Abandonar el cinismo para restablecer instituciones

Ambito Nacional

La lógica estudió mucho las falacias, esas piezas del razonamiento que sobrevivieron siglos con vigencia diagnóstica perfecta. Una de ellas, habla de juzgar los hechos según quien los relate. Argentina se ha convertido en el paraíso de esa falacia. Porque el hambre es a veces si a veces no, el frío mata depende de quién deba proveer la frazada y porque la causa de los jubilados merece varias toneladas de piedras a veces y otras, ni siquiera sacar las cuentas de cómo perdieron poder adquisitivo derogando una fórmula y aumentándoles por decreto.

Dejemos las metáforas para los poetas en tiempos que exigen hablar fuerte y claro.

Argentina acaba de caer en los peores índices de indigencia y hambre de su historia. Cuando la pandemia no estaba entre nosotros y el actual Gobierno daba sus primeros pasos sobreactuando las necesidades alimentarias insatisfechas de muchos argentinos, nos presentaron la “Mesa del Hambre” que; integrada por capas de farándula, política y algún que otro especialista, se sacaron muchas fotos con leyendas que hoy, hambruna brutal mediante, parece que solo merecen dispersión y silencio.

Los que ayer lloraban y gritaban por menos, hoy guardan un conveniente personal silencio por mucho más y peor. La llegada de un frío realmente duro parece que no justifica campañas ni aperturas de ningún estadio para abrigar a nadie. Tampoco parece que molestan los sueldos docentes, hoy aceptados en su retraso por cúpulas sindicales impúdicas. Los jubilados se quedaron sin defensores. La fórmula que se derogó les habría permitido un incremento casi 10% superior en sus ingresos respecto de lo que perciben ahora, pero parece que ya nadie llora en columnas televisivas prometiendo defenderlos hasta con su vida porque alguna banca cómoda es buen antídoto para la angustia. Las mujeres merecen todo, hasta ministerio. Siempre que no sean formoseñas, claro. Los desaparecidos espantan siempre que no se llamen Tehuel, y la mano dura se condena con gritos siempre que la víctima no se llame Astudillo.

En síntesis, aquellas nobles causas no eran más que una cínica avanzada de interés personal que, satisfecha, ha llevado a muchos al silencio y a muchos más, a negar la realidad más brutal de nuestra historia.

Nuestro Gobierno padeció avanzadas muy duras. Por mucho menos de lo que hoy nos rodea, las movidas fueron impiadosas y siempre irresponsables. Celebramos el fin de aquella violencia. Tanto como lamentamos el alarde de hipocresía del que fuimos testigos. Hoy entendemos que estos ejercicios de cinismo tienen que ser nuestra fuente de memoria y fuerza para trabajar en el restablecimiento de las instituciones, los derechos, las esperanzas y el progreso. Porque vamos a poder.

(*) Senadora de la provincia de Buenos Aires (JxC)

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