10 de octubre 2008 - 00:00

La aventura es escaparles a los destinos tradicionales (Segunda y última parte)

La aventura es escaparles a los destinos tradicionales (Segunda y última parte)
La cuestión para hacer un viaje extraordinario, según el escritor Ricardo Coler, es partir de una pregunta, de un interrogante, de una curiosidad, de un deseo de conocer, saber y experimentar. Coler, que es médico, periodista, fotógrafo y un destacado narrador viajero, así ha recorrido buena parte del mundo y logrado experiencias dignas de comunicar, muchas de ellas sobrevoladas por el interés científico o el diálogo entre culturas. Se dice que todo viaje fuera del marco habitual en que se vive transforma al que lo hace. El escritor argentino quiso ir más lejos y documentar esa transformación, dentro de la tradición de los grandes escritores viajeros. En diálogo con Ambito del Placer comentó la anécdotas que ofrecemos.

Las pesadillas del castillo

Todo turista que andando por Italia recorra la bellísima Umbria se sentirá tentado de pasar unos días en el fantástico castillo medieval de la Fundación Civitella Ranieri, que está ubicado en un lugar precioso. La Fundación sólo invita a artistas, para que allí avancen en su obra. Es un lugar soñado, pero si es artista no le recomiendo que vaya. Yo fui allí a visitar a la que hoy
es mi mujer, la escritora Esther Cross, que estaba becada, escribiendo su novela «Radiana». Y apenas llegué me contó que allí nadie podía dormir porque todos, todos los días, eran atacados por pesadillas del tipo de las que se ven que ocurren en los castillos en las películas de terror. Yo, que iba como turista, dormí perfectamente bien.

Festejo sagrado

Hay muchos que han descubierto los múltiples encantos de recorrer la India. Quien vaya a Benarés en un momento preciso se encontrará con un festival extraordinario. El Ganges, el río sagrado, es para los hinduistas un dios, y quien se baña allí acorta el ciclo de las reencarnaciones, la agonía de tras cada vida reencarnarse en otro cuerpo. Se cree que cada inmersión en el río sirve para expiar un pecado. Una vez al año los monjes honran al Ganges meditando, haciendo música, cantando y bailando. Usan instrumentos que tienen que ver con el humo, con la percusión, el sonido y lo visual. Es conmovedor vivir la radiación mística que logran, y a cielo abierto.

Hacer centro

Buthan es un reino muy pequeño entre la India y China. Allí todos aman a su rey, que es muy joven, y lo comparan con un actor de Hollywood. En Buthan todos decidieron dejar de fumar, y conservar dos tercios del territorio en estado salvaje. Por la mañana, en la tele un monje proclama las ventajas del budismo sobre el capitalismo y la gente lo acepta porque tiene un buen nivel de vida. Allí el deporte nacional es la arquería. Es interesante ver cómo tiran la flecha desde más de una cuadra de distancia y hacen centro. Y cuando hacen centro cantan y bailan. Dicen que el arte del tiro con arco permite alcanzar la iluminación, el satori, el darse cuenta de que se pertenece al universo.

Terapia azteca

Neuróticos Anónimos es una especie de ONG que hay en varios lugares de México; yo la conocí en Juchitán. Allí la gente descreída del psicoanálisis, las terapias cognitivas y los psiquiatras se reúne a contarse sus problemas. No hay un comandante, alguien con una teoría o una explicación para todo. Es una especie de Alcohólicos Anónimos, pero de neuróticos. Un asistente riendo me dijo: «No sé si me siento mejor porque este tratamien-to es mejor o porque es más barato».

Neomachismo

En Shillong, la India, como los hombres se ven discriminados por la preponderancia de las mujeres (que son las que tienen dinero, herencia, apellido, un papel muy importante en la familia) formaron la Sociedad del Nuevo Corazón, que reivindica los derechos de los hombres frente a las mujeres y en ella buscan organizarse para evitar el maltrato. El padre de esa sociedad me contó que un día su madre se cansó de su padre, hubo un cónclave de tías, y al día siguiente lo echaron y no lo volvió a ver. Al tiempo la madre se volvió a casar, y él se encariñó con su padrastro, pero un día vio llegar las tías a la casa, y al día siguiente aquel hombre desapareció de allí, y él no quiere que eso le pase a él, ni a sus hijos. Y no le gusta que las mujeres le griten, le peguen o lo maltraten. La Sociedad del Nuevo Corazón ha conseguido un fuerte apoyo por parte de la Iglesia Católica, que ha buscado expandirse en la India, y es difícil misionar una religión de Dios Padre en un lugar donde la que manda es la madre.

