Nadie puede imaginar que los logros que en materia salarial le arrancó Hugo Moyano al Presidente pueden pasar inadvertidos en un año de neto corte electoral. Mucho menos los sindicatos del interior, que saben que sus plegarias, precisamente por inapropiadas e insaciables, finalmente tendrán eco en aquellos gobiernos dispuestos a hacerlo todo para garantizarse un triunfo en las urnas. Sobran los ejemplos: en Salta, el gobierno de Juan Carlos Romero, el de José Manuel de la Sota en Córdoba, y el de José Alperovich en Tucumán juegan a un permanente «Simon», aquel juego de memoria que se iniciaba con un destello y acababa con una maraña de luces apta para pocos. De una manera u otra estos gobernadores han demostrado que están dispuestos a hipotecar la buena salud de las cuentas públicas en aras de correr detrás de los anuncios (también electorales, claro) de aumentos salariales que otorgará la caja de Balcarce 50. Por eso es ingenuo circunscribir estos climas de malestar al ámbito de los docentes, porque si bien es cierto que cuando se habla de maestros se estimula un sentido social muy sensible, también hay otros sectores de la sociedad que son urticantes. ¿O no preocupa acaso que los médicos de los hospitales públicos de al menos siete provincias se hayan declarado en estado de alerta y movilización, o que los empleados judiciales de casi todo el país anuncien un quite de colaboración? Sin contar las innumerables protestas de productores agobiados por las presiones fiscales de un sistema que devuelve poco. Todos parecen tener razones válidas. Y como si fuera poco, esa reverberancia estalló ayer en otra provincia de la «Patagonia rebelde». Se trata de Tierra del Fuego, donde calcando el accionar -hasta ahora sin ganancia- de sus vecinos de Santa Cruz, un grupo de docentes nucleados en el Sindicato Unico de Trabajadores de la Educación ocupó en forma pacífica la delegación del Ministerio de Educación en la ciudad de Río Grande. Lo hicieron con el objetivo de presionar al gobierno provincial a sentarse en paritarias y resolver el reclamo salarial que se mantiene desde hace casi un mes, con paro incluido. El otro condimento es de índole política, de cercanía electoral. No es casual -dicen los analistas de la coyuntura local- que las dos provincias que irán a elecciones próximamente (Neuquén el 3 de junio y Tierra del Fuego el 17) se vean envueltas en dramáticos escenarios sociolaborales que no logran desenmarañarse a pesar de los aumentos salariales concedidos. En el distrito más austral, el actual gobernador, Hugo Cóccaro, se presenta para la reelección, en la lista del Frente para la Victoria, con aval del Presidente. En la tierra de Jorge Sobisch, un presidenciable urticante para el gobierno, el candidato es Jorge Sapag, que enfrentará sugestivamente al primer binomio puro de la denominada concertación plural, que integran el radical Horacio Quiroga y el peronista Hugo Panessi. Y, finalmente, en Santa Cruz la explosión no es por cercanía de urnas, sino por silencio oficial y falta de definiciones en un territorio donde ni la propia hermana del Presidente, Alicia Kirchner, está dispuesta a jugarse en octubre si antes no cesan los conflictos. Son todos, en definitiva, elementos que avivan el fuego gremial de los sindicatos, dispuestos a exprimir -a costa de cualquier cosa- la aguda aprensión que los gobernadores muestran ante potenciales conflictos sociolaborales que les puedan espantar votos.
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