El debate sobre las regalías pone en alerta a los productores
agropecuarios que reclaman su eliminación.
Cuando leí la posición del Plan Fénix sobre las retenciones a las exportaciones primarias me quedó una duda: si el debate era actual o nuestra querida Universidad de Buenos Aires -de la cual soy graduado en la Facultad de Agronomía- quiso hacer una reseña histórica, quedándose ideológicamente en la década del cuarenta o cincuenta.
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Cuando señala «que la apropiación social de la renta proveniente de recursos naturales (Como la Pampa Húmeda o los yacimientos mineros) constituye una práctica universalmente aceptada. Su lógica deriva de que se trata de un beneficio procedente del medio natural y no del premio a esfuerzos individuales de inversión, ingenio o trabajo que, por su parte, deben ser equitativamente retribuidos», quiero entender que quienes diseñaron este plan no conocen la realidad del campo y tampoco tuvieron la oportunidad de consultar dentro de la misma institución con los que saben, que son los académicos de la Facultad de Agronomía. Tampoco comprendo cómo este centro de altos estudios, en el que me enseñaron que sólo con el esfuerzo de inversiones tecnológicas, con ingenio para hacer un uso racional del recurso suelo y con el trabajo de todos los días por tratarse de una industria de alimentos, con seres que no descansan, no haya emitido su opinión.
Y la realidad es que este planteo se origina desde una hipótesis equivocada, donde se mezclan los recursos naturales renovables con los no renovables (como la Pampa Húmeda o los yacimientos mineros). Conceptualmente, la diferencia es que unos se agotan en el tiempo y se terminan para la sociedad (recursos naturales no renovables) mientras que los recursos naturales renovables, con un manejo adecuado de inversiones, ingenio y trabajo no sólo son sustentables en el tiempo si no que pueden potenciar su producción, entregando cada vez más alimentos para la sociedad.
Las inversiones que hace el sector agropecuario en gastos de producción año a año superan los treinta mil millones de pesos. La toma de decisiones del productor sobre qué hacer o qué producir se basa en cálculos de «márgenes», ya sean escritos o mentales, para saber cuánta plata va a obtener de la que invierte. En muchos casos los márgenes son negativos, como en el caso actual del cultivo de maíz y de trigo, pero siendo éstos indispensables dentro de una rotación sustentable, no se duda en su siembra, a pesar de las pérdidas. No todo es plata en la producción agropecuaria, a esto se le agrega el ingenio puesto por el productor en cada una de sus decisiones para superar barreras climáticas, biológicas o tecnológicas. Hace treinta años no existía la siembra directa, hoy el noventa por ciento de los cultivos se hace con esta técnica. La nueva frontera agrícola fue acompañada en muchas zonas con manejos más eficientes de los rodeos ganaderos, conservando las mismas cantidades de cabezas y produciendo granos (que antes no se hacían) en una complementación ideal.
• Riesgos
La tarea de producir en el campo trae aparejados riesgos importantes, éste es otro factor que nos diferencia del uso de los recursos naturales no renovables; a la inestabilidad climática (falta o exceso de agua, pedreas, vientos huracanados, etc.) hay que sumarle la inestabilidad biológica, de mercados y, en la Argentina, la tributaria. El considerar al campo como una industria «sin techo» está directamente relacionado a su función social de producir alimento, de un modo cada vez más eficiente y sustentable en el tiempo. Esta nueva realidad transformó la tarea del campo en una constante, donde la permanencia y horas de trabajo son fundamentales para su buen funcionamiento. Cuando no hay que sembrar, hay que vacunar; cuando no hay que pulverizar, hay que desgajar árboles que volteó una tormenta; cuando no hay que cosechar hay que hacer los boyeros... ¿Podemos decir que su «lógica deriva de que se trata de un beneficio procedente del medio natural y no del premio a esfuerzos individuales de inversión, ingenio o trabajo»?.
Tal vez hace cincuenta o sesenta años, cuando el productor largaba los animales a pastar a las pampas o cuando nuestras tierras eran vírgenes, ricas en estructura y nutrientes y no necesitaban de cuidados, era entendible esta ideología. Hoy, el mundo y la ciencia se dieron cuenta de que si al sistema no le ponemos inversión, ingenio y trabajo, no tiene futuro. Lo peligroso es que estas teorías de extracciones y distribución nos llevan al abismo de convertir los recursos naturales renovables en recursos naturales no renovables, a pasar de agricultores a ser simples mineros, comprometiendo nuestro suelo y postergando el desarrollo armónico de una sociedad cada vez más demandante de alimentos.
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