La producción granaria ha pasado, en los últimos 50 años, desde un volumen de 18 millones de toneladas hasta el récord de casi 90 millones.
Los análisis económicos convencionales utilizan los márgenes brutos de los cultivos en base a los ingresos y costos del momento, es decir de corto plazo y no toman en cuenta los tiempos biológicos. A su vez, dentro de los costos de explotación, todos los insumos necesarios para mantener la tierra y el ambiente en general en su estado original, no suelen ser tomados en cuenta.
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Escasa es la consideración sobre la pérdida de la fertilidad física, química y biológica del ambiente. Ni la contabilidad ha tomado adecuada nota de ello y menos aún la política impositiva. Es cierto que, al respecto, hubo avances pero han sido claramente insuficientes. Desde hace ya décadas, procesos erosivos tanto de carácter eólico como hídrico, y de su riqueza orgánica y de minerales asimilables por los cultivos y el pastaje animal se experimentan a lo largo y ancho del país.
La producción granaria ha pasado, en los últimos 50 años, desde un volumen de 18 millones de toneladas hasta el récord de casi 90 millones. Este proceso de expansión provino tanto del corrimiento de la frontera agrícola como de un considerable incremento de productividad.
El crecimiento de la productividad unitaria por incorporación de tecnologías mecánicas, genéticas, de control de las plagas, de riego y por la decisiva difusión de la siembra directa y aplicación de fertilizantes es un hecho que muestra un comportamiento sin parangón en el mundo reciente. Pero la cosa no es gratis. Tiene sus consecuencias sobre la tierra manifiesta en una pronunciada baja de materia orgánica, una tendencia a la acidificación y a menores proporciones de fósforo y otros minerales. La aplicación de fertilizantes, tal como se realiza, apenas repone una parte del mineral insumido. Y si bien el sistema de siembra directa, que cubre cerca de 15 millones de hectáreas, se levanta como un instrumento formidable en la conservación orgánica del suelo, se registra un déficit marcado en la rotación de los cultivos, concentrados en el de la soja. Por fortuna las nuevas perspectivas del maíz permite prever un escenario menos pesimista. Un problema complejo es el de los nutrientes del suelo.
En buena parte de la Pampa Húmeda de la Argentina uno advierte un balance negativo de nutrientes. Por eso, los técnicos, hace dos décadas, hablaban de nitrógeno; una década atrás, pasaron a hacerlo de fósforo y nitrógeno; y en los últimos años, el tema se basa en las carencias de fósforo, nitrógeno y azufre.
En la actualidad ya se trabajacon otros nutrientes y con fertilización balanceada. En la medida en que las tasas de extracciones y exportaciones de nutrientes se incrementen, debería ser mayor la adición externa de fertilidad, de lo contrario, algunos de los objetivos que perseguidos, productividad, estabilidad y sustentabilidad, no podrán ser alcanzados.
Existe una realidad incontrastable: el productor agrícola luego de realizar un cultivo, tiene su suelo más pobre, de no haber fertilizado, que al inicio de la campaña. Aquí aparece una gran amenaza: el daño ocasionado a la estructura del suelo. Manteniendo correspondencia con el profesor de Harvard Otto Solbrig, no hace mucho, éste me escribió: «Sin lugar a dudas uno de los mayores problemas de la agricultura argentina es el que resulta casi invisible y del que se habla poco: la erosión de los suelos. De no tomar medidas contra este flagelo un día nos quedaremos sin lo más precioso que tenemos: la tierra agrícola». Esta aseveración me empujó a escribir esta nota. La política económica e impositiva se desarrolla a espaldas del problema. Es más, incentiva prácticas a favor de aumentos de ingresos para el corto plazo que son enemigas de la rentabilidad en el largo plazo. De no modificarse, las consecuencias serán pagadas por la sociedad toda. Por ello, el tema debiera encuadrarse en un mandato constitucional. Todos los integrantes de la cadena agroindustrial tienen una enorme responsabilidad y es la de comunicar el problema a la comunidad. Es necesario que las políticas económicas tomen en cuenta no sólo la coyuntura sino también el porvenir. De no hacerlo, aquellos involucrados en la actividad deben denunciarlo.
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