31 de diciembre 2001 - 00:00

Un hecho inédito en la historia de la Argentina

Volvió a repetirse entre el viernes a la noche y el sábado a la madrugada la misma situación que terminó con el gobierno de Fernando de la Rúa. Un cacerolazo iniciado espontáneamente por familias de clase media terminó en hechos de inusitada violencia, mucho mayor que la de una semana antes, motorizados por grupos de activistas que atacaron la Casa Rosada y el Congreso, y lesionaron seriamente a varios agentes de la Policía Federal.

La manifestación espontánea de personas de clase media volvió a repetirse el viernes por la noche. Comenzó con cacerolazos en los balcones de Belgrano, Palermo, Caballito, Núñez, Villa Crespo, Almagro y Recoleta, y después los manifestantes empezaron a salir a la calle y la clásica marcha hacia la Plaza de Mayo.

Se trató, como en la noche del miércoles 19, cuando empezó la movilización espontánea, tras el último anodino discurso de De la Rúa, de familias enteras con sus chicos. No los unía una consigna común, salvo el fastidio y la ira contra los políticos. Gran parte salió por el corralito financiero, algunos sumaron la protesta por determinadas designaciones, como la de Carlos Grosso, que terminó renunciado en la misma madrugada del sábado, y los más informados se lanzaron por primera vez contra la Corte Suprema, por haber refrendado el viernes las restricciones para la disposición del dinero de los ahorristas.

Entre las 23 del viernes y las 2 del sábado, decenas de miles de personas manifestaron en la Plaza de Mayo y sus alrededores, con niños en brazos o en cochecitos y las infaltables cacerolas. Después, apenas se insinuó la intervención policial en Plaza de Mayo, el público común se dispersó rápidamente, y los que quedaron fueron grupos de jóvenes que iniciaron la violencia.

Hubo agresiones contra la Casa Rosada, donde grupos de activistas prendieron fuego cerca de la puerta de Balcarce 50 y comenzaron a arrojar piedras hacia la sede del gobierno nacional. Cuando fueron corridos de ahí con gases lacrimógenos y balas de goma, los jóvenes, con una gimnasia militante que no se sabe de dónde sale ni quién la organiza, arremetieron contra el Congreso nacional.

Con una policía dubitativa y en apariencia sin órdenes claras, los manifestantes forzaron la puerta del Parlamento y provocaron serios destrozos. Los más graves se registraron en la entrada al Palacio Legislativo que da sobre Callao, aunque los demás accesos también fueron acosados con piedras y palos.

Fenómenos

Los activistas que ingresaron en el Congreso rompieron vidrios y puertas, y quemaron cortinas del llamado Salón Azul. Después sacaron sillones y muebles a la calle para quemarlos, con la consigna «acá se sientan los chorros». La precariedad de la intervención policial tuvo su punto culminante en que varios agentes fueron agredidos y heridos de seriedad y uno de ellos fue molido a palos y casi linchado por los grupos manifestantes.

No obstante, además de estos grupos de activistas, hay dos fenómenos distintivos en la jornada del viernes: en primer lugar, la movilización espontánea de la clase media que se pronuncia contra todos los políticos sin distinciones y expresa el voto «bronca» del 14 de octubre, acentuado por las restricciones financieras y la mayor recesión económica.

En segundo lugar, además de los activistas y militantes de izquierda, parece haber un espíritu de furia en jóvenes de clase baja y media baja, que deja la sensación de que en cualquier momento puede estallar un episodio de violencia. El ejemplo estuvo en los incidentes registrados en la estación Once de Trenes de Buenos Aires (TBA), el mismo viernes a las 19, cuando la demora en la salida de los trenes por una medida gremial derivó en destrozos y hasta el incendio de dos vagones, también en este caso, con una intervención policial casi nula.

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