Máximo Gorki, entre místico y político

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(25/04/2001) No es habitual que una obra de Máximo Gorki (1868-1936) integre la cartelera porteña. Es por eso que el reciente estreno de «Los pequeños burgueses» en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín, con dirección de Laura Yusem, es una buena oportunidad para conocer a un autor que indagó a fondo en las miserias y contradicciones del alma humana.
A pesar de que la figura de
Gorki quedó ligada a los principios de la Revolución rusa (fue el único escritor soviético que abarcó con exhaustividad todo el período pre y posrevolucionario), su obra dramática tiene por sustento una marcada obsesión por el sentido de la vida.

«No por nada es considerado el gran discí-pulo de Chejov», apunta Laura Yusem. Ya es la segunda vez que el Teatro San Martín la convoca para dirigir una obra de Gorki; en 1985 tuvo a su cargo la puesta de «Veraneantes». En relación con eso, la directora destaca la esmerada labor de los teatros oficiales que se ocupan de difundir a aquellos autores que, pese a su estatura de clásicos, han sido injustamente olvidados.

Su versión de «Los pequeños burgueses», una obra que pronto cumplirá cien años (se estrenó en el año 1902) fue adaptada por Mauricio Kartun. Cuenta con escenografía y vestuario de Graciela Galán y diseño de luces de Marcelo Cuervo. Su elenco está integrado por Osvaldo Santoro, Alberto Segado, Gabriela Toscano, Rita Cortese, Alicia Zanca, Horacio Roca, Andrea Garrote,Ana Yovino, Claudio Quinteros y otros.

Periodista: ¿Qué opinión le merece Gorki? Laura Yusem: Es un autor apasionante por su nobleza y belleza de alma y también por la pasión con que se expresa. Hizo mucho por la gente tanto a través de sus escritos como de su tarea política. Con Stalin tenía una relación muy complicada porque Gorki fue muy crítico con el partido desde temprano. En cambio amaba a Lenin, aunque también tuvieron algunos roces debido a las inclinaciones místicas de Gorki de las que nunca pudo desprenderse. El pertenecía a un movimiento que se llamaba «Los edificadores de Dios» y eso a Lenin le parecía una desviación insoportable. Pero como Gorki era muy famoso internacionalmente, Lenin lo enviaba al exterior de tanto en tanto a curar su salud (sufría de tuberculosis) y a realizar tareas de propaganda revolucionaria.

Alma rusa

P.: ¿Y algo de esta propaganda no se infiltra en sus obras teatrales?

L.Y.: No, para nada. En «Los pequeños burgueses» uno se encuentra de lleno con el alma rusa. Lo que en realidad cuenta la obra es la disolución de una familia. El padre es un dirigente sindical con aspiraciones políticas que ha hecho su dinero con eso. El defiende una serie de valores relacionados con la posición económica, los estudios universitarios y el casamiento, que sus hijos no aceptan pero frente a los cuales no encuentran otra alternativa. Hay un fuerte cruce de pasiones y de ideas, como en toda familia.

P.: Usted comparó a Gorki con Chejov.

L.Y.:
Sí, Gorki fue su discípulo absoluto y además eran amiguísimos. Todo se lo corregía Chejov y fue él quien lo acercó al Teatro de Arte de Moscú para que Stanislavski estrenara su obra. Entre ellos sólo existía una diferencia ideológica: Chejov era un escéptico y Gorki un bolchevique. Pero ambos tenían la misma delicadeza de espíritu. Chejov dijo de Gorki que tal vez su obra fuera olvidada algún día, pero nunca su persona y yo estoy de acuerdo con eso.

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