Los dioses del candomblé tienen sus cuartos en un exclusivo hotel

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Fue al abrir la puerta de la habitación de Xangó, el dios yoruba de la justicia, dueño del trueno, cuando sentí unas ganas endiabladas de bailar. Lógico, dirán los entendidos en cromoterapia. El rojo que estalla en este cuarto y se extiende por paredes y colchas es un poderoso energético, el color de la acción. Prefiero pensar que es un guiño de Xangó, hedonista y juerguista, lo que me lleva sambando hasta el balcón con vista a la plaza San Francisco, la entrada al Pelourinho, el corazón barroco de Salvador de Bahia.

Esto de instalarse en un cuarto con nombre de dios influye. Dicen las «madres» y «padres de santo» (autoridades en el culto afrobahiano del candomblé) que la mente de cada cual está dominada por uno o varios de los 21 orixás (divinidades). La gente que pertenece a Yemanjá, la diosa del mar, es inestable, irritable, solitaria y maternal. Los de Naná, la abuela de todos los dioses, parecen viejos prematuros, son taciturnos, cerrados, vengativos y trabajadores. Oxossi, el cazador, domina a la gente ágil, nerviosa, curiosa, inestable en sus afectos. Cada orixá gusta de un color y por eso la posada les rinde honor decorando cada una de sus siete habitaciones con sus tonos preferidos.

De paso, sería un detalle ofrendarles por la mañana una porción de su alimento predilecto -que lo tienen-, pero las amables bahianas del Solar ya hacen bastante con preparar un desayuno para cada huésped y, además, llevárselo a la cama, en este bonito edificio rústico con suelos de madera. Consiguen que el cliente se sienta como otro dios.

Apoyada en la baranda del balcón, saboreando un zumo de papaya, contemplo el alma negra de este barrio pasional, supersticioso, creativo, descarado, impulsivo, generoso, deslumbrante, agotador. Provocadoramente vivo. Me pregunto si los técnicos de la Unesco, al declararlo Patrimonio de la Humanidad en 1985, estuvieron tentados de añadir: patrimonio, su humanidad.

El escritor Jorge Amado (1912-2001) atrapó en sus libros la esencia de Salvador, dejando que corrieran por sus páginas los capitanes de la arena, pandillas de chicos que bajan a las playas a buscarse la vida. Los mismos que hoy bailan capoeira o refrescan los pies de los bañistas con una regadera, o se lanzan al agua trazando en el aire tirabuzones vertiginosos.

Como en los escritos de Amado, las negras bahianas perfuman el Pelourinho con el olor del mingau (leche caliente con coco y canela), aceite de palma y bolinhos de acarajé (alubias). Las mujeres de bum bum (trasero) colosal huelen a clavo y canela, y los artistas las capturan en cuadros expuestos en las aceras, mostrándolas desnudas de espalda para abajo. De las ventanas se escapa el sonido del berimbao y los timbales. La música desciende por las fachadas multicolores -el toque naïf del barrio-, pasa entre las gentes de carcajada fácil, se enreda en las trencitas que los bahianos tejen en los cabellos de los turistas; rebota en las botellas de cachaza colocadas en las esquinas, para que Exú -el orixá travieso, dueño de los caminos y encrucijadas, el Diablo, según el sincretismo- esté contento.

Los martes, las crías del grupo Didá hacen tronar sus tambores nocturnos por las callejuelas (llamadas «corazón de negro», en los tiempos en que los esclavos pavimentaron el casco histórico de Salvador), como si convocaran a las fuerzas ancestrales que dejaron su sangre en las piedras del Pelou-rinho.

La ciudad recibió la mayor cantidad de africanos embarcados por los negreros hacia el Nuevo Mundo. Fundada en 1549 por el portugués Tomé de Souza para ser capital de Brasil (en 1763 tomó el relevo Rio), se mantuvo como la mayor urbe del país hasta 1890, con sólo 200.000 personas. Hoy, 83% de sus tres millones de habitantes descienden de Angola, Mozambique y la Costa de los Esclavos, sobre todo de Benín y Nigeria. Las culturas yorubá y bantú son las que más influyen en el imaginario bahiano, donde la palabra pelou-rinho sobrevive como un símbolo. Fue en el pelourinho -en un tronco de madera o picota- donde la minoría blanca ató a miles de esclavos para torturarlos con el látigo, mientras la ciudad crecía gracias a sus trabajos forzados.

Con el dinero de las cosechas de la caña de azúcar y el oro de las minas se levantaron, entre 1600 y 1870, unos 20 mil edificios. Muchas de las iglesias y casas señoriales de lo que se considera el mejor conjunto barroco de Sudamérica se construyeron con piedras y azulejos traídos de Portugal. La iglesia de San Francisco, la más rica de Brasil, acumula 800 kilos de oro de 18 kilates. Es la estrella de los paseos turísticos, y en su plaza se sitúa el Solar dos Deuses. Desde el balcón de Xangó, con la mirada fija en la gran cruz de piedra enfrentada a la iglesia, pienso en la triste anécdota sucedida cerca. Hacia 1700, los jesuitas del Terreiro de Jesús se quejaron al rey de Portugal de que los gritos de los esclavos torturados en el pelourinho les impedían concentrarse en su misa. Tras varios traslados, la picota se instaló en el Largo del Pelourinho, también a pocos minutos de la posada.

Lo que la elite blanca consideraba el «símbolo de la justicia» desapareció de la ciudad en el año 1835. Las autoridades bautizaron el último lugar de la picota como plaza José de Alencar, en honor a un ministro de Justicia, pero los bahianos se rebelaron llamando Pelourinho a todo este barrio con alma guerrera y el carácter explosivo de Xangó.

GUIA


La Posada Solar dos Deuses tiene 7 habitaciones de ambiente rústico, cada una con distinta decoración, TV y minibar. El desayuno, a gusto de cada huésped, se sirve en la habitación. Se ubica en el corazón del centro histórico, junto a la iglesia de San Francisco, la más visitada de la ciudad. La Posada está en Largo Cruzeiro Sao Francisco, 12, Pelourinho. Tfno: +55 71 3321 1789. E-mail: solardosdeuses@solardosdeu-ses.com.br.

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