Volvió Duhalde. ¿Te perdonamos?

Política

Hay hombres que no aceptan la imagen que les devuelve el espejo. Se imaginan altos cuando son bajos, flacos cuando se exceden en gordura, consideran propia y natural la tintura de su cabello y, lo peor y más común, suelen imaginar que el perfil más favorable -como Julio Iglesias- representa el todo de un rostro estragado por cirugías mal hechas. También apelan a una consigna peronista (fui malo, pero fueron peores quienes me siguieron) al resignarse en la expresión: «Con la edad que tengo, estoy bárbaro; mejor que el resto» (siempre, claro, en referencia a otros desechos humanos). La mayor parte de estos confesos ejemplares se encuentran en la política, casi requieren de ese alimento sustantivo para ejercer la actividad. Uno de ellos es Eduardo Duhalde.

También abundan los personajes que, al margen de exteriorizaciones físicas ante el espejo, transcurren la vida de un modo menos inocente: se sospechan lo que no son. Y desean que el mundo les reconozca esa fantasía. Se arrogan como autores intelectuales de fenómenos que corresponden a la naturaleza, repiten «lo hice yo» o «yo ya lo dije», como si la insistencia determinara la verdad, casi con el mismo sentido imprudente y descaro que utiliza el periodismo para justificar una nota. Es su forma de manifestar la existencia en un mercado que no los advierte; por lo tanto, deforman acontecimientos, omiten situaciones, abusan en fin del falso testimonio: creen que así obtendrán un rol que la Historia difícilmente les conceda. En este rubro de autoestima personal se inscriben generalmente los libros de «Memorias», casi todos de políticos que deben justificar conductas; no podía ser ajeno a ese universo el último texto de Duhalde con el cual pretende volver a la política: «Memorias del infierno».

Son un largo bostezo con escritura elemental «los primeros 120 días de mi presidencia» que, en rigor, no corresponden a las 364 páginas: la mitad del material es una distracción sobre la etapa previa a su anómala llegada a la Presidencia. Las dos partes, en suma, intentan responder -según él- «al milagro de la recuperación económica argentina», pregunta que le formulaban en el exterior cuando más tarde, como embajador, «cumplí responsabilidades en el Mercosur» (ese organismo tedioso que ha servido para su propia hibernación -al igual que Carlos Chacho Alvarez-, depósito burocrático para quienes disfrutan del ocio, viajan, se entrevistan con otros burócratas, organizan charlas y cobran un razonable estipendio a cargo de los ciudadanos de la región). Función transitoria hasta que se les vuelva a presentar la oportunidad de regresar a la profesión.

Ahora Duhalde cree que es su momento, incluyendo en ese retorno atávico del peronismo (avión negro), mandobles diversos contra su propio invento electoral: Néstor Kirchner. Para ser justo, ésa es la zona más interesante del libro, aunque jamás comparable a la crítica que escriben los diarios todos los días, inclusive en aquellos con obvios compromisos oficiales. Pero acceder a esos capítulos más picantes, no determinados, requiere una aburrida travesía sobre el narcisismo del autor, del cuento mal contado del abuelo a sus nietos sobre presuntas hazañas por él cometidas. En su casa va a ser un ídolo, como la mayoría de los abuelos tal vez.

A esos descendientes, también a sus lectores más cándidos, se presenta Duhalde en el libro como un artífice de milagros, como un hombre de Estado que supo acumular experiencia, capaz hasta de adivinar el futuro, el único de varias generaciones políticas a las que consideró «una mierda». Tanta patología sobre habilidades propias y disposición de augur hasta hacen olvidar el día que, vestido de jogging, participó y consagró aquel momento histórico en que se acordó la reforma de la Constitución Nacional para un nuevo período de Carlos Menem con la complicidad de Raúl Alfonsín. Instante que él, entonces, apreció como un obsequio divino por compartir cartel con dos estadistas. En verdad, ese episodio -además del beneficio personal del dúosirvió para borrarlo como sucesor natural del riojano, hecho que 48 horas más tarde advirtió cuando ante algún amigo tuvo que admitir: «¡Cómo me cagaron!». Tanto no era, entonces, su talento para escrutar el cielo y desentrañar las estrellas.

