14 de julio 2008 - 00:00

Rodin: De "El beso" a "Los burgueses", abrieron la muestra más integral

La figura masculina «La edad de bronce», que Rodin realizó luego de un viaje a Florencia bajo la influencia de Miguel Angel, está a la entrada de la ex-posición.
La figura masculina «La edad de bronce», que Rodin realizó luego de un viaje a Florencia bajo la influencia de Miguel Angel, está a la entrada de la ex- posición.
El Museo de Arte Decorativo acaba de inaugurar «La era de Rodin», una exhibición de casi un centenar de obras cumbre del escultor francés y varios artistas sobresalientes de su época, entre otros, su amante Camille Claudel, Louis Ernest Barrias, Emile-Antoine Bourdelle, Jean Baptiste Carpeaux, Albert Ernest Carrier-Belleuse, Charles Cordier, Alexandre Falguière, Pierre Auguste Renoir y Jean León Gerôme.
El estupendo conjunto proviene de dos instituciones que apuntan coleccionar obras de excelencia, el Museo de Soumaya de la Fundación Carlos Slim, y el Museo de Arte de Ponce (MAP) de Puerto Rico; a ellas se suman las piezas que el Museo Decorativo sacó a relucir para la ocasión. Para comenzar, «La eterna primavera», emblemático mármol de 1907 que representa una pareja besándose y que Matías Errázuriz compró por consejo de Rodin en una galería de París por la suma de 9500 francos, y que posteriormente instaló en el Museo de Arte Decorativo.
El afrancesado edificio de principios del siglo XX, la residencia de Errázuriz y Josefina de Alvear, nació con vocación de museo para albergar su colección, y hoy es el mejor marco para las obras de Rodin. En los salones se vislumbra, literalmente, el aura de las grandes obras del arte. El palacete porteño, donde aún se conserva la maqueta que Rodin realizó para la chimenea (encargo que finalmente no se concretó porque Errázuriz consideró que su valor era muy elevado), tiene un aire de familia que lo asemeja al antiguo hotel Biron que fue el taller de Rodin y hoy es su Museo, en el 77 de la Rue Varenne y el Boulevard des Invalides.
El arribo de esta muestra vuelve visible la fascinación que ejerció el arte de Francia en la sociedad criolla, y sólo hace falta caminar unos pasos hasta el Museo de Bellas Artes, para ver el soberbio bronce de Rodin «El genio de la guerra», en la colección fundacional de la institución donada por los Guerrico, que se suma a las manos de «El secreto», una de las tantas piezas del escultor que legaron los Santamarina.
Algunos de los íconos de Rodin están en casa y sus formas no le resultan lejanas, ni mucho menos ajenas al perceptivo público porteño, que ha visto el filosófico «Pensador» emplazado frente al Congreso, o el monumento a Sarmiento ubicado en Palermo, y entre otras obras, «El beso», que el escultor donó al Museo de Bellas Artes.En este contexto propicio, con su arte incorporado en la memoria, la gente disfruta de un plus: puede ampliar su saber acerca de algo que ya conoce y aprecia.
El Museo Soumaya trajo varias de las imponentes figuras de «La puertas del infierno», el misterio de «Iris, mensajera de los dioses» y la insondable carga de agonía y dolor de «Los burgueses de Calais», esos seis hombres que se sobreponen a la humillación para entregar a los ingleses las llaves que salvarán a su ciudad sitiada. Son obras que vienen para mostrarnos a uno de los últimos humanistas y, acaso, el primer escultor moderno de la historia del arte.
Las puertas del Museo Decorativo están colmadas por miles de visitantes. Desde las escalinatas de ingreso se divisa una escultura perfecta, la figura masculina «La edad de bronce», realizada luego de un viaje a Florencia bajo la influencia de Miguel Angel. Capaz de transmitir con la mayor elocuencia el poder expresivo del cuerpo, y de bucear en las profundidades psicológicas, Rodin comenzó a cambiar a fines del siglo XIX el concepto clásico de la escultura, se convirtió en el artífice de una revolución que transformó el canon escultórico.
En un encuentro con el director del Museo Soumaya, Alfonso Miranda, el presidente del Museo Ponce, Agustín Arteaga (que tuvo a su cargo la dirección del Malba), Roberto Slim, representante de la Fundación Carlos Slim, Adriana Vaccaro, directora de Telmex y precursora del envío, y Alberto Bellucci del Museo Decorativo, se habló de cada una de las obras y de la extraña vigencia de Rodin, artista atemporal y universal.
El mexicano Miranda invitó a observar las obras de Rodin con los ojos de un americano, a no dejarse intimidar por su procedencia europea y a valorar la lección que dejó sobre la libertad expresiva; así se acercó finalmente al concepto de Borges, cuando el ensayo «El escritor argentino y la tradición», dice: «Creo que los argentinos, los sudamericanos en general (...) podemos manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones, con una irreverencia que puede tener, y ya tiene, consecuencias afortunadas».
Miranda agregó que el buen arte favorece nuevas formas de convivencia humana ya que «despierta la sensibilidad y permite ver al otro, y así se abren vías de comunicación hacia universos que se van engarzando unos con otros». Artega llamó la atención sobre las exigencias que imponía Rodin a sus modelos, a quienes hacía posar en posiciones forzadas y de extrema tensión, para lograr la máxima expresividad del cuerpo.
Un buen ejemplo es el «Estudio de movimiento de danza», un bronce que muestra la contorsión de una figura masculina que se afirma sobre un pie mientras el torso y los brazos se estiran hasta asir el otro pie por detrás de la cabeza en una actitud casi imposible.
El poeta Rainer María Rilke, que fue secretario de Rodin en 1902, contó que el escultor contrataba modelos que circulaban

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