21 de febrero 2002 - 00:00

"Argentinos ilegales ya no son como antes"

El bolso de mano con el escudo de un club de fútbol, las ropas raídas y el semblante temeroso son casi una proclama: «No soy turista». A pesar de que su aspecto debería hacerlo sospechoso, el recién llegado no provoca más que una mirada casual del oficial de migraciones que le sella el pasaporte luego de las preguntas de rigor («¿A qué viene?», «¿Cuánto va a quedarse?»).

El pasajero acaba de desembarcar del vuelo de United que lo trajo desde Ezeiza a Nueva York, y atraviesa la puerta verde que lo separa de lo desconocido. Del otro lado lo espera una pareja, de ropas tan modestas como las suyas; son las seis de la mañana; el durísimo invierno neoyorquino le da la bienvenida con ráfagas de 30 km/h y un «wind chill factor» (sensación térmica) de -14°C, temperatura para las cuales su jean y su campera de nylon no están preparados.

La pareja lo recibe con semblante sombrío y sin efusiones: «¿Tenés todo?, ¿Cómo viajaste?». Las preguntas son tan impersonales y distantes como las del funcionario de migraciones. Un tercer integrante de este peculiar comité de recepción arrima al cordón un desvencijado Ford de más de 20 años (se consiguen por menos de u$s 500). El cuarteto parte con rumbo desconocido, pero fácil de intuir: alguno de los centenares de departamentos de uno o dos dormitorios en Jackson Heights, Corona o Astoria (barrios de Queens) en los que se está afincando la nueva ola de inmigrantes ilegales llegados desde la Argentina.

«En general se acomodan hasta cuatro pare-jas sin chicos; los alquileres, aun de departamentos viejos y en no demasiadas buenas condiciones, no bajan de los u$s 1.200 mensuales, y el precio, claro, es mayor para los ilegales»
, dice a este diario Manuel H., un cubano que desde hace años intermedia entre propietarios e inmigrantes «indocumentados».

El corredor de bienes raíces asegura que «desde hace algunos años la gente que llega desde su país es muy diferente a los que arribaban hace, digamos, una década. Es gente casi sin preparación profesional, sin oficio, que muchas veces desembarca en el Kennedy sin una moneda ni para llamar por teléfono a sus familiares».

Por eso, dice, muchas veces los recién llegados encuentran dificultades para cumplir con el alquiler. «Tenía a dos parejas viviendo en una pieza cerca de Roosevelt Avenue, y pagaban u$s 700; me pidieron un departamento de dos dormitorios, que saldría poco más del doble. Les dije que lo sentía, pero no: el alquiler no debe superar 25% del ingreso, y entre los cuatro no llegaban a los u$s 3.000 mensuales.»

Manuel -que por obvias razones exige anonimato-atribuye este cambio de perfil «a que no se exigía visa para entrar a Estados Unidos. Estábamos acostumbrados a mexicanos, dominicanos, salvadoreños que llegan 'mojados', pero no a argentinos». El eufemismo «mojados» es una traducción libérrima de «wetbacks», el término que le dedican los «gringos» a los mexicanos que atraviesan la frontera cruzando el Río Grande.

De acuerdo con las nuevas reglas impuestas por el Departamento de Estado, y los rechazos de visas registrados en la Embajada de Estados Unidos en las primeras jornadas de su aplicación, quienes deseen probar fortuna en Miami, NuevaYork o Los Angeles podrían verse obligados a «mojarse».

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