  • Brevedad

    Con rigor infantil, por ejemplo, en este libro se narra en apenas 3 o 4 páginas buena parte de la historia argentina de 150 años, como si fuera el divulgador resumido de un matutino provincial. Interpretaciones infelices, por otra parte, del mismo modo que elude culpabilidad (investigación poco exhaustiva de la Justicia) en los conatos que sirvieron para voltear a Fernando de la Rúa -un dulce suicida que se precipitaba solo al vacío- o en la asustada caída de Adolfo Rodríguez Saá, hombre que después de 48 horas en el gobierno supuso que se podía quedar una vida cuando esa vida, entonces, dependía de un Duhalde -y sus conmilitones- que no iban a dejarpasar la oportunidad de apoderarse de la Casa Rosada. Aunque esa oportunidad ocurriera cuando el país atravesaba una de las peores crisis de su historia, crisis de la cual la provincia de Buenos Aires, que dependía del autor, era tal vez la principal responsable.

    ¿O uno olvidó ya que ese distrito, con Duhalde, supo pagar su deuda en los primeros tiempos de Carlos Menem y, luego, también con Duhalde contrajo una gigantesca deuda (cuando, claro, aspiraba a la Presidencia) que el país no podía soportar? Se puede ignorar al Banco Provincia en esos trances, cuyas enormes pérdidas se les endosaron luego a los contribuyentes. ¿Todo lo administró bien? Polémica inútil, tal vez, ya que las descomunales borracheras de poder del menemismo también contribuyeron al ocaso, más la inepta gestión posterior de la Alianza. A ese precipicio le acerca Duhalde, como solución, su «modelo productivo» (al cual le cede varias páginas). Ni más ni menos que una megadevaluación -con pesificación asimétrica adicional- que no reconocía antecedentes, supuso brutales transferencias de ingresos el pagadiós de una multitud de empresas y una caída dramática en los niveles de ingresos que soportó un pueblo solo atemorizado por otras acechanzas.

    Como el único secreto económico de Duhalde es la devaluación, rinde homenaje a quienes lo anticiparon en esa medida (nunca con la magnitud por él aplicada) y, aunque sea risible, sus modelos patriotas son Alvaro Alsogaray, Adalbert Krieger Vasena y Lorenzo Sigaut. Nunca, seguramente, imaginó tamaña contradicción (y, por supuesto, no la menciona). A esa determinación facilista de envilecer la moneda le asigna el crecimiento posterior de la Argentina, la considera madre de todas las bondades y, como él sigue -en apariencia y a pesar de los viajes- sin saber que el mundo se globalizó, ignora hasta el nuevo valor de los commodities que ha cambiado la caja de los países. Ni repara en el fin de las teorías cepalianas que antes le caían a medida de su cuerpo. Parece olvidar que las tasas de alza argentinas, siguiendo a las chinas, en el PBI también se advierten en países africanos, que, por ejemplo, no debieron devaluar. Pero ésa, también, ya es otra discusión inútil.

