5 de enero 2001 - 00:00

Reviven en Recoleta las viejas bataclanas

Reviven en Recoleta las viejas bataclanas
En su último espectáculo, titulado «El club de las bataclanas», la actriz y directora Mónica Cabrera da vida a un grupo de viejas coristas que hicieron carrera en el vodevil porteño. La obra se está exhibiendo los viernes a las 21 en el Auditorio del Centro Cultural Recoleta, la misma sala en donde Cabrera estrenó el año pasado su anterior comedia musical «Las lágrimas negras de Santita Monjardín».

Periodista: La creencia popular es que la gente del espectáculo lleva una vida promiscua o de costumbres libertinas. ¿Hay algo de eso en «El club de las bataclanas»?

Mónica Cabrera: No es algo que esté explícito, pero en un momento se ve que una de ellas atiende una hot line. Las bataclanas eran mujeres que bailaban en el Bataclán de París, un teatro que ofrecía números de diversos géneros. Bataclan, en francés, es también el lugar donde se guardan los cachivaches, las cosas inservibles.

P.: ¿Se trata, entonces, de un homenaje al varieté?


M.C.:
El espectáculo está inspirado de alguna manera en las actrices y cantantes que hicieron nuestro teatro, pero no pretende hacer historia con eso. Cada una de las protagonistas de la obra pretende devolverle al club su esplendor perdido, destacando sus puntos de interés y exhibiendo ante el público sus propias cualidades artísticas y amatorias. Son seis monólogos rodeados de una especie de fantasía musical con diferentes ritmos: tango, rumba flamenca, habanera y hasta un tema del grupo ABBA. Cuatro de ellas cuentan alguna experiencia personal mientras que las otras dos dan a conocer sus posturas ante la vida y el amor. Son como dos filósofas que bajan línea mientras que las otras cuatro cuentan sus historias de vida.

P.: Digamos que sus mujeres se alejan bastante de las confesiones de mujeres de 30. Son de otra generación.


M.C.:
Yo hablo de mujeres eternas, no me detengo en detalles de época ni tampoco en las banalidades de la vida contemporánea. Es gente que amó o que se ha volcado con pasión a distintas causas. Una de ellas es una vieja socialista. No me ocupo de tonteras sino de preguntas medio filosóficas al estilo Discépolo y con risas. Son mujeres cuyas vidas se entremezclan con el mito, como sucedía con Libertad Lamarque de la que nadie podía saber su edad.

P.: ¿Qué lugar ocupa el humor dentro de la obra?


M.C.:
En general predomina un humor bastante negro. Salvo con Coral que es la más payasa de todas, con su peluca colorada. Habla como una gallina todo con «co» y la gente se ríe mucho con ella.

P.: Después de dirigir y recibir premios por obras como «Las criadas» de Jean Genet, o «La dama de agua» de Mishima, en sus últimos trabajos usted se ha inclinado más hacia la comedia y el humor ¿A qué obedece ese cambio?


M.C.:
Siempre supe manejar el humor, pero ahora descubrí algo que en verdad me es propio. El humor me sirve para hablar de todas aquellas cosas que a mí me inquietan o me dan miedo y que por no tener solución ni siquiera las puedo hablar con la gente. Porque cada vez que te ponés a hablar de eso la gente sale corriendo. Yo antes me creía que si hablaba de mis miedos algo se me iba a calmar, o se iba a solucionar o yo iba a comprender. Pero no es así. Por eso me da un gran alivio llevar estas historias al teatro. Me puedo reír de cosas terribles de las que muy poca gente soporta hablar. Como por ejemplo: la vejez, la enfermedad, la muerte, lo irremediable o la existencia de Dios... Son cosas de las que se hablaba en la década del 70 y no es que la gente hiciera algo con eso. Sólo hablaba y hablaba. Era como un gran mecanismo masturbatorio.

P.: ¿Y qué es lo que traba la comunicación ahora?

M.C.:
Ahora si hablás de esos temas sos un intelectualoide o un individuo demasiado pasivo. Ahora está de moda ser activo, hacer cosas en lugar de charlar. Ir al gimnasio, hacer meditación, yoga o algo oriental. Ya nadie se dedica a teorizar en un café para arreglar el mundo, pero la gente sigue necesitando hablar de estas cosas. Y una forma posible es en el teatro. A mí me gustaría que el público salga discutiendo sobre estos temas, que se acuerde de su madre, de su abuela y que pueda reírse incluso de su propio miedo a envejecer.

P.: Queda claro que la obra no se limita al mundo femenino.


M.C.:
Ni siquiera es un mundo femenino. Los personajes son mujeres simplemente porque yo no puedo interpretar hombres y en cuanto al público yo diría que tampoco se trata de un espectáculo para las mujeres. El público no tiene sexo.

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