pudo pasar para comenzar a recoger a los otros viajeros y, cuando eso fue posible, la demora se hacía sentir, ya que cada uno de los autos era cuidadosamente revisado.

    A medida que se acercaba la tarde y los presidentes comenzaban a llegar era más frecuente ver helicópteros y aviones caza sobrevolando la ciudad. Los diarios locales le aclararon a la gente que no debían preocuparse: nadie le había declarado la guerra al país.

    La prensa local reflejó también la polémica sobre los 10 millones de pesos que, dicen, le
    costó la movida a la provincia. Como se dijo más arriba, para algunos valió la pena. Por ejemplo para el gobernador José Alperovich, que, pretencioso, aseguró que la cita es clave para instalar a Tucumán en el concierto internacional.

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