  • Coqueteo

    Del lado histórico, por supuesto, Duhalde afirma que devaluar estaba en su cabeza desde antes de llegar al poder, contrariando lo que afirmaban los hombres de su equipo económico cuando asumieron. Inclusive, aunque se aceptara que esa idea estaba en su inmensidad craneana, seriamente nunca sospechó que el dólar se dispararía de uno a más de tres pesos (modesto, planeaba apenas un recorte de 20% y terminó en más de 200%). No es lo único: tampoco incorpora anecdotario jugoso (inclusive, casi todo ya fue publicado) y, por supuesto, jamás menciona reuniones secretas de quienes le reclamaron esa medida (apenas si coquetea con alguna reunión con José Ignacio de Mendiguren). Esa falta de rigor hasta le hace evitar su encuentro con el dueño del monopolio «Clarín», el todopoderoso antaño Héctor Magnetto, el mismo día de su llegada a la Presidencia. Ni el contenido de esa cena, de la que uno se puede anoticiar por Rodríguez Saá: éste juró que días antes Magnetto le había demandado -se supone que no sólo por interés patriótico y a cambio de alguna solidaridad- la política devaluatoria que luego implementó Duhalde. Esa falta de memoria algún día habrá de repararla un historiador más celoso de la precisión y los intereses.

    Si el sesgo favorable a su persona, ficcional, domina todo el libro, también lo acompaña una actitud compasiva de sí mismo al reconocer errores como «me equivoqué, prometí devolver dólares a los que habían invertido en dólares y no lo hice». Una forma de demostrar que es un ser humano, a veces. En los últimos capítulos exhibe lo que entiende como máxima cualidad de su gestión y, por lo tanto, los peores defectos que caracteriza a quien él eligió como heredero. Ya que prescribe como manual del buen mandatario tres aspectos clave:

  • Tener conversaciones continuas y efectivas con sus colaboradores de Gabinete. Tres veces por semana, por lo menos, me reunía con mi equipo de ministros, escribe (lo que no es cierto, cuando traslada como afirmación ese ejercicio a sus tiempos de gobernador cuando -es público- ni siquiera iba a su despacho en La Plata). Clara alusión esa conducción colectiva, debatida y enriquecedora, a la personal y autoritaria que practica Kirchner, cuyos ministros registran meses sin que siquiera los consulte por teléfono.

  • Abrirse al diálogo con otros sectores, partidarios o no, convocar en busca de colaboración. Dice que él tuvo esa actitud como forma de estabilidad institucional, gobernando en forma casi parlamentaria, al revés del sectarismo kirchnerista. Y ofrece ejemplos, agradece colaboración al español Carmelo Angulo, miembro cabeza del Diálogo Argentino, al que hasta parece dispuesto a cederle una condecoración, justo el mismo personaje que luego -ya como embajador español- fue casi cesanteado por el actual Presidente, quien reclamó su partida del país por concederle información y algún chismorreo a periodistas amigos.

  • Otra gratificación más extensa le entrega Duhalde a la Iglesia, factor gravitante, según él, para solucionar entonces las dificultades (o, al menos, hacérselas más llevaderas). Mientras, hoy esa institución parece asediada por Kirchner: cuestiona la influencia católica en la educación (y designa como emblema de esa propuesta a Daniel Filmus, hoy candidato a la intendencia porteña), se anota en la cruzada del aborto para irritación del Papa (también propone como primer diputado porteño al adalid de esa práctica, Ginés González García), no decide aún suprimir o no el Vicariato castrense (luego de haberse enfrentado con el renunciante obispo Antonio Baseotto) y, en sus cercanías, hasta hay quienes piensan en la conveniencia de modificar un artículo pétreo de la Constitución (el número 2, el Estado debe sostener el culto católico) para hacer más laico al país siempre y cuando lo pidan otras religiones.

    Allí, quizás, se encuentre -sin demasiadas exactitudes- el mecanismo que utiliza Duhalde en su libro para objetar a Kirchner, formular una crítica, aludir a quien no ha cumplido el ideal de su bonaerense mandato sucesorio. Se observa esto como lo más rescatable del texto, de esas memorias infieles, en las que el narcisismo del ex presidente lo induce a tratar de conservar una imagen que no es la que le devuelve el espejo. Más sencillo y honesto hubiera sido, como balance, haber dicho: «Hice lo que pude». En lugar de proponerse una estatua para su controvertido pasado como mandatario.
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