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El arte animado de Jesús Soto
La sutil «Esfera» de Jesús Rafael Soto, realizada con hilos de nylon.
Desde los inicios del siglo XX, las vanguardias demostraron su fascinación por los principios del cine, que en el año 1923 encuentran su más acertada expresión en las palabras del cineasta ruso Dziga Vertov: «Soy un ojo. Un ojo mecánico. Yo la máquina, os muestro un mundo del único modo que puedo verlo. Me libero hoy para siempre de la inmovilidad humana. Estoy en constante movimiento. Me aproximo a los objetos y me alejo de ellos. Repto bajo ellos. Me mantengo a la altura de un caballo que corre. Caigo y me levanto con los cuerpos que caen y se levantan. Esta soy yo, la máquina, que maniobra con movimientos caóticos, que registra un movimiento tras otro en las combinaciones más complejas. Libre de las fronteras del tiempo y el espacio, coordino cualesquiera y todos los puntos del universo, allí donde yo quiera que estén. Mi camino lleva a la creación de una nueva percepción del mundo. Por eso explico de un modo nuevo el mundo desconocido para vosotros».
Los futuristas realizaron los primeros escarceos para acercarse al movimiento, con planos fragmentados al estilo de las fotografías tomadas en secuencia rápida, recurso que utiliza Soto al reiterar una forma geométrica en la tela para imprimir un ritmo dinámico en toda la serie. El ritmo es la clave de Soto que, para lograrlo, incorpora conscientemente el desplazamiento del espectador como hipótesis de recepción. Es decir, el ojo del espectador se mueve y la pintura está quieta, pero parece latir, creando un efecto hipnótico. Claro, siempre y cuando el espectador trabaje, la observe, se desplace e interactúe con ella.
Trabajando con materiales novedosos como los hilos de nylon, compone una esfera roja que parece flotar en el espacio, y con el plexiglás, procura efectos ópticos al superponer láminas en planos diferentes para configurar un nuevo espacio, que también parece moverse.
Pero la muestra de Proa comienza con «Penetrable azul», un inmenso objeto emplazado en la calle que establece una íntima relación entre el arte y la arquitectura, una obra que realmente se mueve. De la parte superior de este gran cubo «penetrable» penden cintas azules que se balancean con el viento y al ser recorrido por el espectador. Según el minimalista Donald Judd, los objetos se tornan así menos «autoimportantes», son el dispositivo para establecer una perfecta relación triangular entre la obra, el espacio y el espectador. Al igual las «máquinas célibes» de Duchamp, la gracia de la obra de Soto reside en su inutilidad, su insensatez, en el derroche poético de energía.


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