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Hollywood ofreció el mejor show de los últimos tiempos
Ron Howard, Jennifer Connelly y Brian Brazer
La opción fue marcar puntos de vista desde la acción. Por eso la inédita explosión «black power», con dos Oscar centrales a actores negros y otro honorífico a Sidney Poitier, el equilibrio de los chistes de Woody Allen, el homenaje a la ciudad de Nueva York o el tributo a Robert Redford. Fue un Oscar que tenía más cosas genuinas que decir que en los años '80 0 '90, por lo que reactivó sus adormecidos engranajes artísticos.
«Todos creen que Nueva York está llena de judíos, homosexuales, negros y comunistas» decía Woody Allen desde la pantalla en una escena de «Dos extraños amantes», y lo cierto es que tanto el mismo Allen, como los tres homenajeados oficiales Sidney Poitier, Robert Redford y Arthur Hiller podrían ser incluídos en una o más de esas categorías. También recibieron las cuatro únicas ovaciones de pie de todo el auditorio.
En el clip de homenaje a Redford hubo tantas escenas de «Todos los hombres del presidente» como de las mucho más populares «El golpe» y «Butch Cassidy». A la hora de seleccionar un diálogo de «Nuestros años felices», por algún motivo el elegido fue «en este país no hay más libertad de expresión». Todo eso matizado entre algunas escenas románticas llenas de besos que cumplieron la misma función que las bromas de Allen, que si apareció con la humildad de un simple stan-up comedian, sin duda fue porque era la mejor manera de marcar la diferencia: luego de faltar durante años por no dejar de tocar con su banda de jazz neoyorquina, fue cuando no le daban nada.
Uno de sus chistes más festejados fue el agradecimiento a la ovación de sus colegas, ironizando sobre la paranoia de más atentados: «Este recibimiento hasta justifica haber tenido que some-terme a ese registro completo por la gente de seguridad». Casi no hubo luto, ni siquiera en el recordatorio de los artistas fallecidos, que culminó con un logrado tono festivo gracias a Anthony Quinn y la danza de Zorba.
Documental
Más convencional fue la utilización de «Let it Be» como fondo del clip por el 60 aniversario del Oscar al cine documental: cuando «mejor largometraje documental» cumplió 50 años de historia, la efeméride no mereció un recordatorio especial. En cambio ahora, los 60 años del Oscar a los largometrajes de esta categoría sirvieron para mostrar a los semidioses nazis de Leni Riefenstahl, seguidos por sus terribles de sus campos de exterminio, la bomba atómica, Lyndon Johnson prometiendo una victoria en Vietnam, y Martin Luther King contando su famoso sueño.
La presencia en vivo de Paul McCartney sirvió para arreglar a lo grande un error casi sádico de la Academia: el eterno perdedor Randy Newman, luego de no ganar 15 nominaciones venció a un Beatle, a Enya y a Sting.
Su humilde Oscar a una canción tonta, la de «Monsters», fue más festejado que el de mejor película, igual que su chiste: «No quiero vuestra compasión». Todo lo contrario que las sobreactuadas lágrimas de Halle Berry. Se tomó el record de tiempo perdiendo la oportunidad de decir algo más que nombres de agentes, managers y abogados.
Más allá del sintético y contundente homenaje a los bomberos neoyorquinos muertos el 11 de septiembre con el que Whoopi Goldberg dio fin a la ceremonia, en materia de cine y mensaje lo más contundente no vino de las celebridades «progres» de siempre, sino de un actor español, un chico y un cowboy republicano.
Entre las opiniones sobre películas de gente muy diversa vistas a lo largo de todo el show, Antonio Banderas, Elijah Wood y Clint Eastwood marcaron la diferencia. Banderas explicó cómo «Matar a un Ruiseñor» le hizo entender que el cine puede ser más que diversión; el pequeño hobbitt Wood contó como «Doce hombres en pugna» lo convenció acerca de que una sola persona decidida y metódica puede triunfar sobre la intolerancia, y Eastwood, entre todos las leyendas de Hollywood presentes, fue el único que se ocupó de introducir una referencia cinematográfica exacta para el momento.
A diferencia de Kevin Spacey, que pidió un minuto de silencio para los «héroes americanos» olvidando los civiles muertos en Afganistán, o las víctimas israelíes y palestinas de Medio Oriente, fue Eastwood quien pidió «justicia para todos» y no «justicia divina» al poner en pantalla un breve clip de «Conciencias muertas» el western de William Wellman en el que una muchedumbre lincha sin piedad al primer sospechoso que tiene a mano.


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