Animarse a predicciones en un país como el nuestro es algo más propio de la astrología que de un pensamiento que pretenda basarse, aunque sea en parte, en postulados sostenidos por fundamentos de las ciencias políticas, económicas y de la conducta humana.
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- anuario 2019
La única certeza absoluta en Argentina es la falta de certezas
Alberto Fernández y Mauricio Macri.
Me permitiré ensayar algunas ideas girando alrededor de los tres componentes enunciados: la política, que tiene lugar protagónico como ámbito de la negociación entre partes; la economía, porque la profundidad de la crisis no da lugar a ensayos que no muestren algunos resultados en el corto y mediano plazo; y la conducta humana, porque cualquier proyección de la política y la economía que no tenga en cuenta las variables culturales, llámese idiosincrasia del ser argentino, está llamada a fracasar.
El campo de la política nos está mostrando, para sorpresa de muchos, que los ejemplos de ayer en cuanto a estabilidad regional, implosionaron sin encontrar todavía salidas y que salvo Uruguay, que mantiene una calidad institucional inalterable, el resto está siendo campo arrasado por derecha o por izquierda. La Argentina también aparece sosteniendo sus instituciones desde el 83 a esta parte sorteando crisis y megacrisis, hiperinflaciones, defaults y “que se vayan todos”.
O sea que, “a pesar de…”, se vienen utilizando los instrumentos de recambio y salida que da el propio sistema democrático, lo que no es poco decir habiendo pasado por saqueos, helicópteros e incautaciones de ahorros, desocupación de dos cifras e inflación de tres.
De la economía podemos decir que quienes no somos especialistas en la materia, venimos siendo bombardeados con propuestas que van desde melancólicas apelaciones al regreso del Estado de bienestar que alguna vez tuvimos, planes de desarrollo motorizado por un Estado fuerte y presente que naufragan en la puja intersectorial y de allí pasamos al discurso y la acción de quienes demonizan al Estado como culpable de todos los males proponiendo ortodoxias liberales que ajustan hasta que el descontento social las hacen inviables y vuelta a recomenzar. Los gurúes de uno y otro bando con sus representantes mediáticos se alternan en señalar las causales del fracaso en lo que ellos no tuvieron tiempo de hacer y que los otros por supuesto hicieron mal.
Por años soñamos con la posibilidad de alternancias en la representación que veíamos transcurrir prolijamente en otras latitudes, con un bipartidismo civilizado, con poder ser algunos de esos países donde sus indicadores de progreso, desarrollo económico y bienestar se mantienen positivos o por lo menos estables, no importa quien esté gobernando.
Hoy nuestro sistema democrático ha encontrado al fin la posibilidad de desarrollar la alternancia, también se está conformando un “bipartidismo a la argentina” que en razón de la crisis que en su propia identidad tienen los partidos, funciona como dos conglomerados de coaliciones con propuestas diferenciadas, las cuales por su propia diversidad de composición es difícil encasillarlas en ismos antitéticos que durante años definieron los posicionamientos políticos como fueron derecha/izquierda o conservadurismo/liberalismo.
De todas maneras, no debe extrañarnos esa imposibilidad de dar un marco contextual preciso cuando en el mundo las referencias también están en crisis, el imperio liberal se tornó proteccionista y populista, y los países comunistas lo siguen siendo en lo político, pero se transformaron en la panacea para la inversión de capitales asegurando sociedades sin conflictos porque, pequeño detalle, no tienen que lidiar con oposición ni sindicalismo.
En ese contexto entonces es que debemos imaginar cómo puede ser la Argentina que viene, estando a punto de dar inicio a un nuevo gobierno donde tenemos que tener en cuenta la idiosincrasia que mencionábamos al principio para dar alguna respuesta a por qué sucede que estando peor que en otros momentos de nuestra historia, con indicadores más negativos que los de otros países de la región, venimos transcurriendo una transición pacífica con expectativas y esperanza.
Una manera de ver lo que nos viene sucediendo desde el mismo nacimiento de la nación como tal, es analizando las crisis periódicas que marcan nuestra evolución, crisis que a lo largo del siglo pasado se manifestaban con la interrupción de los ciclos democráticos por golpes militares motorizados por sectores civiles de poder. En ese marco surgieron las expresiones populares que se hicieron mayoritarias, primero expresadas por el Radicalismo y luego por el Justicialismo.
En el siglo XX de las grandes guerras y la posterior guerra fría, de la permanente confrontación entre comunismo y capitalismo, en el siglo que presenció el nacimiento apogeo y caída de las expresiones nazi fascistas del eje, Argentina fue “no alineada”, “tercera posición”, “ni yanquis ni marxistas”.
Previo a eso y remontándonos otro siglo atrás registramos lo que los revisionistas rescatan en esa línea “nacional y popular” de Rosas, Yrigoyen y Perón al brigadier que siendo estanciero bonaerense enarbola paradójicamente la bandera federal, se instala por veinte años en el poder de la Argentina naciente y como contraposición años más tarde alguien surgido del interior profundo como Sarmiento se erige en representante de la europeización y norteamericanización del país. Quedan así establecidas las primeras grietas históricas entre unitarios y federales, simbolizadas por la “civilización o barbarie” por un lado y la “santa federación que llamaba a la muerte de los salvajes unitarios” por el otro.
De esa Argentina confusa, tercerista y bipolar venimos, y lo cierto es que a cada etapa de crisis le sucedió el renacimiento de la esperanza.
La Argentina que viene tiene poco margen para la decepción, el mundo actual explota cada vez más rápida y fácilmente en la medida que las mechas que se encienden contagian inmediatamente ayudadas en su combustión por la vorágine del tiempo real en que vivimos los sucesos a lo largo de todo el mundo. La esperanza está en que hayamos alcanzado la madurez y la resiliencia suficientes como para anticipar, prevenir y amortiguar las explosiones y que sean los canales democráticos del diálogo y el respeto los que prevalezcan. La política es protagonista una vez más.
Ministro de Gobierno de Río Negro

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