Poco antes de la medianoche, en el estreno de un restorán en Puerto Madero («Embrujo»), un comedido le confió el martes una novedad al ex embajador en los Estados Unidos Diego Guelar, justo cuando se servía un plato con raviolones: «Acaban de entregar el Premio Planeta, la novela se llama 'Valfierno'». Toque de queda: Guelar se paró entonces, algo desencajado, y nunca más se volvió a sentar. Tampoco probó un raviol. Mejor para él: le hubiera sido indigesto.
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Para entender su estado hubo una asombrosa explicación del propio desencajado: «Yo escribí una novela este año, la llevé a Planeta, no me la quisieron publicar y el personaje principal se llama ' Valfierno', como el del premio. Tuve discusiones con el director editorial, Ricardo Sabanes, terminamos mal. Pero no creo que pueda ser un plagio. Menos que aparezca Martín Caparrós, el ganador del certamen, en una confabulación. Pero, ¡es tan sorprendente!». Le añadió excitación el comedido de marras: «Bueno, la novela trata sobre Valfierno y el robo de la Gioconda».
Allí, con una diplomacia acumulada por años, el contenido Guelar tuvo su pico de mayor desconcierto. «Pero señaló- mi novela se llama justamente 'El robo de la Gioconda', son más de 300 páginas». Si él no podía creerlo, menos los interlocutores: demasiada casualidad, con la misma empresa, con el mismo director literario. Por suerte alguien bromeó: Bueno, al menos esta historia queda entre montoneros (Guelar militó en esa organización igual que Caparrós). «No, no -quería aclararse con humor el embajador literario-, a ver si dicen que los montoneros también controlamos el mercado de los libros». Otro escéptico lo desilusionó con una reflexión: «Seguro que no es un plagio. He escuchado sobre todo tipo de robos en el peronismo, nunca uno con características intelectuales. Nunca los vi interesados en esos hurtos».
Con una duda que no podía salvar y que extendió sin dormir hasta el día siguiente, igual Guelar explicó su obra no publicada y en apariencia plagiada: «Miren, en 1911, tres italianos se robaron La Gioconda, luego los descubrieron y el cuadro se devolvió al Louvre unos años más tarde. Pero, en 1931, un periodista norteamericano (Hans Decker) publicó una entrevista a un conde argentino, Eduardo de Valfierno, quien se proclamó autor intelectual del siniestro porque tenía 6 copias perfectas de La Gioconda, que luego del robo y mientras duró la desaparición, vendió como originales a otros tantos coleccionistas por un monto total aproximado a los 80 millones de dólares». Si lo del robo fue cierto, lo de Valfierno constituyó una lúcida lucrubación del norteamericano hecha cuento, lo que habilitó a Guelar para imaginar su novela como un himno a la inspiración que caracteriza a muchos argentinos: el hábito falso, la vocación de «trucho». Esa ficción de Guelar ubica a Valfierno como modelo de esa conducta, el que luego tuvo una hija llamada obviamente Lisa y, no menos obviamente, esa misma mujer en 1945 alumbró un hijo que bautizó como Carlos Federico Ruckman, el que en 2001 inventó los patacones. A tal abuelo, tal nieto: algo así como una parábola nacional.
Se entendía en el grupo que el relato novelístico podía ser fascinante, más para los amantes de la política, pero se opacaba con espasmos la narración porque Guelar transmitía su estupor por la aparente copia y, de tanto pensar que le podían haber plagiado su texto, ya casi deseaba que esto hubiera ocurrido. Y así, atónito, se fue esa noche a su casa, a la vigilia de los ojos abiertos, aunque ése no es el Fernández en el que abrevan los escritores justicialistas.
Amaneció nublada la mañana, seguía nublado para Guelar. Cerca del mediodía, calmó su nervioso insomnio al hablar con Julio Pérez, titular de Planeta, la del premio a « Valfierno». Y por teléfono le contó el embajador su historia al empresario, su sorprendido candor y, quizá, su desazón ante el plagio. Pero el boss local de Planeta lo devolvió a la normalidad perdida, tanto como el hambre y el sueño de la víspera: «Mire -le dijo Pérez-, después de todo lo que me contó, creo que ha ocurrido una feliz coincidencia: dos personas que al mismo tiempo han escrito sobre un mismo personaje y, tal vez, sobre un mismo tema. Pero no hay plagio posible por múltiples y sobradas razones. Puede estar tranquilo. Tanto que, a pesar de que usted se haya peleado con Sabanes, Planeta este año publicará su novela». O sea que en las librerías habrá pronto un premiado Valfierno I y un Valfierno II que no compitió en el certamen. Dos mensajes para un mismo criterio y protagonista, en el que no casualmente se sumergen dos hombres con origen en el PJ: el «truchaje», una especialidad de la casa.
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