4 de julio 2001 - 00:00

La Argentina y las tentaciones autoritarias

Recientemente han proliferado diversas manifestaciones por parte de políticos, dirigentes sindicales, dirigentes de organizaciones empresarias y organizaciones no gubernamentales, que parecen indicar un renacer de la tentación autoritaria en amplios estamentos de nuestra sociedad. ¿Cuáles son los principales indicios de esa demanda por un orden superior, determinado por unos pocos, como «vanguardia» de la sociedad? ¿Cuáles son las tentaciones de nuestros líderes?

I) Gobernar sin el Congreso. Es esta una tentación que se hizo realidad en la Argentina por mucho tiempo, ya que desde los años '30 el país tuvo, con breves interrupciones, gobiernos de corte autoritario. Desde 1983 se inició una etapa con formas democráticas en lo político, pero en los hechos la estabilidad política y económica estuvo ligada a períodos en que se contó con mayoría en el Congreso. Cuando se pierden tales mayorías, aparecen coaliciones frágiles.


Objetivo

Recientemente la administración actual reclamó y obtuvo del Congreso una ley que le otorga poderes especiales por un período limitado. El objetivo de esa norma es eludir la discusión en el Congreso para lograr una aprobación rápida y sin alteraciones de ciertas normas propuestas por el Ejecutivo. Más allá de que se ha hecho un escaso uso de tales poderes a casi tres meses de su aprobación, lo interesante es que ahora el gobernador Ruckauf requiere similares poderes no sólo en el ámbito provincial: un eventual gobierno de unión nacional haría necesario contar con una ley de delegación de poderes.

En suma, tanto la administración actual de la Alianza, como su aliado circunstancial (Acción por la República) y la oposición del PJ reconocerían que no es posible gobernar sin concentrar poderes, como lo requería el «dictador» en tiempos de Roma. En otros términos, la única forma de gobierno en esta aproximación de nuestros políticos es borrar aquella porción del poder que entorpece la acción, es decir el Congreso. ¿No sería mejor pensar en una reforma más profunda de la política en lugar de requerir la suma del poder público cada tantos años?

II) Romper el modelo. Una tentación de muchos que anhelan tener las «manos libres» como en el pasado. En ella coinciden tanto legisladores disidentes de la Alianza como miembros prominentes del PJ. Cambiar el modelo implica en el plano económico limitar el papel de los mercados en la formación de los precios, tarifas y salarios. Las reglas de formación de precios en un mercado libre (la «tiranía» del mercado) son reemplazadas por reglas que escriben los burócratas. Ahora bien, los precios en una economía de mercado son resultado de un proceso de equilibrio general: miles de ecuaciones, en términos matemáticos, intervienen en la determinación de cada precio. El reemplazo del mercado por lo burócratas termina en un fracaso estrepitoso: la economía soviética. Romper el modelo es pues ir hacia un mecanismo discrecional, manejado por brujos que sólo por casualidad acertarán de qué forma determinar precios, salarios y tarifas. Lamentablemente la ignorancia no resuelve los problemas, los agrava.

III) La propiedad es un robo. Una frase bastante repetida hace 200 años. En los últimos tiempos muchos se preguntan por qué pagar las deudas, por qué no aumentar los impuestos sobre la propiedad, por qué no expropiar empresas privatizadas. El respeto al derecho de propiedad y una clara delimitación del mismo son, sin embargo, la condición para que opere un sistema descentralizado de precios, como es una economía de mercado. Con derechos de propiedad mal definidos, el mercado opera en forma ineficiente. Ejemplos de expropiaciones por razones de utilidad pública sobran en la Argentina, tanto en períodos militares como democráticos. Entre estos últimos cabe recordar la violación de cajas de seguridad privadas en los años '60 y las expropiaciones de activos financieros en décadas siguientes, la última de las cuales ocurrió en enero de 1990. En el nombre del pueblo se puede caer en la tentación de reivindicar las tropelías y felonías más atroces.

IV) Es mejor matar al mensajero. Muchos políticos, y en particular los dirigentes de grandes organizaciones empresarias y sindicales, coinciden en señalar que el problema central de la Argentina radica en que se toman en cuenta los diagnósticos y recomendaciones de economistas, en lugar de guiar la política económica por otros métodos y otras profesiones. Pero la introspección no es un buen método para las ciencias de la naturaleza y las ciencias sociales: mejor de vez en cuando mirar un poco los hechos y entenderlos a través de teorías probadas sobre tales fenómenos. Así como para curar una enfermedad es mejor guiarse por médicos, y para construir una casa mejor llamar a un arquitecto, para estudiar matemáticas mejor no consulte con un abogado. La idea de matar al mensajero en lugar de pensar cómo curar la enfermedad que el médico diagnostica ni siquiera es original de estos nuevos pensadores mesiánicos: ya Hitler la implementó en 1933, primero con los economistas. Luego fue con los judíos.

V) El sindicalismo combativo. Una parte de la población y los medios periodísticos tienen una particular admiración por las épicas acciones de sindicalistas y grupos «espontáneos» que cortan rutas, impiden vuelos nacionales o internacionales, queman colectivos y taxis durante los paros generales, etcétera. El foquismo, ese comportamiento típico de grupos marginales, va de la mano del autoritarismo, pues es otra forma del mismo fenómeno: cuando alguien quema vehículos o impide la circulación «en nombre de sus derechos», está simplemente imponiendo un nuevo orden, el orden del terror. La tentación jacobina está entre nosotros. Pero el terror tiene el germen de otros tipos de autoritarismo: después llegó Napoleón.

VI) El sindicalismo rentista. Uno de los mejores ejemplos de conducta autoritaria se da entre los sindicalistas más conservadores. A diferencia de los nuevos sindicalistas combativos, que generalmente se apoyan en posiciones heroicas que los reivindican frente a sus seguidores, los «conservadores» utilizan métodos antidemocráticos pero, eso sí, perfectamente legales para mantener su poder económico y político. Estos émulos de la época soviética deciden huelgas por votación abierta (nunca por votación secreta), son los únicos que pueden negociar convenios ya que detentan el monopolio que consiguieron hace unos 50 años, se oponen como buenos rentistas a la competencia en «su negocio» de la salud y, por supuesto, se mantienen como entes especiales, diferentes de cualquier otra organización civil, ya que su auditor es la autoridad política, a la que mantienen bajo control desde hace décadas.

Entre tantas formas autoritarias, hay también algunas demandas democráticas. En particular está la percepción de que la política -tal como opera en la Argentina-introduce costos jurídicos y económicos inaceptables para el funcionamiento del sistema. Ello implica una demanda por reformas, aunque todavía no se ve de dónde provendría la oferta (qué coalición política podría sostenerla).

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