17 de abril 2008 - 00:00

"La industria depende de la producción rural"

En lugar de modificar el modelo agroexportador hacia la industrialización, mediante la incorporación de valor agregado a lo largo de la cadena productiva -hacia atrás y hacia adelante-, sigue predominando la idea de que los recursos naturales constituyen una actividad social y económica inferior.

Parece de ciencia ficción: todavía hoy, la dirigencia política entiende la actividad como una fuente de recursos para invertir en la industria manufacturera protegida.

Carlos Díaz Alejandro señala: «La industrialización basada en la sustitución de importaciones genera dentro de la industria manufacturera fuerzas adversas a este mismo proceso».

La historia argentina muestra una infundada «visión industrialista» del desarrollo económico -con una obsesiva política industrial manufacturera-que olvida incorporar una verdadera política agroindustrial, dentro de la cual el agro cumple un papel central.

Una necia interpretación de la teoría de los costos comparativos, todavía hoy, induce a la creencia -falaz y que en ocasiones responde a meros intereses particulares-de que la Argentina debería circunscribirse a la producción agropecuaria.

Es necesario ser claro: la teoría clásica, sustentada en el pensamiento de David Ricardo, no niega el papel de la industria como aspecto relevante en países como la Argentina. De ninguna manera. Quien afirme ello, se equivoca. No existe división entre industria y agro, por la sencilla razón de que éste es una actividad industrial que, a su vez, tracciona diferentes industrias, «aguas arriba» y «aguas abajo». Si no se entiende cómo funciona la cadena de valor, no se comprenderá nunca la importancia del agro como motor del desarrollo y armonizador regional.

Julio H.G. Olivera parece haber entendido -antes que la mayor parte de los economistas argentinos-el concepto de la cadena de valor y su dinámica cuando expresa: «Dentro de un marco de crecimiento de los recursos productivos y de avance tecnológico, la industrialización no sólo es compatible con el aumento de la producción rural, sino que, en general, depende de él a corto y a largo plazo».

Si en vez de haber puesto todas la fuerzas en el desarrollo de una industria sustentada en un proteccionismo diseñado de acuerdo con las presiones corporativas imperantes, hubiésemos tomado provecho de nuestras riquezas, en el marco de la libre empresa y bajo un Estado supervisor, hoy la industria argentina sería mucho más relevante con una elevada participación en las exportaciones.

  • Oportunismo

    La realidad es que se insiste en un modelo de producción que ha quedado atrás. En lugar de promover instituciones que brinden previsibilidad y confianza, tal como lo sostiene el Premio Nobel Douglass North, la acción del gobierno se muestra oportunista y puramente coyuntural.

    Su desesperación por lograr superávit fiscal a cualquier costo le está acarreando un costo político de magnitud todavía no cuantificable que revela un alto nivel de debilidad. Este es el precio que está pagando por su manejo del gasto público.

    En los últimos años se ha hecho lo posible para destruir instituciones simples, pero necesarias, para el gran problema de la economía: la distribución del ingreso nacional. No hay canales institucionales que determinen la forma de distribución del ingreso más allá de la coyuntura. La suba de precios internacionales ha despertado la codicia del gobierno y, por ende, ha modificado nuevamente las reglas de juego para aprovechar los precios más altos del mercado mundial de commodities.

    Si ésta fuera una democracia avanzada, habría bases institucionales que desde el diálogo y el debate abrirían paso a soluciones consensuadas.

    ¿Cuál es el lado positivo del conflicto? Pues bien, podemos aprender que necesitamos instituciones formalizadas y arraigadas para prever los conflictos.
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