La personalidad de Henry Ford resulta de las más controvertidas, entre personajes relevantes del siglo pasado. Sus métodos y permanente innovación fueron un gran adelanto para toda la industria automotriz. Pero sus arrebatos de fanatismo, obsesiones casi inexplicables, egocentrismo extremo, lo pusieron al borde del abismo cuando lo tenía todo para poder decir que resultaba el emblema del americano triunfante. Un alguien «salido de la nada» y un ejemplo para futuras generaciones, solamente desde el punto de vista del empresario exitoso. Porque lo demás dejaba mucho que desear...
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En lo que hace a su larga trayectoria dentro de la industria, una síntesis puede apuntar que mientras trabajaba en la Edison (Tomás A. Edison fue su personaje favorito, uno de sus pocos amigos), diseñaba motores para la naciente industria. Garabateaba dibujos en cualquier papel, trabajaba hasta en la cocina de su casa y ya recibía el apodo de «Henry, el loco» (por los vecinos, que lo veían en plena noche armando piezas en su cobertizo). Y así, un 4 de junio de 1896 -a las 2 de la mañana-Henry abrió un agujero en la pared de ese garaje y salió... manejando su automóvil, que después pasearía por las calles de Detroit. Edison mismo lo alentaba a seguir, saliendo del simple aficionado y haciendo algo más serio.
•Estudio
Ford vendió el prototipo en 200 dólares y lo siguiente fue estudiar a fondo qué se hacía en la industria, donde había, en 1899, treinta fabricantes de autos, pero la gente prefería -en mayoría-el importado de Europa. Fue invitado a ocupar un alto cargo en una nueva compañía -que sería, después, la Cadillac-, pero hubo un fracaso absoluto y Ford fue corrido de allí.
Finalmente pudo desembocar en lo que quería: «un auto para el gran público», por oposición a vehículos muy costosos, pasando de lo artesanal de la industria a un concepto que bien sintetizaba con: «Tal como un gancho es igual a otro, cuando sale de la fábrica de ganchos, o un fósforo es igual a otro fósforo, al salir de la fábrica de fósforos...». Lo que dibujaba en el aire era la fabulosa «cadena de montaje» que haría realidad esos sueños. Todo era instinto en Henry Ford, quien siguió tomando decisiones de ese modo y haciendo su carrera impredecible. Cuando surge su gran obra -el modelo «T», que aparece el 1 de octubre de 1908-, el primer año, un récord absoluto: 10.000 automóviles vendidos. Y hasta 1924 fueron... 10 millones. Cuando se discontinuó su producción, en 1927, se habían colocado 15 millones.
Para 1909 proclamaba «democratizar el auto». Todo el mundo podría comprar uno, y el modo de hacerlo: bajando el precio de continuo. Mirando las poleas del techo que usaban en frigoríficos, se le ocurrió la «línea de ensamble» y con ella dio un golpe mortal: en 1914, precisó la Ford 13.000 obreros para hacer 260.000 autos. El resto de la industria necesitó 66.000 hombres para 287.000 vehículos. Un salario de 5 dólares, por ocho horas al día, más una «participación de las utilidades» revolucionaba el mercado laboral. Esto lo hizo una figura de notable arraigo popular y le hizo cometer los más gruesos errores. El ego lo hacía creer un experto en política y un hombre sabio. Intentó un escaño de senador en 1918, pero perdió. Al año siguiente compró un diario con la más desastrosa intención...
•Antisemita
Henry Ford podía coleccionar fobias, prejuicios, desvíos inconcebibles. Hay que reseñarlos velozmente, porque son muchos. El más importante y peligroso, desde ese diario -«The Independent»- armó una campaña contra los judíos, con titulares como «El judío internacional: el problema del mundo». Nada lo podía frenar, ni siquiera que 3,3 millones de judíos les hicieran un boicot a sus autos. Arremetió más y los acusó de querer quedarse con la agricultura; después fue muy lejos: los involucró en conspiración, tuvo un juicio, perdió 140.000 dólares, tuvo que dar unas disculpas... y cambió de blanco. Allí surgió el odio a Wall Street. Cuando las otras marcas ya le mordían los tobillos a la Ford, porque privaba la velocidad, decidió abrir una planta en Inglaterra. Ofreció acciones, pero se concentraron en manos americanas y no inglesas, porque las firmas de corretajes habían abierto filiales para tomar esas acciones afuera. El decía: «No tienen autoridad moral para transar con acciones de Ford...». De paso, que «puede ser una conspiración judía desde Wall Street».
No podía faltar alguna cruzada más quijotesca, rayana en la locura, y ésta resultó su arenga con «nuevas ideas» que llevó en viaje a Gran Bretaña. Estaba dispuesto a apoyar, personalmente, cualquier campaña para «librar de vacas al mundo». Producir leche de otro modo, no comer carne y suprimir así «a estos costosos y destructivos animales». (Había estudiado las vacas a fondo: comían mucho, ensuciaban por todas partes.)
La gente debía no sólo comer sino vivir «al estilo Ford...». Correr tres millas todas las mañanas, desviándose si había excrementos de venados o de pájaros. No desayunar jamás (decía que el hombre trabajaba mejor con estómago vacío). En medio del disparate, otra vez la luz, la intuición, el golpe genial: fue pionero en la soja, advirtió sus propiedades fenomenales y financió campañas para propagarla.
Siempre desoyendo todo consejo, especialmente de su hijo Edsel, o despidiendo a todo aquel que le hiciera sombra (que después se le hacía competencia), su doble personalidad motivó distintos elogios, críticas, amores y odios. Pero nos quedamos con la de Will Rogers: «Tendrán que pasar cien años para saber si nos ayudó o nos hizo daño, pero -ciertamente-no nos dejó donde nos encontró...».
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