‘‘Se siente el silencio en San Nicolás de los Arroyos’’

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Es domingo, las agujas del reloj marcan las 12.30 del mediodía. Decidimos visitar San Nicolás luego de recorrer 234 kilómetros por la moderna autopista que une Buenos Aires con Rosario. En San Nicolás nace la Ruta 188, que cubre la zona de Pergamino con la Ruta Nacional Nº 8 (Buenos Aires, sur de Córdoba, San Luis, Mendoza y Chile). Por esta ruta se llega directamente al puerto nuevo de San Nicolás, apto para buques de gran calado. Por él salen para distintos lugares del mundo cereales, hierros y distintas materias primas.

Se escucha, se palpa

Al llegar «podemos escuchar el silencio», aunque suene paradójico. Simplemente porque vivimos rodeados de los ruidos que nos aturden de la gran ciudad: el subterráneo, el ascensor, el caminar agitado, el murmullo constante de la gente, el apuro, el enojo, la locura de correr contra el reloj, almorzar casi de pie, el sonar de los celulares, las notebooks, el estrés. Delirio, confusión, ansiedad, y así una larga lista que nos distingue -entre otras muchas cosas- del interior del país.
Definitivamente visitar esta ciudad provoca paz, tranquilidad. Es mediodía y todavía se observa alguna que otra puerta abierta, como sucede en algunas ciudades de la provincia de Buenos Aires: una señora toma mate (seguramente el último) con su esposo, antes del almuerzo con el resto de la familia; los perros duermen de tal manera que parecieran no alterarse con nada; un señor lava el auto en la calle; un cartel promociona canelones y ravioles caseros y patatas asadas. Son todas imágenes que nos «transportan» o, como se dice habitualmente, «nos bajan los decibeles», nos hacen «bajar un cambio». Frente a nuestro auto pasa una mujer que nos sonríe con complicidad, como dejándonos un claro mensaje: «¡Vieron, hay otra vida fuera de la gran capital!».

No todo es como parece

Pero esta armoniosa tranquilidad se vio alterada hace unos días cuando se conmemoraron los 25 años de la aparición de la Virgen del Rosario de San Nicolás. Se estima que más de 800 mil personas visitaron la ciudad que lleva su nombre.
El día 25 de setiembre de 1983 la Virgen se le apareció a Gladys Quiroga de Motta mientras rezaba; la Virgen estaba vestida de azul, tenía el Niño en brazos y un rosario. La aparición fue muy breve, como una anunciación.
Gladys es una mujer muy simple, esposa de un operario metalúrgico y tiene dos hijas. Un día antes había visto iluminarse el rosario que tenía en su habitación. Con el tiempo fue dejando testimonio por escrito de los mensajes y los hechos que cambiaron su vida, y la de muchos. Gladys recibió más de mil ochocientos mensajes, desde el 13 de octubre de 1983 hasta el 11 de febrero de 1990. Muchos atestiguan haber visto manifestaciones extraordinarias, como recientemente, cuando comenzó a fluir agua del Santuario. En casi todos los comercios puede verse la imagen de la Virgen, algo similar a lo que ocurre en México con la Virgen de Guadalupe, venerada masivamente por un pueblo que en cada rincón de ese país exhibe su imagen.

Cualquiera sea el motivo

La fila nos permite dialogar con la gente durante una hora. Allí no hay diferencias entre clases sociales, están el señor y la señora, el abuelo, la abuela, los chicos jóvenes, los recién casados. La gente va a pedir, pero también a agradecer. Cualquier motivo es válido: una enfermedad, un nacimiento, un amor perdido, una reconciliación, problemas, logros económicos, salud, bienestar, enfermedades, nacimientos... todo, la devoción por la Virgen es muy fuerte.
Sigfrido está solo, su rostro demuestra el cansancio. Llegó de Capital y está dispuesto al diálogo: «Me produce una sensación agradable, primero vengo a agradecer, porque en definitiva en la vida siempre algo te falta. Cuando llego hasta la imagen y coloco mi mano sobre el vidrio que protege el rosario en las manos de la Virgen, siento algo especial. Se siente la presencia, se siente que ella está ahí, presente. No es la imagen, ella te llama. Es el lugar, es todo. El solo hecho de pensar que allí se manifestó en este siglo es fuerte, no sé cómo explicártelo», reconoce emocionado Sigfrido.
Al abandonar la fila y recorrer el templo veo a Ricardo, profesor, sentado, con los brazos cruzados como mirando sin mirar. Le pregunto: «¿Viniste a visitar a la Virgen?». «No -dice-, vine a acompañar a unos amigos que están en la fila», y continúa: «Me produce una sensación extraña ver las enormes manifestaciones de fe que contrastan con el comercio que se ve en la calle. No sé cómo decirlo; creo que no hace falta que una persona que tiene fe deba llevarse un bidón de agua para su casa, no me parece. Me impresiona ver caras de alegría y también de dolor frente a la Virgen. Es muy fuerte todo. Pero también pienso que si toda esta gente que está acá ocupara este tiempo para realizar obras benéficas se cumpliría más y mejor el mensaje de Cristo... o no?», pregunta Ricardo como buscando complicidad.
Inmediatamente, otra pregunta cae de madura: «¿Cuál es la actitud de la Iglesia frente a los hechos de San Nicolás? Monseñor Domingo Salvador Castagna, anterior obispo de San Nicolás, frente a una serie de acontecimientos extraordinarios y a un creciente movimiento de devoción, dijo: «Creo firmemente que esto es un acontecimiento de la Virgen. No puedo decir más de lo que la Iglesia dice. La Iglesia pone entre paréntesis todo esto. No lo rechaza ni tampoco define si es verdad, sino, simplemente, dice: "Miren, puede ser verdad; por lo tanto, lo tomamos respetuosamente y no hay ningún elemento que diga que no es verdad. Al contrario, los elementos existentes son positivos". Entonces yo digo lo mismo. Evidentemente ésta es una manifestación promovida por Dios a través de la Virgen».
Al atardecer dejamos San Nicolás. Otra vez el silencio invade las calles, las plazas, cada rincón de la ciudad. Prácticamente no se ve a nadie, ni siquiera en la zona comercial. Nos vamos despacio, también en silencio, después de haber vivido momentos tan sentidos, emotivos y -sobre todo- conmovedores. Vimos de cerca la alegría, el sufrimiento, la esperanza y la fe...

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