21 de enero 2005 - 00:00

Gino Bogani: «El Renacimiento esta en todas mis obras y mis viajes»

En Venecia, Bogani vive el Renacimiento. Disfruta de los carnavales y de sus calles. Fue amigo de Peggy Guggenheim, en cuyo palacio, hoy museo, asistió a inolvidables fiestas.
En Venecia, Bogani vive el Renacimiento. Disfruta de los carnavales y de sus calles. Fue amigo de Peggy Guggenheim, en cuyo palacio, hoy museo, asistió a inolvidables fiestas.
Su amiga Peggy Guggenheim, la norteamericana que adoraba a los intelectuales y pobló su palazzo Venier di Leoni de obras de arte, lo contaba entre los asistentes a sus fiestas. «Peggy era vanguardista, de una alegría y un espíritu increíbles. No tenía términos medios: le caías bien o no».

La otra ciudad italiana donde el diseñador disfruta del Renacimiento es Florencia. En la ciudad de los palacios de ventanas chicas, vivió los cinco primeros años de su vida. Se crió cerca de la Piazza della Signoria y del Perseo de Benvenutto Cellini.

La princesa Giorgia Corsini tiene allí su palazzo, frente al río Arno, un lugar dedicado al arte donde sólo se permite contemplar las obras de mañana porque es el único momento del día en el que se pueden ver con luz natural.

Giorgia organizó un memorable viaje a Egipto en 1983, del que participó Bogani. Eran 29 personas que alquilaron un crucero para una travesía por el Nilo. Desayunaban a las 4 para evitar el calor. Fueron 14 días intensos. Una noche se organizó una fiesta donde los tripulantes improvisaron una orquesta, con muchos instrumentos de percusión. Gino se hizo una túnica con un espléndido algodón egipcio y provisto de un bastón ensayó una coreografía. Creyó que su actuación duraría minutos, pero se sumaron las palmas de los embarcados que comenzaron a bailar en la pista. No lo dejaron bajar del escenario. Cuando finalizó el número, a la mejor tradición egipcia, que no permite despreciar a quien trabajó y pide una limosna, Bogani extendió su mano y dijo «bashí». El dueño del barco no tenía dinero y le dio un Dupont de oro, para su asombro. Siguió pidiendo y los pasajeros le dieron alrededor de cien dólares. Devolvió el Dupont y repartió los billetes entre la orquesta. El dueño lo increpó porque era una cantidad de dinero exagerada para esa gente de magro salario. Al día siguiente, los compañeros de viaje instaban a Gino a que pidiera los cafés o las bebidas, porque la tripulación lo atendía mejor que a ninguno.

La historia de Bogani con Florencia comenzó en noviembre de 1942: fue el destino de su primer viaje. Tenía sólo 35 días de vida y su padre, Francesco Bogani, un oficial del ejército italiano, decidió que Trípoli, la capital de Libia, Africa, no era el mejor lugar para que estuviera con Alma, su madre. Gino nació en Trípoli mientras arreciaban los bombardeos. Las idas de Alma a los refugios con Gino bebé, envuelto en frazadas, eran frecuentes. Francesco decidió que su esposa e hijo viajaran en un avión militar a Florencia. Estuvieron allí hasta 1947. La Italia derrotada no era un buen lugar para vivir y viajaron a la Argentina. En 1958 abrieron una boutique en Mar del Plata. El buen gusto de Gino le hacía rechazar muchas de las blusas de seda que confeccionaban otras modistas. «¿Por qué no las hacés vos?», le aconsejó su madre. Bogani se decidió a crear su primera blusa desde un pañuelo de seda de 90 por 90 centímetros. «Corté una, corté dos, corté cien», y no sólo aprendió la profesión, sino que «la entendí», y que es la condición necesaria para ser un creador. Gino es autodidacto, todo lo aprendió por las horas de trabajo.

