Las cadenas agroindustriales impulsan desarrollo económico
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El país es hoy el resultado de una historia de repliegue en el campo internacional. A comienzos del siglo la suma de exportaciones más importaciones dividida por dos y comparada con el PBI fluctuaba alrededor de 25%. La idea de impulsar la sustitución de importaciones dificultó la exportación y hacia 1955 la apertura llegaba a sólo 5%. Y se ha mantenido entre 5% y 10% hasta la actualidad.
El comercio internacional es un proceso de doble vía. El valor de lo que importa un país son las exportaciones de otros países. Una visión global lo muestra: en el total de países del mundo, las exportaciones e importaciones se compensan. Las economías que más crecen son aquellas capaces de ajustar su realidad a las necesidades comerciales.
En su libro «La curva J», Ian Bremmer pone sobre el tapete la importancia de la apertura y de la estabilidad de los países. Escribe: «La apertura indica la medida en que una nación está en armonía con las corrientes cruzadas de la globalización; los bienes y los servicios cruzan las fronteras internacionales a velocidad sin precedente».
¿Camina la Argentina por esta senda? Pues parece que no. Se encuentra en un camino semicerrado o, al menos, demasiado sinuoso como para dirigirse hacia la estabilidad con progreso económico y social. Hoy la apertura es algo pendiente. La integración astuta y estratégica está ausente.
Se importa para poder exportar. Y se exporta para poder importar. A través de la cadena agroindustrial, el país otea un horizonte de magníficas oportunidades que, si son tomadas con seriedad, habrán de traer un mejor nivel de vida para todos. Hay factores prioritarios a los que apuntar. La mayor parte de las inversiones, para mejorar las condiciones de los factores regionales, son de decisión pública en la forma de generación de mayor seguridad jurídica y de proyectos de infraestructura, especialmente vial, de educación en términos de capital social, de formación técnica e investigación y de salud, fundamentalmente, en la regiones donde se establecen las cadenas de oportunidad. A la actividad privada corresponde utilizar de manera efectiva estos factores para desarrollar ventajas competitivas. Así las cosas, la función pública y la privada deben trabajar como socias en términos de un objetivo común por el que necesariamente tendrán que propulsar un salto en la calidad institucional.
En tanto, todos los agentes de la cadena agroindustrial, en forma solidaria, tienen que bregar para que la sociedad comprenda la importancia de ésta en el crecimiento económico.
Ni Australia ni Nueva Zelanda se postergaron por desarrollar sus agroindustrias. Se trata de erradicar resabios ideológicos fundados más en prejuicios que en razones válidas y de implantar la previsibilidad con simiente de la inversión privada. Vale recordar al cardenal Richelieu cuando le advierte al rey que «nada es más necesario al gobierno de un Estado que la anticipación porque, gracias a ella, se pueden prevenir fácilmente aquellos males que no se podrían curar sino con grandes dificultades en el caso de que se presentaran de improviso».
Los agentes involucrados, es decir las empresas de la cadena, las organizaciones verticales y horizontales y demás instituciones, más que a menudo olvidan que vale tanto la inversión física como la virtual, es decir aquella dedicada a concienciar a la sociedad sobre la fuerza del motor agroindustrial. La hora exige invertir en comunicación, porque para hacer saber, antes hay que comunicarlo.



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