Hay radicales cercanos a Raúl Alfonsín indignados con esa influencia. Ni que decir de Carlos Chacho Alvarez. Todo ese grupo de radicales y frepasistas, celosos y enojados, se molesta con el ingreso al ámbito presidencial, ejerciendo peso y consejos en la alfombra de la Rosada, de varios hombres preferidos por Fernando de la Rúa. A saber, su hijo Antonio -el más descalificado, al que le objetan ciertas conductas no vinculadas a la edad-, Enrique «Coti» Nosiglia y Fernando de Santibañes. Junto a ellos, forman un scrum de rugby otros funcionarios: Carlos Becerra, Chrystian Colombo, Patricia Bullrich, Darío Richarte. Ahora, para desventuras de los críticos, se suma a ese elenco Andrés Delich. Como es obvio, son los odiosos que han ganado en la lidia interna de la última crisis, los que de alguna forma y tal vez no voluntariamente han gestado este nuevo gobierno que, en lugar de parecerse a la Alianza, más bien semeja una mixtura de la vieja Línea Nacional del radicalismo (Ricardo Balbín) más Domingo Cavallo y ciertas contribuciones justicialistas.
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Tanto Alfonsín (al que se añaden Jesús Rodríguez, Rafael Pascual, Leopoldo Moreau y Federico Storani) como el cada vez clínicamente más afectado Alvarez, recelan de ese núcleo ascendente, presuntamente orgánico, capaz de arrancarle decisiones a De la Rúa. La inquina del mal de amores se incentiva por la derrota: fueron superados en ejercicio operativo, conspirativo e imaginativo. Casi un insulto para estos profesionales de la política: ser desbordados por advenedizos como De Santibañes y «Antonito», la Bullrich, Colombo o dilettantes como Coti, Delich y Becerra.
Son tantas las diferencias: unos ganaron las elecciones, otros las usufructúan. Curiosidades de la política, a veces sin explicaciones, se lamenta el dinámico y atribulado dúo Alfonsín-Alvarez. Entre los dos grupos existen más diferencias, algunas personales, otras por historias pasadas o por falta de historias en el partido y en la Alianza, aunque el abismo pasa porque unos privilegiados disponen de una sugestiva llegada al corazón de Olivos y de la Rosada mientras para los otros esas vías son inaccesibles. Allí está el nudo y la obvia preeminencia del sector denunciado como el de más inclinación liberal y, simultáneamente, con menos entusiasmo para conservar el pacto con los «progresistas» del Frepaso y las insolencias de Alfonsín que siempre aumentan los basic points del riesgo-país.
Estos hombres, según la versión de los postergados, dominan y controlan a De la Rúa (éstos, a su vez, sostienen que el Presidente es imposible de asir y no por una inteligente naturaleza), son quienes llevaron primero a Ricardo López Murphy a Economía y, ahora, a Domingo Cavallo. Los acusan, con manifiesta irritación, de haber generado un proceso devaluatorio del gobierno y de terrorismo social -son éstas sus palabras últimas para definir las medidas nonatas de López Murphy-, de vaciar en suma el espíritu radical y el dogma intrínseco a la Alianza. Si no fuera porque las quejas provienen de los que no se sientan al banquete del poder, tal vez se las podría considerar. En ellos priva más el hambre de cargos -hoy se advierte en el Frepaso, reclamando cargos con dinero en lugar de instalarse para purificar éticamente la administración-que la genuina voluntad de proteger al mandatario. Este ya los padeció en la piel: se le escaparon apenas chispearon las primeras lluvias, no los quiere más. Tal vez se allane a un gesto con Alfonsín, nada más que por obediencia debida partidaria.
Desde ayer, Alfonsín, Alvarez y sus respectivas cortes se han puesto más nerviosos. Ya no está en riesgo De la Rúa, los desestabilizados son ellos. A la postergación que padecen, le agregan un pensamiento inquietante: si se llega a producir una recuperación del gobierno gracias a Cavallo y a cierta entente con los gobernadores peronistas más respaldo de EE.UU. -lo que significa todo lo opuesto a la Alianza social demócrata, la nueva política o los cortes transversales-, no sólo se distanciarán más de esos «jóvenes turcos» (que ya vislumbran a su Kemal Ataturk y no es De la Rúa) que rodean al Presidente sino que temen ser excluidos, derivados al asilo del ostracismo del Varela-Varelita o del restorán Lalín. Casi el mismo destino de aquellos peronistas que se apartaron de Carlos Menem cuando éste comenzó a gobernar separado de las bases justicialistas. No es agradable ese futuro porque si sucediera a la inversa, y a De la Rúa le fuese mal, igual tendrían la misma condena que los habitués al banquete. Si a De la Rúa se lo cuestiona a nivel nacional por no conducir, habría que escuchar a los devotos de Alfonsín y Alvarez para saber lo que opinan de lo que es la conducción de estos dos líderes.
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