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Decir que esta circunstancia les impone una hermandad paradójica, no buscada e incómoda, sería señalar algo evidente. Conviene más detenerse en el modo en que cada uno de ellos enfrenta el desafío, ya que las estrategias encaradas son casi idénticas. Así como el desenlace de la lucha podría ser hoy el mismo para los dos: si el curso de acción es el que se ha desatado, Menem y Duhalde estarán sentados en el mismo bloque de senadores el año próximo. Sería difícil encontrar un dato más relevante que éste en el campo político y parlamentario de los tiempos que vienen.
En Buenos Aires la Casa Rosada embiste, de manera hasta ahora subliminal, a través del despegue de Felipe Solá. Mientras lo que se organizaba frente a sí era nada más que un mosaico de agrupaciones y pequeñas jefaturas de centroizquierda, sin más estructura que las que pueden encontrarse en las organizaciones piqueteras, a Duhalde le alcanzaba con levantar la candidatura de su esposa Chiche y esperar a la negociación de las listas con Kirchner. ¿Las pretensiones de Cristina? Contesta el propio Duhalde: «Néstor jamás me habló de eso e hizo bien, porque sabe que deberíamos discutir y es muy temprano».
Ahora, cuando el presupuesto de acción social y los planes Jefas y Jefes de Hogar de la Nación amenazan con confluir con la caja de la provincia de Buenos Aires en una coalición entre Kirchner y Solá, la amenaza es más inquietante. Capaz, por ejemplo, de hacerlo regresar a Duhalde de su fantasía mercosuriana para hacer lo que mejor sabe: articular punteros, armar listas, diseñar la orfebrería electoral de cada distrito. En Itamaraty bien pueden cerrar por un tiempo el despacho que le cedieron al ex presidente. Cuando no alcanza con el apellido, hay que poner el cuerpo:
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