25 de noviembre 2003 - 00:00

Los subsidios distorsionan la actividad agropecuaria

Los efectos perversos de los subsidios y las trabas comerciales son un hecho de difícil retorno. Y ellos se han convertido en parte fundamental del comercio internacional.

El proteccionismo del llamado Primer Mundo es un claro ejemplo de lo que significa una desproporcionada relación de fuerzas. Pese a ello y contra todo lo que se diga, los países subdesarrollados no tienen por qué ser siempre los perdedores. Tomando al mundo tal cual es, hay que dar batalla a través de pacientes negociaciones. La paciencia oriental (en un coctel con la persistencia) debe ser hoy un rasgo argentino.

La demanda y las tasas de crecimiento de los flujos de comercio en baja, más la permanencia sistemática de los subsidios, profundizan la brecha entre los precios y condiciones de los que subsidian respecto de aquellos que se mueven con el mercado.
Esta es la paradoja del nuevo mundo tan globalizado.

• Brecha

Así, la brecha, existente entre el nivel de precios que reciben los productores subsidiados de aquellos que operan según las reglas de mercado, depende de las perspectivas de las producción mundial y de los precios de los commodities. A medida que los precios caen, suben los niveles de subsidios y viceversa. Este mecanismo contribuye a deprimir los precios internacionales. Cuando los precios bajan la producción debiera caer, pero no lo hace por el aumento consecuente de subsidios.

Se nota claramente una vocación por eludir la libertad de comercio y no por eliminar los mecanismos de intervención. La década del '90 muestra una cifra promedio anual del orden de 350 mil millones por año en concepto de subsidios al agro otorgados por los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Sólo en los años 1996/'98 tal cifra se ubica levemente por debajo de tal nivel, cuando los precios internacionales alcanzan valores históricamente elevados, mientras que en los demás la supera.

Ya han pasado varios años desde que terminara la Ronda Uruguay del GATT y de la institucionalización de la OMC (Organización Mundial del Comercio) y los cambios que se propusieron en aquella oportunidad brillan por su ausencia.

La Ronda acordó limitaciones a los subsidios en tres áreas: soporte interno a la producción, subsidios a las exportaciones y sobrearanceles y medidas paraarancelarias. Pero hecha la ley, hecha la trampa: a partir de la Ronda, las naciones industrializadas crearon nuevas formas de protección con disfraces llenos de imaginación.

Pese a ello, algunos avances se advierten. Hasta 1995, el antiguo GATT, dominado por los países avanzados, no permitía mayor espacio de decisión a los subdesarrollados. Fundada para reemplazar a este organismo, la OMC es más democrática pues opera por el consenso de sus 148 miembros.

La conferencia ministerial de la OMC, en Cancún, fue un fracaso. Y la gran perjudicada fue la OMC en sí misma. Sin embargo, nada es definitivo. Que haya una

OMC en lugar de un GATT es un paso ganado. La tozudez de EE.UU., que se niega a dejar este papel proteccionista en tanto no hagan lo mismo sus rivales de la UE, asegura un camino difícil para nuestros negociadores. EE.UU. es partidaria de acuerdos bilaterales y regionales. Por este camino, los países subdesarrollados pasarían a tener menos fuerza que la que poseen dentro de la OMC. Desde hace ya algún tiempo, hay una evidente proliferación de pactos bilaterales o regionales, que se superponen a las normas del organismo. A nadie le conviene que la OMC vaya cayendo en desgracia. A la Argentina menos. No hay que dejarse engañar. Nuestro país no debe abandonar la lucha desde la OMC.

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