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17 de abril 2007 - 00:00

UCR porteña: la tapó el agua

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El radicalismo residual de la Capital Federal era hasta ahora una especie biológica difícil de ubicar. Pero, después del cierre de listas del último fin de semana pasó a convertirse en una reliquia histórica. Es lo que provocó el acuerdo que Jesús Rodríguez y Enrique Nosiglia cerraron con Jorge Telerman.

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Por ahora no convenció a la dirigencia barrial de la UCR que el esfuerzo del comité Capital por cerrar una lista que les permitiera presentarse a elecciones, exhibiera como único éxito el lugar conseguido para Marcela Larrosa con la candidatura a séptima legisladora. El otro puesto ofrecido por Telerman, en el undécimo lugar, es casi de relleno ya que hasta el ocupado por Larrosa estará en duda si Mauricio Macri hace una buena elección y considerando que Telerman lleva dos listas a legisladores.

Esa candidatura, que el comité Capital de la UCR, tras una farragosa y prolongada convención, se allanó a ratificar dentro del acuerdo electoral con Telerman, supuestamente partió de una promesa que su padre, el famoso «Beto» Larrosa habría recibido de la dirigencia radical porteña en la última elección.

La promesa fue pagada ahora por todo el partido y lo dejó al borde de otra ruptura, si es físicamente posible dividir la nada.

Se sabe que lo peor para un radical de la Capital Federal es permanecer afuera del juego del Gobierno porteño. Se justifica desde esa mirada el acuerdo con Telerman para mantener y alimentar cargos en la jefatura de Gobierno. Era preferible eso que mandar a los pocos radicales que quedaban en el partido a «cruzar el desierto con una anchoa en boca» -según la jerga utilizada- como supone el no participar en la elección y no mantener cargos electivos. Esos puestos en la administración comunal son el único refrigerio que le queda a ese sector residual de lo que fue el poderoso radicalismo porteño.

  • Bochorno

    Fuera de las razones del acuerdo, lo que más crispó los ánimos de los punteros de la UCR porteña fueron los nombres en danza. Más, cuando a Marcela Larrosa no podrían sacarla de la Legislatura porteña aunque no fuera candidata, ya que ostenta también el rol de empleada de planta permanente de esa casa. Ese doble «pago» amenaza ahora con romper la ya frágil armonía que emergió de la convención de la Capital: considera la dirigencia -las protestas ya alcanzaron las oficinas de la UCR nacional- que el radicalismo de los Larrosa no es históricamente representativo de los valores morales del partido como para asignarle el rol de única piedra fundamental de un soñado renacimiento en el distrito. Dicen que su derrotero les da la razón. Basta recordar que el mayor bochorno la UCR Capital lo protagonizó en 2003 en la candidatura de Cristian Caram a jefe porteño, un ex legislador y también hoy ex de Marcela Larrosa.

    Uno de esos grupos ayer lo puso en papel: los convencionales de Pensamiento y Acción denunciaron que la UCR capitalina entró en sus últimos tiempos: «Telerman les reservó el 7° y 11° lugares de la lista para dos candidatos radicales que nadie sabe quién, cómo, ni dónde fueron elegidos, ya que no hubo elecciones internas ni tampoco se expidió la convención al respecto», dijeron denunciando el acuerdo.

    Hoy el radicalismo mantiene una sola banca en la Legislatura. Es la que ocupa Carlos Lo Guzzo, quien asumió en lugar del fallecido Roberto Vázquez. En realidad, además del lugar para Larrosa, Telerman quiso hacer jugar en la negociación a María Florencia Polimeni, que fue radical, luego pasó al macrismo y terminó en el telermanismo. Pero un conocedor de la materia como Rafael Pascual dio su veredicto: no le reconoció pergaminos partidarios como para recibirla a cambio de otro puesto para la UCR.

    Al resto del radicalismo del distrito se lo encuentra hoy en todos los partidos. Fernando Cantero y Alejandro Rabinovich son dirigentes del ARI y Enrique Olivera, su candidato a vicejefe de Gobierno. En esa línea hasta ex punteros del «Beto» Larrosa se reconvirtieron al contrato moral de Lilita Carrió.

    Jorge Enríquez está entre los radicales macristas más convencidos y los radicales K pululan cada vez más en las parroquias de la mano de Miguel Pesce, vicepresidente del Banco Central, uno de los primeros en adherir al proyecto kirchnerista.
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