25 de octubre 2001 - 00:00

La dolarización puede reactivar

Por suerte, el nerviosismo preelectoral, que llevó el riesgo-país hasta 1.900 puntos, y produjo un mini-round de crisis financiera (con caída de depósitos de $ 1,588 millones entre el 4 y el 12 de octubre y caída de reservas de u$s 1,270 millones), ha venido cediendo en estos últimos días: riesgo-país bajando 160 puntos, call a 7%, el futuro del peso frente al dólar bajando de 1,52 a 1,29. Es un importante alivio, mientras se aguardan las nuevas medidas económicas.

Pero este alivio puede ser muy frágil. Veamos qué puede esperarse y qué no, de las medidas que han trascendido:

1) Devolución de impuestos al consumo:
el efecto «blanqueo» está en línea con todas las medidas de «pago a cuenta» del IVA que el gobierno ha encarado; cabe esperar en esto, efectos positivos, pero de mediano plazo. En cuanto al efecto «reactivante», es una variante de la suspendida devolución de impuesto a las ganancias. El problema, es que ante la ausencia de poder financiar déficit, lo que se le «devuelve» a uno, se le «quita» a otro. No sería de extrañar que la misma persona a la que se le devolverán $ 3 de cada $ 100 que gaste, se le saquen $ 1 por impuesto al cheque, $ 1 por menores salarios o cargas de familia, y $ 1, por arancelamiento universitario, o menor aguinaldo, o menor ingreso a su mujer si es maestra (anulación incentivo docente), etc, etc. Con lo cual es poco o nada lo que podría reactivar una medida así.

2) Canjes de deuda:
más que bienvenido todo canje de deuda, en el que puedan usarse garantías que abaraten el costo de la misma. Hasta ahora hay: A) u$s 3.000 millones del FMI, y vagas promesas para engrosar esa cifra (que debe al menos multiplicarse por 3 para que pueda verse algún efecto palpable). B) una negociación con los bancos para que les presten a las provincias a tasas bajas y con capitalización de intereses y c) una negociación para que bancos y especialmente AFJP acepten canjear bonos que rinden más de 20% por otros que rindan menos de 10%, a cambio de «garantías de flujos impositivos».

En el primer caso, es claro que hay un subsidio ya que el FMI presta a 8% o menos, como si la Argentina tuviera 300 bp de riesgopaís y no 1.700 bp, y podemos beneficiarnos plenamente de ello (y de paso, agradecerle el gesto a los plomeros y carpinteros estadounidenses). En el último caso, el valor de una ley argentina, que diga que un flujo de impuestos es para pagar una deuda determinada y no otra cosa, es sumamente relativa. Mañana, con gran facilidad, esa ley puede ser cambiada por otra, que diga que ese flujo debe ser destinado a asegurar el alimento de todos los niños del país, en lugar de estar destinada al pago de una «oprobiosa deuda», tesis sobre la que machacan una y otra vez, Duhalde, Alfonsín, Terragno, Moreau, Carrió, etc, etc. Con lo cual, va a costar sacarle el jugo a esta idea, o estaremos en presencia de un canje forzoso (o default selectivo).

Expectativas negativas

Si ocurriera esto último, y dado que el canje de AFJP involucraría una porción pequeña de la deuda, podrían generar expectativas negativas (denuncias, juicios, etc), anulando los efectos positivos buscados.

3) El problema fiscal. En el mejor de los casos, el Estado lograría ahorrar unos $ 2.000 millones de intereses, con canjes subsidiados (sea por norteamericanos o argentinos) en 2002. El agujero remanente sería de unos $ 8.000 (sólo en la Nación, ya que el compromiso de las provincias con el déficit cero es vago, y sabemos que será financiado en parte con cuasi-moneda, y en parte con más postergación de pago de intereses vía canje de deudas bancarias). Y he aquí un enorme problema. No existe aún, el mínimo consenso necesario en este tema, y las campañas electorales se han basado en un «no al ajuste», cuando es obvio que sin ajustes de gastos, estaremos muy lejos del déficit cero.

Y como viene barajada la mano, cuanto más lejos del déficit cero, más cerca estaremos del default y de las devaluaciones traumáticas. Por ende, cada vez que Duhalde, Terragno, Alfonsín y cía, vociferen por TV su oposición a tal o cual recorte, su voto en contra frente a tal o cual medida que serviría para bajar el déficit, sin proponer a cambio más que vagas invocaciones a lo bueno que sería tener reactivación y lo feo que es la recesión, la sensación de «ingobernabilidad» será más grande. Y se recrearán los miedos, y más se asustará la población (sea miedo de perder el trabajo, de vender menos, de ver licuados sus ahorros, etc.). Con lo cual, a la vuelta de la esquina, pueden ocurrir nuevas corridas financieras y bancarias, que sabido es, son letalmente recesivas, infinitamente más recesivas que cualquier medida de ajuste fiscal.

En este penoso marco, en el cual las probabilidades de «éxito» de las políticas oficiales son bastante bajas, se necesitaría pensar en un plan «B». Entre estos planes B, el mejor (a mi juicio), es el de
«dolarización bilateral». Es decir, no una dolarizacion unilateral (con alto riesgo de hiperinflación en el camino), sino una dolarización acordada con los EE.UU. (el momento político en los EE.UU. es bastante más favorable que un par de años atrás), que permita «descontar» los flujos del señoreaje (intereses por las reservas depositadas en el exterior), y contar entonces con unos u$s 12.000 millones «frescos».

Esto sí sería verdaderamente reactivante (sea para prestar a las empresas, para canjes de deuda importantes, etc). Una dolarización que permita eliminar el altísimo riesgo cambiario que se ha instalado en los últimos meses en la Argentina, de modo que quien invierta o consuma en este país, no deba considerar si 1 dólar valdrá 1 peso, 2 o 3 en un futuro más o menos cercano. Esto también sería hoy verdaderamente reactivante.

Plan B

Sin considerar los préstamos del FMI y de los bancos internacionales (repos), las reservas totales del sistema financiero cayeron u$s 16.325 millones de marzo a la fecha. Esperaría que antes de que se pierdan muchos dólares más (y que de hecho el señoreaje desapareciera), el gobierno considere seriamente a la «dolarización bilateral» como un posible plan B. Antes también, de que otros planes B finalmente nos pudieran llevar a traumáticas devaluaciones (y finalmente también a desordenadas dolarizaciones) y a «punciones», que perjudicarían a la mayoría de los argentinos, y que sólo beneficiarán a los que quieren que la Argentina sea un país siempre «potencialmente» rico, pero «realmente» enfermo y empobrecido, sólo apto para inversores demasiado audaces, aventureros, malandras, o especuladores de toda laya.

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