3 de julio 2006 - 00:00
¿Conviene cambiar fecha electoral?
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Se trata de situaciones que contribuyen a sostener e incluso incrementar la imprevisibilidad institucional reinante, con los consiguientes perjuicios para el país a largo plazo. Pero además ponen un profundo manto de dudas acerca de las reales convicciones democráticas de nuestros gobernantes, que insisten con estas actitudes en poner limitaciones a la voluntad de expresión popular con alquimias fabricadas entre las cuatro paredes del poder, como, por ejemplo, esos perversos sistemas de lemas y luego de neolemas, que -de un modo u otro- transforman a los comicios generales en una mera continuación de las internas del partido oficial.
En los últimos días se ha divulgado en Mendoza la idea de que el Poder Ejecutivo provincial desdoblaría las elecciones provinciales de las nacionales, a fin de que el radicalismo pueda marchar unido en pos de retener la gobernación, para luego separarse en las preferencias presidenciales. Frente a ese supuesto, los intendentes peronistas propusieron la contraoferta de unir las elecciones municipales con las nacionales para que sus boletas sean arrastradas por la figura del Presidente.
Estrategia
O sea, los radicales quieren descolgarse de las figuras nacionales para no dividirse entre ellos. Y los peronistas quieren colgarse de las figuras nacionales para que los radicales no les ganen en sus comunas. Esos son los únicos fundamentos de tales míseras especulaciones. Nadie quiere, en el fondo, saber qué piensa sinceramente el pueblo en las urnas, sino que lo único que anhelan es condicionarlo de todas las formas posibles para que la voluntad popular cuente lo menos que pueda contar.
Un país que se supone serio debería establecer un sistema de elecciones que no dependiese de la coyuntura del momento, sino que se pusiera al servicio del fortalecimiento institucional del país y que -como primer paso- no variara de elección en elección.
Desde esta perspectiva, los desdoblamientos electorales son positivos, y no sólo entre situaciones nacionales y provinciales, sino dividiendo aún de ambas a las municipales. Porque tales separaciones contribuirían enormemente a la cultura política y a esa reforma tantas veces pregonada e igual de veces frustrada.
Diferencias
En efecto, la lógica electiva de un intendente, un gobernador o un presidente son profundamente diferentes. Separarlas ayudaría a la población a votar por cosas y personas más concretas. Ayudaría también a limitar el efecto negativo de esas listas sábanas que también siempre se dice eliminar y nunca se hace. Hasta, en la voluntad de una reforma más profunda, sería conveniente que esos tres tipos de elecciones se hagan en años diferentes para que de ese modo la pluralidad política crezca en cada una de las jurisdicciones del país.
En síntesis, el costo de separar las elecciones nacionales, provinciales y municipales se justificaría sólo si de ese modo se perfecciona el sistema democrático con mayor y más profunda participación en el mismo de los ciudadanos.
Pero, si lo único que se pretende es aprovechar las mayorías circunstanciales para variar de opinión según las conveniencias del momento, allí el costo de cualquier desdoblamiento no se justifica en absoluto.
Por eso lo conveniente sería que para el próximo año se cumpla estrictamente con lo que establece literalmente la ley.
Y que en el ínterin se comience a discutir una auténtica reforma política que no esté en absoluto condicionada por las inminentes elecciones. Y que se proponga para ser aplicada luego de culminadas las mismas.
Que algún día el país político se ponga a discutir en el presente los temas esenciales del futuro sería una gran señal para el resto del país.
De lo contrario seguiremos encerrados en este eterno presente donde los intereses de los representantes siempre son más importantes que los de los representados. Por lo cual, los representantes dejan de ser tales. Y los representados pierden todo interés en la cosa pública




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