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8 de septiembre 2005 - 00:00

Un dúo jesuítico: Bergoglio y Lavagna sobre América latina

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Saludos mudos a la platea ayer de Roberto Lavagna y Jorge Bergoglio antes de comenzar la presentación de un libro que los reunió en Capital Federal a la misma hora que Néstor Kirchner y Rafael Bielsa buscaban votos para el oficialismo en el estadio de Ferro.

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Aquellas afinidades jesuíticas terminaron por aparecer en los discursos del cardenal y del ministro. No sólo por ese talento para navegar por ambigüedades y metáforas con que la Providencia dotó a los hijos de la Compañía y que Lampedusa inmortalizó en el capellán del príncipe de Salina. También por la convergencia de ambos, por distintos caminos, en la misma «tercera posición» frente al capitalismo y el socialismo, tan católica y tan peronista. No en vano a Lavagna lo conocen, en la intimidad de Olivos, como «el obispo» y Bergoglio recibió las enseñanzas del «gallego» Alejandro Alvarez, hace más de treinta años, en Guardia de Hierro.

Importante convocatoria la del uruguayo Carriquiri, organizada por un laico prominente de la Iglesia argentina, Aldo Carreras, ex secretario de Población del Ministerio del Interior. Además del arzobispo y del ministro de Economía, la tertulia previa del primer piso reunió a José Pampuro -acaso el principal interlocutor de Bergoglio dentro del gobierno-, Aníbal Fernández, el padre Guillermo Marcó, Armando Cavalieri (llevado allí por una doble unión: a Bergoglio por «tierra santa» y a Lavagna por su eterna candidatura presidencial), el ex juez de la Corte Adolfo Vázquez, el secretario de Desarrollo Social porteño Jorge Telerman, el ministro de Educación bonaerense Mario Oporto, el sociólogo brasileño Helio Jaguaribe, y el rector de la Universidad de Tres de Febrero, Aníbal Jozami, entre pocos más.



Tanta descalificación por los textos ajenos hacía esperar una sorpresa por parte de Lavagna. Pero, sin llegar a lo horrible, su discurso no alcanzó alturas literarias. Se refirió a la impotencia de los estados nacionales frente a la globalización proponiendo el concepto de «estados municipios», que sólo encontrarían viabilidad en un marco de integración regional. «Si se pierde la identidad, se cae en el sometimiento al factor externo y la pasividad», dijo Lavagna. Propuso evitar las «políticas del buen alumno», que suponen siempre un mal alumno y favorecen el « divide y reinarás», y alentó la integración y la cooperación como estrategias de largo plazo, dado que será cada vez menos frecuente que aparezcan «ventanas de oportunidad». Finalmente, Lavagna hizo un par de referencias lo suficientemente abstractas para que, en los artículos horribles que suele leer, se interpreten críticas veladas a Néstor Kirchner, como ocurre a menudo. Se quejó de que las clases políticas oscilen entre populismos facilistas o intereses conservadores, y caracterizó a los '90 como «la década desaprovechada porque se siguieron modelos que venían de afuera. Como si fuéramos democracias imitativas».

Terminó condenando el asistencialismo y defendiendo la producción, la inversión y la productividad, términos que desde hace tiempo está intentando instalar en el discurso oficial, con poco éxito.

Bergoglio, quien en vez de ex alumno fue provincial de los jesuitas, se elevó a alturas teóricas más vertiginosas que las de Lavagna. Primero elogió a la esposa del autor, a todas luces decisiva (ayer recorrió la sala quejándose por la mala disposición de algunos sillones). Después, el cardenal se refirió al confesional y geométrico Francisco Luis Bernárdez y enseguida citó a «la filósofa desconocida» que a la vez aludía a la «Fenomenología del Espíritu» de Hegel para destacar que, al cabo de cinco siglos desde el descubrimiento de América, la civilización occidental todavía no había adaptado sus patrones de comprensión a la configuración de un nuevo centro, fuera del Mediterráneo. Pidió, entonces, una hermenéutica que interprete a esta región de manera dialéctica (propenso a la erudición, el cardenal citó ahora al filólogo Amado Alonso y su kit « continente/contenido»), recomendando la comprensión del fenómeno latinoamericano con categorías latinoamericanas para evitar el «colonialismo epistemológico». Todo parecía superponerse a esta altura: la filosofía de Bergoglio con la política económica de Lavagna. Como el ministro un rato antes, Bergoglio deploró el hedonismo consumista (si se lo evitara habría más armonía entre la oferta y la demanda, había dicho el muy católico ministro, antes de pedir que se «distribuyan los dividendos de la paz») y los ideologismos de izquierda.

Los siameses fueron separados por Carriquiri, quien felizmenteexplicó su libro: un intentoprogramático para países emergentes en el horizonte de la posguerra fría, inspirado en las enseñanzas del catolicismo. Se ganó varios aplausos. Sobre todo cuando citó el internacionalismo de Juan Perón y recomendó la integración entre Brasil y la Argentina, a pesar de las asimetrías estructurales y coyunturales de ambos países. Homenaje a Jaguaribe en el día nacional de su país. Para defender el refuerzo que significa el catolicismo para la identidad de las comunidades que lo practican, terminó citando al ocultista Octavio Paz con un hallazgo: «La Virgen de Guadalupe fue más antiimperialista que el PRI durante 70 años de instalación en el poder».

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