Para los más jóvenes, las noticias de estos días sobre entrega de electrodomésticos a cambio
de presuntos votos en las elecciones del domingo pueden parecer una novedad. No es así;
esas prácticas se remontan a una tradición acuñada hace décadas, durante la Depresión de
los años ’30.
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Otra rareza es que casi no hablaron los candidatos oficialistas ni se esforzaron por mostrarse, inclusive se dio en la primera dama Cristina Kirchner. Como el proselitismo se hizo en medio de abundante dinero para el gobierno por las retenciones al agro y hasta el petróleo se hizo un gran reparto de dinero, subsidios, obras y fundamentalmente se usó para frenar alzas de precios.
Lo más detonante, lo más mencionado por los medios, fue el reparto de electrodomésticos, de frazadas, de colchones, de alimentos, de televisores en villas de emergencia. Siempre hicieron algo así los gobiernos -como repavimentar calles de los municipios- en víspera de cada elección pero la sorpresa ahora es que se efectuó -aprovechando el buen momento externo- en niveles desconocidos en décadas. Los comicios con votos más comprados a los pobres que se recuerdan son los de la década de 1930 a 1940, con el agregado del fraude si el dinero no alcanzaba. Había menos plata para comicios porque eran los años posteriores a la gran Depresión mundial de 1929/30 pero también era mayor la pobreza y la desocupación con lo cual el poco dinero compraba tanto o más votos que ahora por la miseria imperante.
Aquellos comicios de «los '30» inspiraron mucha literatura, poemas y famosos tangos, por caso los de Enrique Santos Discépolo. En uno de los libros de Julio Ramos, «Los hijos del sueño, Poema obrero» se narra en varias páginas parte de cómo eran aquellos comicios de hace 75 años. Algunas estrofas se incluyen aquí.
Ya el reparto terminado el rumbo fue Avellaneda, pa'llegar a una vereda llena de hombres apiñados, con los pómulos chupados y flacos como moneda.
Viera usted el espectáculo en esa calle Pavón del pobre en exposición, vestido a cualquier manera, todo rotoso de afuera aguantándose el plantón.
Los más tenían championes y alguno que otro alpargatas; hijos de barrios de latas la excepción era el de botas; llevaban caminas rotas y los había en bombachas; en algunos veinte hilachas simulaban pantalón; lucían en la ocasión lo mejor de sus covachas.
Seguimos hacia los fondos hasta dar a un corredor; carcajeaba allí un señor rodeado de cuatro flacos; se veía que morlacos tendría en cualquier color.
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