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"Diosas", un tributo a la belleza del consumo
Las «diosas» de nuestra era, hieráticas y serializadas a fuerza de colágeno y bisturí, en la mirada de Di Girolamo.
El término, «Diosas» no está utilizado de modo inocente o, al menos, no es un mero apelativo de este ejército de mujercitas bellas, sino que marca el abismo que se abre entre el mundo «sagrado» de los dioses y el mundo «profano» de los demás mortales. Lo sagrado, en esta muestra, está dado por la delgadez extrema de los cuerpos perfectos, entre otros atributos estéticos que se contraponen a lo profano, a los cuerpos y rostros que, siendo incluso naturalmente bellos, no se encuadran dentro del riguroso prototipo de las deidades.
Di Girolamo modela sus divinidades sin afanes críticos, pero tampoco parece ser un devoto que cae rendido a sus pies. Su intención se puede interpretar como la de un artista que, como lo han hecho los hombres desde la prehistoria, deja un testimonio de los dioses que habitan el tiempo que le toca vivir.
El desfile de ropa íntima que reúne estas esculturas hiperrealistas de masilla epoxi en el fondo de la sala, entre globos multicolores y bajo las luces restallantes de los spots, es el magnífico templo que glorifica las diosas de nuestra era, hieráticas y serializadas a fuerza de colágeno y bisturí. El espectáculo, dada la breve estatura de las modelos que parecen muñecas, tiene las características de un juego, aunque acentúa la distancia que menciona el artista en el texto del catálogo, cuando dice: «Las diosas están allí, jugando su rol. Los mortales aquí, esperando ser tocados».
También en Ruth Benzacar, el uruguayo Martín Sastre muestra un video de 18 minutos, «Fiebre Forever», donde parodia a Isabel Sarli en «Fiebre» y, a su modo, le rinde un homenaje. La estética del video, al igual que la del film original, podría encuadrarse -siempre siguiendo a Eco-, en «la belleza de la provocación», afín a algunos de los movimientos de las vanguardias del siglo XX. Picasso aseguraba que la opulenta belleza de la Venus de Willendorf, una pequeña estatuilla del Paleolítico con sus pechos prominentes encontrada en el valle del Danubio en 1908, superaba la belleza de la Venus de Milo.
Más allá de las palabras provocativas del artista, lo cierto es que las mujeres de Picasso inspiradas en las esculturas africanas, violan todas las leyes de la plástica conocidas hasta entonces e inducen a mirar el mundo de un modo diferente. Eco observa que bajo el signo de las vanguardias se desarrollan «ceremonias de sabor ritual, cuya finalidad no es la contemplación de algo bello, sino una experiencia casi religiosa (aunque de una religiosidad primitiva y carnal) de la que los dioses están ausentes».
Nadie puede asegurar que «Fiebre» sea una obra de arte, pero Sastre trabaja en el campo artístico cada vez más expandido, que se fusiona con los medios masivos de alta receptividad. Así rescata el grotesco de Sarli, que hoy sólo suscita nostalgia, y la caricaturiza a través de Alaska, actriz que emula su erotismo acompañada por Nacho Vidal, un profesional del cine pornográfico.
A pesar de la evidentes diferencias sobre los ideales de «belleza» y de las aspiraciones «sagradas» de Di Girolamo y «profanas» de Sastre, su arte tiene mucho en común, proviene de la entronización de lo trivial que comienza con el dadaísmo, se continúa en el arte pop y deriva en la vertiente del Neo Pop, representado en ambas exhibiciones.


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