Debatir sobre sí 2020 será la última posibilidad de la Argentina de retomar el sendero del desarrollo económico con inclusión es verdaderamente desafiante porque, en realidad, los avances seguidos de retrocesos en materia económica han sido la regla, pudiéndose interpretar como voluntarista la idea de romper con semejante péndulo histórico. No obstante, esta nueva oportunidad tiene algunas particularidades.
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El debate es cómo volver a crecer
El camino a optar debe ser el de la industrialización y el desarrollo económico con inclusión.
Alberto Fernández y Matías Kulfas, ministro de Desarrollo Productivo.
Primero, venimos de los 4 peores años de gestión económica de la democracia, así que sabemos qué no hay que hacer para estabilizar la economía y crecer. Segundo, y queda todavía relativamente cerca en la memoria, una gestión económica que, con sus aciertos y errores, terminó siendo el período de mayor crecimiento económico de las últimas décadas. Por lo tanto, si queremos volver a crecer y que ese crecimiento sea persistente, tenemos que volver a priorizar esas grandes líneas de acciones de la anterior gestión peronista, intentando minimizar sus errores, muchos de ellos no forzados. En este marco, debemos reconocer y consensuar -evidencias empíricas sobran- que la Argentina crece si se despliega su mercado interno y que los demás componentes de la demanda agregada podrán acompañar, pero nunca liderar el crecimiento económico.
Luego debemos especificar y consensuar -donde también sobran evidencias- la causa fundamental de nuestras crisis cíclicas: la restricción externa. En efecto, los procesos se crecimiento se estancan cuando nos acercamos peligrosamente a la restricción externa (por ejemplo, en 2012), es decir, cuando estamos por chocarnos con una crisis de balance de pagos. No hacer nada o creer que se puede resolver mágicamente, o que el mundo nos va a ayudar o quemar reservas, es lo que siempre hicimos, y así nos fue. Por lo tanto, focalizar sobre otros desbalances como el déficit fiscal o la inflación, sobre la base de desafiar la restricción externa, termina empeorando todo: las cuentas fiscales, la inflación y la deuda externa; y Macri lo hizo.
Una aclaración importante: priorizar la falta de divisas como punto de ruptura no implica soslayar lo fiscal o el aumento de precios, como se ha hechos muchas veces. Por lo tanto, si entendemos este funcionamiento de la economía argentina y, además, le sumamos elementos tales como la conformación de un Consejo Económico y Social donde no solo se diriman las controversias sectoriales de corto plazo y se acuerden los principales precios de la economía, sino que también se discuta el modelo de país de largo plazo, el voluntarismo inicial se empieza a convertir en optimismo y abre la puerta a confiar en que se pueden cerrar años de marchas y contramarchas.
Pero previamente nos tenemos que definir: o construimos un país para los 45 millones de argentinos y argentinas o nos quedamos con otro donde una parte viva bien a costa de la mayoría, bajo la promesa de un efecto derrame o “segundo semestre” que nunca llega.
Si optamos por el primero, debemos comenzar un proceso de reindustrialización persistente, y donde toda la política económica esté enmarcada en alcanzar esa meta. Por ejemplo, no podría pasar nuevamente que cualquier gobierno, de aquí en más, quiera atacar el problema inflacionario a partir de abrir indiscriminadamente la economía y destruir nuestro entramado industrial. Tampoco se apunta a reeditar en plena globalización un esquema de sobre protección de todos los sectores industriales como si estuviéramos viviendo en el período de posguerra.
La Argentina es uno de los pocos países en el mundo que tienen una industria con fuertes encadenamientos productivos, sectores de alta y media complejidad tecnológica y una memoria industrial de más de 100 años. Si llegamos a estos acuerdos, tenemos que levantar la mirada y observar el mundo y ahí, siguen y seguirán las malas noticias. Los últimos informes del FMI, la OCDE y CEPAL dan cuenta de que, cabalgando sobre un clima creciente de tensión comercial, el crecimiento mundial caerá este año y no repuntará en 2020. Por el lado del comercio mundial, este año el crecimiento será muy bajo y se mantendrá así en 2020.
Estamos en presencia del nivel más bajo del siglo, si descartamos la crisis de 2009. Por lo tanto, son bajas las expectativas de un crecimiento fuerte de nuestras exportaciones en el corto plazo. Por tal motivo, para evitar a la madre de todas las crisis -la restricción externa- será imprescindible, además de promover exportaciones en un mundo hostil, una administración inteligente del comercio exterior, aplicando todas las herramientas comerciales que son utilizadas ampliamente por nuestros principales socios comerciales -en particular las previstas por la OMC-.
Esta política de Estado, sumada a otras que apuntalen al mercado interno y el financiamiento productivo, darán el marco de previsibilidad a largo plazo para que puedan desplegarse las inversiones necesarias -principalmente argentinas- y retomar así un definitivo camino hacia la industrialización y el desarrollo económico con inclusión.


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