El diseñador considera que una de sus virtudes es escuchar a los clientes. Fue así cómo en los '60 Bogani provocó una explosión de colores en Buenos Aires al trabajar con telas estampadas.
Para ser diseñador tuvo que sacrificar su sueño de actor. Pasó sólo una vez por las tablas cuando Zelmar Gueñol le dio un pequeño papel en el «Cyrano de Bergerac» que interpretaron Walter Santana y Nelly Meden. El actor dejó el lugar a un incansable espectador de cine.

Recuerda a Vittorio Gasman. «Un divo, todos los gestos que hacía eran trascendentes.» El cine italiano es uno de sus predilectos y nunca olvidó cuando conoció a Ana Magnani que «me perforó con esos ojos negros y húmedos».

Pero si Italia lo aproxima al Renacimiento, Nueva York lo hace sentir como en su casa. Cada vez que viaja a NY asiste al Metropolitan Museum. Allí recuerda una velada de caridad que organizó Pierre Cardin, donde ambientó la cafetería como su restorán Maxim's, vajilla y mozos incluidos. «En Nueva York termino agotado, me doy cuenta de que es una ciudad donde siempre hay algo que hacer porque todo te interesa.» Gino puede asistir a la Opera o al «flee market» (mercado de pulgas) con la misma ansiedad. Es la ciudad la que lo revitaliza. «Es el único lugar donde vas y hay cambios. En las ciudades de Europa es difícil imaginar edificios tan nuevos y audaces.» La diferencia la entendió con un ejemplo que le dieron en Venecia: hay un hotel, el Bauer Grunwald, con una fachada en mármol claro y letras de bronce, que está al lado de una iglesia de 1400. La fachada rompe con el buen gusto y la antigüedad que lo rodea. Está lejos del estilo veneciano. Pero para la gente del lugar esa fachada del hotel sirve de ejemplo para que no proliferen estas construcciones.

Con España tiene una deuda, le gustaría conocerla más. Quedó atrapado con «el embrujo de Sevilla», cuando asistió a un casamiento con Mirtha Legrand. En otra oportunidad pasó por Madrid a entregarle un vestido a Lola Flores. La cantaora se lo probó al instante y cuando subió el cierre le dijo: «Nadie me ha hecho un vestido como éste; no tengo que hacerle ningún retoque». Gino había utilizado tonos de violetas, que se iban transformando en gamas de rosas, luego naranjas hasta llegar al colorado. Lola Flores actuó vistiendo la prenda en varias ocasiones y más de una vez recordó en el escenario al diseñador.
Como adicto al cine, otro sueño cumplido para Bogani fue vestir a Bibi Andersson, la actriz de las mejores películas de Ingmar Bergman.

Cuando el diseñador decide desconectarse del mundo, viaja a la isla de Capri. Al desembarcar en el muelle esperan los representantes de diferentes hoteles para transportar a sus pasajeros en autos descapotables que permiten ver el paisaje cuando suben la colina. Gino siempre se aloja en el Qui si sana, un edificio que fue hospital antes que hotel.

La Fontelina es uno de los sitios preferidos por Bogani al que baja desde el hotel caminando. «Es una playa con rocas, con verde y un perfume especial.» En el restorán come un pescado Scorfo, que es una exquisitez sólo comparable a los mejillones «datteri» que se consiguen durante algunos meses del año. El regreso al hotel en la colina es una larga travesía porque debe tomar una lancha hasta Marina di Piccoli y después un auto lo deja en la piazzetta. Su otro restorán en Capri es Aurora, donde preparan el mejor pescado a la sal de la isla. Además «hacen una pizza bianca que no tiene ningún condimento, es sólo la masa, riquísima».

Bogani ama el Renacimiento, pero disfruta de la modernidad. Extraña de décadas anteriores «el respeto, la educación y el buen gusto», pero valora las ventajas del siglo XXI que hacen más confortables sus viajes, aunque «cuando llego a mi habitación en Capri, sobre mi cama ya no hay más una carta manucrista y en letra cursiva, ahora la bienvenida la leo en una pantalla de cuarzo líquido».

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