Para pensar el futuro conviene hacer memoria. Maltrecho, 2018 terminó en una encerrona. Wall Street se derrumbó el 20%, sobre el filo del mercado bear, estrujado por la doble tenaza de la agonía de la guerra comercial entre EE.UU. y China, y la cuarta suba de tasas de interés que propinó la Fed a lo largo de dicho año. ¿Fin de ciclo? Así parecía, y no sin razón. Se sabe, la Bolsa anticipa. Y ahora que se agota 2019, la OCDE y el FMI, ambos, coinciden que culmina el peor ejercicio de la economía de los últimos diez años; esto es, desde la Gran Crisis Financiera. El comercio internacional -su volumen real- cayó un 1,5% entre junio y agosto (en comparación con igual período de 2018), su desempeño más pobre desde la recesión global de 2008/2009. ¿Y las Bolsas? Quién lo diría: brillan en un nuevo apogeo. Cambiaron de dial. Wall Street lidera. El mundo acompaña con gusto. Al momento de escribir estas líneas el emblemático S&P 500 trepó un 25% (desde fin del año pasado). Los tres índices principales -junto con el Dow Jones Industrial y el Nasdaq- establecieron récords históricos flamantes, y la seguidilla no para. Adiós a las dudas: el mercado bull está intacto. No le pesa la edad (en marzo próximo cumplirá 11 años), sí le pesaría malograr la oportunidad de empalmar la suba con los rallies estacionales de Navidad y de enero.
Hay que prenderle una vela a la distensión de la puja comercial entre EE.UU. y China y, si no es pedir demasiado, a la firma de un acuerdo modesto que zanje diferencias y evite los exabruptos arancelarios (y sus represalias), tan dañinos para los animal spirits. En fin, nadie sueña con la paz definitiva. El mundo no tiene marcha atrás y la confrontación estratégica entre las dos potencias llegó para quedarse. No obstante, un cese de hostilidades servirá como buen salvoconducto. Sin eliminar la incertidumbre, la experiencia reciente nos dice que hará posible que vuelva a crecer el césped.
¿Qué anticipa la bonanza sincronizada de las Bolsas? ¿Qué nos deparará 2020? ¿Podemos confiar en su instinto? ¿O deberíamos considerar el pesimismo que irradian los bonos con sus tasas de interés por el suelo, cuando no por debajo de cero (fuera del área del dólar)? Las acciones anticipan, pero los bonos también. Y, a simple vista, parecería que se contradicen sin ponerse de acuerdo. Wall Street descontó la malaria económica como un bache del camino, que se recuperará con creces el año próximo. Su trayectoria en forma de ve corta no es casual. Ya se dijo: merodeó el umbral del mercado bajista cuando la Fed escaló las tasas por cortas por última vez en la primera quincena de diciembre de 2018, y rebotó con fuerzas, trascartón, en la quincena siguiente, cuando Jerome Powell dio la faena por cumplida. La tregua de Buenos Aires, urdida por Trump y Xi en la Cumbre del G-20 en Argentina, que duraría muy poco, sirvió de benigno telón de fondo (como se aprecia, el truco se repite). Más adelante se hizo necesaria una Fed activa. Cruciales, los tres recortes de tasa que disparó entre julio y octubre trajeron la inyección de vigor que hoy signa el ánimo festivo. ¿Y los bonos del Tesoro? No hay mejor predictor de una recesión a cuatro trimestres vista que la curva de sus rendimientos. Y las tasas largas se derrumbaron como si no hubiera un futuro decente. La inversión de la curva, palpable durante largos meses, fue una señal ominosa, en las antípodas del fervor de la Bolsa. ¿Cómo saber que no nos acecha una emboscada, que la recesión que creemos evitar no espera puntual el año próximo? Primero, nadie tiene la bola de cristal. Segundo y principal, no es lo que los modelos probit -construidos a partir de la evidencia que arroja la curva- predicen. Que el peligro existe, existe. Cedió pero permanece. Si en agosto las chances asociadas a una recesión (a un año) en los EE.UU. eran del 44% -una moneda al aire- declinaron al 31% en octubre. No es un percance a descartar (menos en una realidad tan preñada de imponderables), pero tampoco asoma como el escenario favorito. Allí se perfila una economía creciendo a una velocidad levemente por encima de 2%. La expansión -que ya es la más larga de la historia estadounidense- se abre paso como el horizonte más probable y, a esta altura, su concreción no requiere anabólicos extra. El mundo que camina rezagado, y más enclenque, todavía tiene el respirador activo de más de dos docenas de bancos centrales en modo de estímulo, como para equiparse hacia mediados de 2020. El secreto para los mercados financieros será extender la duración del ciclo, no se precisa mucho más. Con un año electoral, y la suerte de Trump en el medio, no faltará adrenalina. Y si alguien piensa que las Trumponomics han sido el peligro mayor hasta ahora, y está en lo cierto, que espere a ver cómo cotiza Elizabeth Warren. Eso sí, la valuación de las acciones se salió de escuadra, notablemente exagerada. Un desempeño bursátil más austero es de esperar, aunque la economía y las utilidades se recuperen, so pena de inflar una burbuja.
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