Hippies go home

Katmandú fue en los 70 la meca de los hippies y algunos aún quedan por allí como restos del pasado, a pesar del odio que provocan en las familias nepalíes. En los 70, los hippies vivían en la «calle de los freaks» donde por centavos podían alquilar un cuarto, y estaban cerca de los templos donde se tiraban a drogarse o a meditar. Hoy en esa calle la policía guarda los carros de asalto. En Katmandú odian a los hippies con razón. El movimiento de amor y paz fue muy serio en sus inicios, pero después para muchos fue sexo, droga, música y viajes. Los Beatles viajaron a la India a hacer meditación trascendental con el gurú Maharishi. Otros fueron a Nepal, a Katmandú, porque allí la droga es libre. Pero los nepalíes además de tener hachís libre, por una cuestión tradicional, tienen otras cosas. Los hippies fueron a drogarse, a vagar, le daban al amor libre todo el tiempo, vivían en situación ruinosa, estaban siempre tirados y duros, y llamaban a los jóvenes nepalíes a sumarse a eso. Cuando las familias de Estados Unidos se encontraron en situaciones dramáticas por sus hijos que se estaban muriendo en Nepal, hubo un movimiento, con apoyo del Congreso, para recuperarlos y reinsertarlos en la sociedad americana. Lo lograron, y hoy muchos son por lo menos CEO de empresas. Pero los nepalíes se quedaron con la ideología de darle a la droga, al sexo y a la vagancia, y sus familias no tienen forma de recuperarlos. Como para que no odien a los hippies...

Trasmutacion

Hay que visitar Hiroshima alguna vez por muchísimas razones; daré apenas algunas. Fue un pueblo arrasado. Allí hay un museo muy importante sobre lo sucedido. La bomba atómica es un suceso denigrante para el género humano. En el museo dicen que esa bomba no tuvo nada que ver con la finalización de la guerra, los alemanes ya se habían rendido y los soldados japoneses estaban diezmados y en tratativas con los soviéticos para firmar la paz. Para los japoneses, esa bomba no es el fin de la Segunda Guerra, sino el comienzo de la Guerra Fría. Dejaron como un símbolo los restos del edificio cerca del cual, a 300 metros de altura, estalló la bomba, el esqueleto de lo que fue el edificio de la Prefectura. A la vez han hecho un Monumento a la Paz, que siempre tiene flores y han reconstruido la ciudad de manera increíble. Hoy es una de las ciudades más pujantes y alegres de todo Japón. La mentalidad japonesa supo alzarse desde las ruinas, construir desde lo destruido y es un lugar ultramoderno que han hecho suyo los jóvenes, que lo llenan de festivales, la mayoría de los cuales parecen vestidos al estilo de los personajes de sus historietas, del manga y el anime.

El ñoqui de Nepal

Yo andaba por Nepal tratando de saber de la diosa Taleju, aquella que se refugió en una niña virgen para no tener relaciones sexuales con el rey, y que me permitía conocer a un dios vivo, o mejor: a una diosa viva. En un templo de la diosa había una enorme campana y un sacerdote, que era la figura más importante del culto, el que al amanecer hacía sonar la campana. Un día, a las cinco de la mañana, logré hablar con él y le pregunté por la diosa. No sabía quién era. Me dijo que él cumplía esas actividades que le habían ordenado, pero no tenía idea por qué. Sabiendo que es un pueblo profundamente religioso le pregunté por qué se hizo sacerdote. La respuesta fue lapidaria: «Porque mi hermano trabaja en la municipalidad y me dio el puesto». A partir de eso me divertía viendo la cara de los alemanes que creían que habían llegado al centro de la energía del mundo y a aquel ejecutivo neoyorquino que cuando vio al sacerdote se arrojó a sus pies.

Las fotos de esta página y de la Tapa pertenecen a Ricardo Coler. Textos registrados por Máximo Soto.