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La Argentina y las tentaciones autoritarias
III) La propiedad es un robo. Una frase bastante repetida hace 200 años. En los últimos tiempos muchos se preguntan por qué pagar las deudas, por qué no aumentar los impuestos sobre la propiedad, por qué no expropiar empresas privatizadas. El respeto al derecho de propiedad y una clara delimitación del mismo son, sin embargo, la condición para que opere un sistema descentralizado de precios, como es una economía de mercado. Con derechos de propiedad mal definidos, el mercado opera en forma ineficiente. Ejemplos de expropiaciones por razones de utilidad pública sobran en la Argentina, tanto en períodos militares como democráticos. Entre estos últimos cabe recordar la violación de cajas de seguridad privadas en los años '60 y las expropiaciones de activos financieros en décadas siguientes, la última de las cuales ocurrió en enero de 1990. En el nombre del pueblo se puede caer en la tentación de reivindicar las tropelías y felonías más atroces.
IV) Es mejor matar al mensajero. Muchos políticos, y en particular los dirigentes de grandes organizaciones empresarias y sindicales, coinciden en señalar que el problema central de la Argentina radica en que se toman en cuenta los diagnósticos y recomendaciones de economistas, en lugar de guiar la política económica por otros métodos y otras profesiones. Pero la introspección no es un buen método para las ciencias de la naturaleza y las ciencias sociales: mejor de vez en cuando mirar un poco los hechos y entenderlos a través de teorías probadas sobre tales fenómenos. Así como para curar una enfermedad es mejor guiarse por médicos, y para construir una casa mejor llamar a un arquitecto, para estudiar matemáticas mejor no consulte con un abogado. La idea de matar al mensajero en lugar de pensar cómo curar la enfermedad que el médico diagnostica ni siquiera es original de estos nuevos pensadores mesiánicos: ya Hitler la implementó en 1933, primero con los economistas. Luego fue con los judíos.
V) El sindicalismo combativo. Una parte de la población y los medios periodísticos tienen una particular admiración por las épicas acciones de sindicalistas y grupos «espontáneos» que cortan rutas, impiden vuelos nacionales o internacionales, queman colectivos y taxis durante los paros generales, etcétera. El foquismo, ese comportamiento típico de grupos marginales, va de la mano del autoritarismo, pues es otra forma del mismo fenómeno: cuando alguien quema vehículos o impide la circulación «en nombre de sus derechos», está simplemente imponiendo un nuevo orden, el orden del terror. La tentación jacobina está entre nosotros. Pero el terror tiene el germen de otros tipos de autoritarismo: después llegó Napoleón.
VI) El sindicalismo rentista. Uno de los mejores ejemplos de conducta autoritaria se da entre los sindicalistas más conservadores. A diferencia de los nuevos sindicalistas combativos, que generalmente se apoyan en posiciones heroicas que los reivindican frente a sus seguidores, los «conservadores» utilizan métodos antidemocráticos pero, eso sí, perfectamente legales para mantener su poder económico y político. Estos émulos de la época soviética deciden huelgas por votación abierta (nunca por votación secreta), son los únicos que pueden negociar convenios ya que detentan el monopolio que consiguieron hace unos 50 años, se oponen como buenos rentistas a la competencia en «su negocio» de la salud y, por supuesto, se mantienen como entes especiales, diferentes de cualquier otra organización civil, ya que su auditor es la autoridad política, a la que mantienen bajo control desde hace décadas.
Entre tantas formas autoritarias, hay también algunas demandas democráticas. En particular está la percepción de que la política -tal como opera en la Argentina-introduce costos jurídicos y económicos inaceptables para el funcionamiento del sistema. Ello implica una demanda por reformas, aunque todavía no se ve de dónde provendría la oferta (qué coalición política podría sostenerla).


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