Hoy se cumplen 8 años del mayor atentado terrorista que sufrió la Argentina. El principal acto de conmemoración de las víctimas lo harán a las 9.53, justo a la hora en que ocurrió.
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Los oradores serán José Hercman, presidente de DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas); Abraham Caul (titular de AMIA) y Sofía Guterman (familiares de las víctimas). Serán los únicos, adelanta Hercman: «Nunca dejamos a funcionarios oficiales hablar los 18 de julio; tampoco les pedimos que concurran a los actos. Es un duelo, y a un duelo no se invita a nadie».
La comunidad judía argentina, igual que el pueblo judío en todo el mundo, observa además hoy el día más triste de su calendario: Tishá B'Av (el día 9 del mes de Av, literalmente): hoy se recuerdan las dos ocasiones en que fuera destruido el Templo de Jerusalén, centro alrededor del cual giraba la vida de la capital del pueblo judío (la última, en el año 70, por el emperador romano Tito).
El ataque del 18 de julio de 1994 intentó acabar con la historia, las tradiciones y hasta la memoria de los judíos argentinos.
La historia judía afirma que el mismo día 9 de Av, pero del año 135, el emperador Adriano destruyó Jerusalén y envió al exilio a los judíos, repartiéndolos por todo el imperio romano y dando inicio a la diáspora. ¿Qué provocó semejante reacción imperial? La rebelión encabezada por el rabino Akiva, que intentó liberar a Israel de la dominación de Roma.
Uno de los lugares a los que -casi 1.800 años después-llegaron los judíos expulsados de su tierra fue, obviamente, la Argentina. Desde fines del siglo XIX, inmigrantes europeos y orientales («ashkenazim» y «sefardim») se asentaron en el país; con el tiempo fueron creciendo en número hasta llegar a ser la cuarta comunidad judía del mundo, y -obviamente-necesitaron instituciones que los agruparan y los representaran.
La entidad «madre», el «paraguas» bajo el cual se cobijó tradicionalmente la vida comunitaria, fue (y es) la Asociación Mutual Israelita Argentina. Su edificio de la calle Pasteur era (y es) la nave insignia de la colectividad.
De la destrucción del Templo sólo quedó en pie lo que en gran parte del mundo se conoce como «el Muro de los Lamentos», al que los judíos llaman «el Muro Occidental». Después de milenios de ausencia y presencias esporádicas, los judíos israelíes regresaron a lo que quedó del Templo en 1967, tras su victoria en la Guerra de los Seis Días. Desde entonces se ha convertido en un lugar de peregrinación y oración.
Del viejo edificio de AMIA quedaron apenas algunos fragmentos que se exhiben en el hall del nuevo, levantado con gran esfuerzo en el terreno que ocupaba el que fuera destruido hace hoy ocho años. Ese esfuerzo fue mayor porque se concretó en medio de la peor crisis del país.
Y si bien Pasteur no es el Muro Occidental, miles de turistas extranjeros (judíos y gentiles) llegan todos los años al nuevo edificio para ver lo que es hoy -incluida la bellísima escultura memorial-y escuchar lo que sucedió allí hace 8 años.
En este marco es que se recuerda hoy un nuevo aniversario del atentado que acabó con la vida de decenas de argentinos (judíos o no), crimen del que sigue sabiéndose tan poco como cuando el polvo y el humo de la explosión cubrieron el cielo del barrio de Once.
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