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Contrastes y largas filas: la postal de la votación en Nueva York
El frío de la jornada no amedrentó a los electores en ninguno de los distritos, que instaban a otros ciudadanos a participar.
Participación. Bajo el sol, un niño ignora la larga fila de adultos que van a votar, mientras un grupo de padres garantiza un desayuno reparador en una escuela del Upper West Side.
Mientras hacía la cola como cualquier votante, este enviado le guardó el lugar a Kate, una rubia que pretendió aprovechar para votar al terminar su rutina de jogging. Estaba muy transpirada y soplaba un viento fresco, lo que hizo aconsejable que fuera a su casa y volviera más abrigada. Vaso térmico en mano, susurró que "Trump no puede ser presidente de este país. Durante la campaña dijo cosas horribles y creo que es un verdadero peligro para nuestra democracia. Me preocupa lo que viene, porque la gente que se hizo eco de esa forma de pensar va a seguir allí, entre todos nosotros".
Un hombre blanco salía satisfecho del salón de votación. Aceptó hablar francamente, pero no decir su nombre. "Lo que puedo decirle simplemente es que está en juego el futuro del país. Tenemos que decirle 'no' al discurso extremo de los republicanos", dijo con calma.
Entre el Central Park y el río Hudson, a escasos cien metros del Lincoln Center, uno podría pensar que esta zona es enormemente rica. Lo es, pero no está exenta de contrastes.
Alrededor de ese impactante complejo artístico, en un radio mínimo de cincuenta metros, conviven edificios de lujo, en los que alquilar un departamento de dos ambientes cuesta 5.000 dólares por mes, con complejos de viviendas populares, administradas por la municipalidad de Nueva York, que dan albergue a familias de trabajadores por 200 dólares mensuales.
Este complejo, conocido como "The Project", es un conjunto de monoblocks de alrededor de diez pisos cada uno que ocupa un área de dos manzanas. La gente allí es más reservada y, aunque vota junto a sus vecinos ricos en la escuela de Amsterdam y la 60, tiende menos a hablar. "Sí, claro que ya voté, pero el voto es secreto, caballero", cortó en seco a este periodista una anciana afroestadounidense que volvía a casa. Al lado, su marido, callaba. Se ve quién manda en esa pareja.
Luego, Ámbito Financiero fue al Bronx, feudo de negros y latinos. La concurrencia a las urnas también era intensa allí, tanto que en las calles todos parecían llevar orgullosos en la solapa el sticker "Yo voté" que se entrega al final del proceso de sufragio.
Las charlas por celular que se podían escuchar de contrabando giraban en torno a lo mismo: "¿Ya fuiste? Yo estoy saliendo".
La tendencia en este distrito de minorías pobres es ampliamente demócrata, y así lo dejaban ver los consultados. Algunos se quejaron porque, después de hacer una larga cola, si cometían algún error en la máquina de votación, eran obligados a volver a la fila.
En White Plains y Lacombe, siempre en el Bronx, está la escuela secundaria 174. Cuando Ámbito Financiero pasó después del mediodía, la gente todavía comentaba lo tarde que se habían habilitado las urnas electrónicas.
A unas diez cuadras de allí, en la escuela primaria 119, en la esquina de las avenidas Pugsley y BlackRock, algunos se quejaban de que se les haya exigido presentar una identificación, cuando, afirmaban, eso no es obligatorio según la ley.
Cerca del estadio de los Yankees, en el centro habilitado en el Courthouse, los tribunales locales, hubo problemas con tres de las cinco máquinas instaladas.
"Siempre mandan las peores máquinas al Bronx", sacudía la cabeza un trabajador electoral.


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