15 de marzo 2006 - 00:00

Un golpe al paisaje, también al bolsillo

Los asambleístas de Gualeguaychú están dispuestos, «in extremis», a suspender por unos días los cortes en el puente que los unía a Fray Bentos. Pero siguen sin aceptar la construcción de las papeleras. Aun cuando desde el gobierno nacional se hable ya de garantizar que esas plantas no contaminarán el ambiente, los vecinos parten de un axioma: habrá polución y no existe dictamen técnico que pueda afirmar lo contrario. Tal vez para entender esta rigidez no haya que pensar en los argumentos ecológicos que hacen de las ciudades del este entrerriano una especie de federación de partidos verdes. Más bien conviene entender los reparos estéticos que plantea el funcionamiento de las papeleras a una comunidad que ha decidido desde hace décadas vivir, sobre todo, del turismo.

Podría decirse que la historia recientede Gualeguaychú está identificada con dos emprendimientos: el desarrollo del balneario Ñandubaysal y la realización del carnaval.

• Presión

En 1974, el intendente Carlos Bibé aplicó una presión descomunal sobre la muy noble familia De Louynes -heredera de parte de la fortuna de Saturnino Unzué- para que abriera al público las playas del paraje Ñandubaysal. El balneario llegó por vía sucesoria hasta los Sánchez Alzaga, que actualmentelo explotan, pero en aquellos años se trataba nada más que de la orilla de una gran estancia.

Para el clima de la época, convertir esas playas en un recreo popular era, para la escala local, como hacer del Sheraton un hospital de niños. Bibé no llegó a tanto: apenas creó una Corporación de Desarrollo de la Ciudad y consiguió que los descendientes de don Saturnino convirtieran esa parte de sus campos en un balneario privado con acceso al público.

La instalación de las papeleras, sobre todo la de Botnia, que plantó su enorme chimenea frente a esa playa, contribuye hoy a cierta idealización del lugar. En Gualeguaychú destacan que sus arenas son blanquísimas, que se puede caminar 500 metros río adentro sin que el agua supere la cintura de una persona de normal estatura, que al tratarse de un fondo arenoso y no de un lodazal el agua es transparente y que, ya en una dimensión paradisíaca, los ejemplares que allí se pescan son menos grasosos que los que se crían en el fango del fondo del Paraná. A esta fama del agua se corresponde la del cielo: dicen que los atardeceres de Ñandubaysal son internacionales. ENCE y, sobre todo, Botnia, vendrían a arruinar esta postal con el humo de sus fábricas. Aunque no contaminencomo suponen sus peores detractores. Y este efecto abriría una herida en la economía del lugar: cada fin de semana del verano, pagando unas monedas, acceden a ese balneario de casi 10 kilómetros más de 40.000 personas. Los que no se instalan en el camping que se extiende sobre un área boscosa se alojan en los pequeños hoteles y hosterías de Gualeguaychú. En la ciudad festejan que, sólo en enero y febrero, ingresaron 176 millones de pesos por la actividad turística. Sin contar con los 50.000 visitantes que llegan para el carnaval y dinamizan la actividad hotelera.

• Contundencia

Este desarrollo de los servicios, basado en un par de bellezas naturales, es más contundente que las ecuaciones químicas para movilizar a la población de la ciudad que vive de esta «industria sin chimeneas» (lugar común que comenzó a mencionar aquel intendente Bibé en los '70). Con el río Gualeguaychú creciendo durante las sudestadas, como es su costumbre, basta que llegue alguna mancha desde Fray Bentos hacia Entre Ríos para que los « ambientalistas» que no dejan dormir a Néstor Kirchner sueñen lo peor: volver a bañarse en las pesquerías del otro lado del río, desde donde hace 30 años miraban las arenas inaccesibles de los Unzué.

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