29 de mayo 2002 - 00:00

Llegó la hora de apoyar la fruticultura

En momentos muy difíciles como éstos no queda tiempo para buscar culpables, sea un hombre, un grupo de hombres, una ideología predominante o nostálgica, un modelo o un sistema. Si las cosas están mal es seguramente por un conjunto de factores concurrentes, simultáneos y negativos (¿ineptitud o conspiración?). Las causas provienen del pasado, del presente y también del futuro. De lo que no hay duda es de que nada se soluciona señalando a unos y a otros. Todos son culpables de todo.

Sólo tiene sentido, para el bien general, la búsqueda de soluciones aunque sea para enfrentar problemas parciales.

No hay ninguna duda de que la agricultura, en su sentido genérico, ha dado y puede dar una mano muy grande al país.
Tiene la mayor y más veloz capacidad de reacción. Así lo demostró en la década del noventa, en la que respondió perfectamente a:

• la disminución de aranceles de importación, ya que se adquirió masivamente tecnología, equipos e insumos;

• la desregulación económica, porque el Estado no intervino en la formación de los precios;

• la eliminación de las retenciones. La Nación no se apropió de la renta ajena;

• el ingreso y libre disponibilidad de las divisas provenientes de las exportaciones.

Con el esfuerzo de los productores y demás agentes económicos, el campo obtuvo durante en las campaña 1996/'97 una cosecha récord hasta ahora insuperable.

Además de la contribución que realiza la producción de granos, aceites y otros sectores pampeanos, todavía existe lugar para que la
forestación y la fruticultura den lo suyo. Estos dos subsectores pueden ayudar a ocupar mucha mano de obra en el campo y sobre todo en las provincias que tienen condiciones especiales.

El sector forestal creció, tanto en la producción primaria como en la industrial.
El Estado ayudó, acompañó y consolidó este proceso mediante dos instrumentos claves: la Ley de Promoción Forestal, sancionada a fines de 1998, y la Ley de Derecho Real de Superficie, sancionada en 2001.

La idea era incorporar un derecho real más al Código Civil, algo sencillo pero que a nadie se le ocurrió, desde la época de Vélez Sarsfield. El Derecho Real de Superficie Forestal -Ley 25.509- es una figura que permite separar el suelo de lo implantado sobre la misma. Es importante porque permite la realización de inversiones forestales sin necesidad de comprar la tierra (que representa 50% del costo) y con plena seguridad jurídica para el propietario de la implantación, porque sólo debe pagar arrendamiento por el uso de la misma. Aunque una propiedad esté hipotecada, el inversor no corre peligro, dado que dispone de una escritura pública que garantiza el derecho real que tiene sobre la forestación.

La incorporación del Derecho Real de Superficie Forestal ha sido una
solución parcial para un problema general, pero es quizá más importante que cualquier reforma agraria u otro mecanismo de utilización o «apropiación» de la tierra.

Ahora, el país necesita una mano.
Es el momento de crear un nuevo derecho real de superficie, pero en esta oportunidad se necesita avanzar sobre el sector frutícola.

Desde Jujuy y Misiones, como extremos del norte del país, hasta los valles patagónicos de Santa Cruz y Tierra del Fuego existe suficiente historia, experiencia, infraestructura y tecnología para un mayor desarrollo de la fruticultura. Los cítricos, peras y manzanas, uvas y frutas finas son producciones aptas y con mercados de exportación.

Se pueden incorporar miles de hectáreas de tierra al proceso productivo, se puede realizar la reconversión de otros miles de hectáreas de cultivos existentes, sin necesidad de crear obras de infraestructura nuevas, que cuestan miles de millones de pesos, ni de realizar reformas agrarias o iniciar otra Campaña del Desierto.

Para crear el «derecho real de superficie frutícola» no se necesita presupuesto, sólo la buena voluntad de personas idóneas y legisladores dispuestos a ayudar a sus propias economías locales.

(*) Ex subsecretario de Ganadería y Forestación

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